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Reportaje:Elecciones 27M

Rajoy celebra la primera victoria desde 2000

Los populares subrayan los 160.000 votos de ventaja que han obtenido sobre el PSOE y obvian la posible pérdida de poder territorial en plazas emblemáticas como Navarra y Baleares

Después de varias derrotas dulces, llegó la primera victoria, aunque con importantes amarguras, para Mariano Rajoy. El triunfo por unos 160.000 votos sobre el PSOE en las elecciones municipales, las únicas convocadas en toda España, confirma que el líder del PP acertó al transformarlas en unas primarias de las generales, una operación arriesgada. "En 2000 éramos el primer partido. Siete años después volvemos a serlo", resumió un eufórico Rajoy. El acto en la sede central se convirtió enseguida en una reivindicación del españolismo del PP. "Me gusta ver aquí la bandera de España, la de todos los españoles, piensen lo que piensen, por eso la usa el PP", clamó el líder. "Viva España", "el himno, el himno", gritaba la gente.

Rajoy: "En 2000 éramos el primer partido. Siete años después, volvemos a serlo"

La explicación de la victoria en número de votos está sobre todo en la subida en Madrid y la Comunidad Valenciana y en la abstención en Cataluña, donde los socialistas sacan mucha ventaja al PP. Sin embargo, la posible pérdida de Navarra, lo que más temían, y la posibilidad de que se escape Baleares (ya no conserva la mayoría absoluta), era el peor escenario para el principal partido de la oposición. Más votos, menos poder. A ello se sumaban otras tantas capitales de provincia que el PP podría perder, algunas muy importantes como Las Palmas, Cáceres, Jaén, Logroño, Palma de Mallorca, Soria, Toledo o Zamora.

Por el contrario, los populares no han conseguido arrebatar al PSOE ninguno de sus grandes objetivos, entre ellos Zaragoza y Sevilla. Incluso la emblemática Vigo, donde Corina Porro gobernó en minoría y parecía bien valorada en los sondeos, caerá en manos de un pacto PSOE-BNG.

Además, el plebiscito que el PP quería hacer sobre la política antiterrorista del Gobierno ofrece resultados desiguales. Porque es en Navarra y el País Vasco, allí donde todo el debate político se centra en estos asuntos, donde el PP ha salido peor parado. Pierde Vitoria, donde ni siquiera es ya el partido más votado, y, con ella, la diputación.

Navarra es básica para el PP. "A mí me da igual Coslada, yo quiero saber qué pasa en Navarra", se indignaba un militante al ver que no salían los datos navarros. Cualquier discurso del PP sobre el País Vasco pasa por un argumento: los nacionalistas, explican, no pueden pensar en construir ninguna nación mientras el PP gobierne en Navarra, Vitoria y Álava. Después de estas elecciones, ese argumento ya no vale de nada.

El PP había optado abiertamente por una estrategia arriesgada: poner todos los huevos en una sola cesta, la del número total de votos en los 8.111 municipios españoles. En las últimas dos semanas, todos los dirigentes consultados -incluido el propio Rajoy en sus conversaciones con los periodistas de la caravana electoral- insistían en dos ideas: el PP subirá en todas partes y ganará en votos totales.

La primera apuesta fracasó, y compromete al líder, que tendrá que asumir una importante pérdida de poder. Pero en la del número total de votos la victoria es clara, sobre todo gracias a Madrid. Por eso el líder quiso lanzar desde la calle Génova un discurso conciliador de quien ya se siente el futuro presidente del Gobierno, y así fue presentado: "Allá donde gobernemos lo haremos para todos, aquí caben todas las personas sensatas y razonables, todos caben en este proyecto político moderado que es el PP".

Las elecciones también tendrán en los próximos días una lectura interna. El Partido Popular es una formación política que ha sufrido una dolorosa derrota electoral en 2004 -en las generales celebradas tras los atentados del 11 de marzo-, y cuyo líder aún no había logrado un éxito claro que le consolidara internamente después de que José María Aznar le designara como su sustituto. Por eso, el PP vive en una especie de convulsión permanente que tiene a sus barones regionales como grandes protagonistas.

Esa batalla en sordina que viven entre ellos tiene por fin un elemento objetivo: cuánto peso tiene cada uno de los barones en su respectivo territorio. El partido se tiene que enfrentar en los próximos meses a un congreso, previsto para octubre -aunque podría dejarse para después de las elecciones generales- y, sobre todo, al proceso más complejo en cualquier formación política: la elaboración de las listas nacionales. La fuerza que cada uno obtuviera ayer en las urnas servirá para preparar esa batalla interna de cara a las generales.

Incluso en los gestos se pudo ver ayer esa pelea entre barones. Alberto Ruiz Gallardón, el alcalde de Madrid, rompió la tradición y siguió el escrutinio desde el Ayuntamiento, y no desde la sede de su partido, donde estaba su gran rival interna, Esperanza Aguirre, quien salió en solitario, de forma totalmente inusual, al balcón de Génova, a celebrar su victoria. Sólo a última hora, ya con el líder entre ellos, salieron juntos. De momento, en su particular batalla personal, ayer ganó Gallardón, que le sacó 15.00 votos a Aguirre en la capital.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 28 de mayo de 2007