Reportaje:

La imprescindible agenda de Paquita

Una mujer de 60 años, ex costurera y ama de casa, asiste cada día a varios programas de televisión y recluta al resto de público

A las nueve menos cuarto de la mañana, un grupo de unas cien personas espera frente a dos autobuses en la plaza de Aluche. La escena se repite cada día de lunes a viernes. Una mujer menuda, de pelo corto y con gafas de pasta modernas corretea de un lado a otro mientras habla por el móvil. "¿Habéis pedido 50 personas, no? Pues 50 van para allá". Cuelga. "¡Hombre ya, así trabaja la Paquita!", exclama para sí.

Paquita es ella misma, tiene 60 años y cada día mueve a unas 100 personas por los platós de televisión. Son público "profesional" y hacen lo mismo que ella lleva haciendo desde hace 20 años: ver el programa, aplaudir, comer un bocadillo, cobrar unos 10 euros y marcharse a otro plató. Por afición o por necesidad. Pero Paquita tiene un don especial para la convocatoria y las agencias la llaman para que a diario reúna a decenas de personas que desfilen por los programas de la parrilla televisiva.

"El público ha cambiado. Cada vez hay más extranjeros", explica la organizadora
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Hace 20 años, Paquita acudió al programa de Jesús Hermida. Le gustó, se distrajo y le pagaron dos mil pesetas. "Un pastón", dice ella, para aquella época en la que todavía era costurera. "Yo estaba todo el día en casa encerrada cosiendo con la bata de guatiné", recuerda. Y se dio cuenta de que lo de los programas la hacía más feliz. Al día siguiente llevó a la tele a un par de amigas, a su prima y a dos tías. Y al otro ya eran nueve. "Me pidieron si podía traer más gente". Y lo hizo.

Y ahí comenzó la fulgurante carrera de Paquita Muñoz. Una abuela (tiene cuatro nietos) de 60 años que es hoy una suerte de reina catódica. Ha pisado más plató que María Teresa Campos. Tiene una agenda de 300 contactos -todos amigos de amigos, primos o conocidos de inmigrantes sin trabajo-, los mueve por unos 10 programas y cobra de las agencias una comisión por cada asistente. "Mi gente", dice ella.

En Aluche, uno de los autobuses parte rumbo a Saber vivir, de TVE. El otro, a Las mañanas de Cuatro. Cincuenta en cada uno. Paquita se va en el de Cuatro con Carmen, su ayudante. En el autobús hay dos perfiles predominantes: inmigrantes y jubilados. "Ha cambiado mucho. Cada vez hay más extranjeros", apunta. "Pagan poco, pero para ellos es el sustento del día". Y así es.

Svetoslav Minev tiene 57 años, es búlgaro y lleva un año en Madrid. Es veterinario, pero aquí no encuentra trabajo y ha empezado a acudir asiduamente a la tele con Paquita. Como todos, se enteró por un amigo. Habla mal y no entiende casi español. Pero se traga los programas enteros y aplaude como el que más. En ello le van los 10 euros y el bocadillo. "Es duro no encontrar trabajo cuando tienes estudios", dice mientras come uno de los bollos que le dan por asistir al programa.

La otra cara del público son las personas mayores y amas de casa. Como Julia Rodríguez, de "unos 60 años". "Hace 10 que vengo casi cada día. Una vecina mía conocía a Paquita", cuenta. "Estaba todo el día en casa aburrida y soy muy activa. ¿Mi marido? Al principio ni gracia, los hombres son un poco machistas, pero se acostumbró".

"Para algunas señoras es una válvula de escape. Mucha gente con depresión por estar sola viene, hace amigos y se divierte", explica Carmen, la amiga y ayudante de Paquita, que luce peinado cardado y camiseta de Snoo-py. Cuando Paquita se retire, ella será la heredera de su imperio. "Es que soy su secre", apunta.

Paquita es una activista de los derechos del público. Menos de 10 euros lo considera un insulto. "¡Ocho euros, que se los busquen de barro!", le grita a alguien al otro lado del teléfono. "Siempre que hay una guerra de agencias, ¿quién paga? ¡El público!", insiste. La gente que va con ella alterna los programas. Algunos asisten hasta a tres diarios. Hoy por la tarde toca 59 segundos, en TVE. Muchos se verán ahí de nuevo las caras.

El autobús llega a los estudios. "La gente" de Paquita entra en una sala y espera una hora hasta que les hacen pasar al plató. Degustan bollos y botellines de agua. Faltan dos minutos. Y para adentro. "Ésta es mi vida. La televisión. Cada día lo mismo, hijo mío", suspira un segundo antes de que comiencen los primeros aplausos. Aunque menos alegre, para Stenoslav también comienza a ser una rutina; mientras aplaude enérgicamente, con la mirada triste, se atreve, incluso, con un "¡bravo!".

Paquita Muñoz, en uno de los autobuses que cada día llena de público para algún programa.
Paquita Muñoz, en uno de los autobuses que cada día llena de público para algún programa.CRISTÓBAL MANUEL

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