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Crítica:

Estudio de pintor

El estudio del artista es un universo privado donde se dan cita la idea y la imaginación. Guillermo Pérez Villalta ofrece las claves del suyo en una exposición.

Reivindicar el estudio del pintor como cámara del pensamiento es el empeño de Guillermo Pérez Villalta en esta muestra. Si Antonello da Messina asimiló el retiro de San Jerónimo al gabinete del humanista, Pérez Villalta lo transforma en estudio del pintor. Un estudio vacío, sin caballete, pinceles ni lienzos, donde una figura aparece ensimismada en una forma geométrica, real o imaginada. La arquitectura gótica primorosamente trazada por Antonello se ha convertido en un cubo transparente que trae a la memoria a Locke que comparaba la mente a un recinto donde, incansables, trabajan la fantasía y el pensamiento.

La idea contenida en este cuadro, centro de la exposición, se desarrolla en numerosas obras (dibujos, acuarelas, temples de pequeño formato) que el autor no considera bocetos sino propuestas acabadas, consistentes por sí mismas, aunque en algún momento puedan generar proyectos más ambiciosos. Son, pues, estadios del proceso de elaboración artística.

GUILLERMO PÉREZ VILLALTA

'Procesos, 2003-2006'

Galería Rafael Ortiz

Mármoles, 12, Sevilla

Hasta el 21 de julio

Las obras expuestas más interesantes son, además de las arquitecturas, los estudios geométricos y modulares. La construcción geométrica relacionada con la percepción es un tema recurrente en Pérez Villalta. Aquí se concreta en redes modulares que se quiebran al superponerles otra sucesión de módulos: producen así efectos rítmicos y ambigüedades perceptivas. Otras obras reconstruyen mitos y géneros pictóricos tradicionales con figuras o formas abstractas. Son trabajos vinculados a los constructivistas porque sus ritmos, que dan a sus formas carácter antropomorfo, son análogos a los que trazan y alteran los módulos; por otra parte conectan temáticamente con dibujos sobre mitos de hoy (el asesinato de John Lennon, el romance entre Lisa M. Presley y Michael Jackson) cuyas figuras ya no son abstractas porque encarnan iconos culturales. La obra aparece así dispersa y vinculada. Ofrece, por ello, no un estilo, sino el contenido del estudio: el mundo que el pintor construye día a día.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 23 de junio de 2007