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Crítica:

La impugnación de Narciso

Son vídeos realizados sin medios, con equipos domésticos. A los artistas hispanoamericanos les sobran temas y eso compensa con creces las otras limitaciones. El Museo Colecciones ICO de Madrid presenta veinte ejemplos de esta impactante producción en la que la gente se refleja a sí y a su entorno a la vez que aproximan a los demás a una realidad cruda con una estética propia.

Esta exposición es una refutación por un serio alegato en contra de Rosalyn Krauss, quien sostiene que la estética del vídeo es inevitablemente una estética narcisista. Y no es que falten en ella obras como la del colombiano Óscar Muñoz, que es de hecho un autorretrato, en el que él -como el Narciso del mito clásico- se mira en el espejo de las aguas, ni como la del ecuatoriano Juan Caguana, que es narcisista por partida doble o triple. En primer lugar porque su vídeo sin título es de hecho el autorretrato de quien se ve a sí mismo reflejado en oscuro espejo de una cristalera. Y en segundo lugar porque en ese mismo autorretrato en movimiento él aparece dibujando con el dedo y sobre el polvo de la cristalera el perfil de aviones, de barcos, de coches o de personajes de cómic partiendo siempre del esquema de una polla, que es tanto el símbolo desafiante de su propia identidad sexual como la expresión de su deseo de exhibirse como grafitero: ese narcisista anómico de la gran ciudad.

LO QUE LAS IMÁGENES QUIEREN. Vídeo desde Hispanoamérica

Museo Colecciones ICO

Zorrilla, 3. Madrid

Hasta el 20 de mayo

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Pero esta y otras piezas equiparables no consiguen alterar el tono dominante de una muestra en la que la mayoría de los trabajos son decididamente extrovertidos y responden al propósito compartido por muchos artistas latinoamericanos de representar en los términos audiovisuales del vídeo la situación efectiva de unos países aquejados de graves fracturas sociales, políticas y culturales. La pieza que resulta más sintomática del cariz catastrófico de esas fracturas y de la intensidad de la violencia que impregna hasta los tuétanos a tantas sociedades de un continente siempre al borde del abismo es muy probablemente Himenoplastia la videoproyección que contribuyó decisivamente a que a la artista guatemalteca Regina José Galindo le concedieran el León de Oro a la mejor artista joven, en la pasada edición de la Bienal de Venecia. La pieza es desde luego autobiográfica pero sólo en una interpretación abusiva podría afirmarse que obedece a la misma clase de pulsión narcisista que tensa el trabajo de Orlan, la artista francesa que graba en vídeo las cirugías estéticas a las que se ha sometido para modelar su cuerpo a imagen de los modelos más bellos y afamados.

El vídeo de Galindo tiene una intención ética antes que estética porque la himenoplastia a la que se sometió delante de una cámara y que el espectador contempla entre atónito y espantado en primerísimo primer plano responde a su deseo de mostrar hasta qué extremos son capaces de llegar las mujeres de su país cuando se someten a los dictados de la moral victoriana impulsada por los actuales misioneros cristianos, que las conmina a llegar vírgenes al matrimonio. El pecado del himen roto lo absuelve el milagro de una cirugía a la vez estética y anestésica.

Pero si Galindo utiliza su cuerpo -tanto en esta pieza como en el resto de su obra- como objeto y medio expiatorio y salvífico, el colombiano Juan Manuel Echavarría invoca a quienes no hacen la más mínima concesión al patetismo a la hora de asumir la plenitud de su tragedia. De hecho, Bocas de ceniza es un documental puro y duro en el que, acudiendo igualmente a los efectos impactantes del primer plano, se muestra a una serie de hombres y mujeres campesinas que cantan el relato de cómo y cuándo fueron expulsados de sus casas y de sus tierras por la guerra sin aparente remedio que desde hace tantos años asuela a su país. Los rostros, morenos y de todas las edades, miran directamente a la cámara, sus voces tienen la gravedad insobornable de las voces de un coro trágico y sus relatos la contundencia lapidaria de la prosa de Séneca.

La obra del cubano Ernesto

Oroza resulta igualmente sobrecogedora aunque por razones muy distintas. Se titula Enemigo provisional y consiste en un vídeo que recorre lentamente los cuerpos de muñecas de plástico cuyos cuerpos conservan los impactos de los balines disparados contra ellos. El artista las recogió en el polígono de una sociedad de educación militar y patriótica, donde eran utilizadas como dianas en las prácticas de tiro. La incoherencia evidente entre el entrenamiento militar o paramilitar y la candidez de las muñecas suscita interrogantes sobre el verdadero sentido de esa clase de entrenamiento, que el artista ha querido subrayar con la ironía implícita en el título de su obra.

Brooke Alfaro conmovió a los visitantes de la sección latinoamericana de la Bienal de Venecia de 2002 con una videoproyección titulada Aria en la que la cámara va descendiendo suavemente por las paredes del patio interior de un gran edificio en ruinas, mientras se escucha en off la voz de una soprano. Al concluir su melodioso descenso el espectador descubre que quien canta es una joven mujer negra, tan pobre como los niños que la rodean y acompañan haciendo sonar como si fueran instrumentos musicales vasos y tapaderas. En esta oportunidad el artista panameño expone Nueve, un vídeo de doble pantalla en cada una de las cuales aparecen los miembros de una banda juvenil, enemiga de la que se ve en la otra. Las une el hecho de que ambas están cantando el mismo rap. Y la confianza de Alfaro en el poder de la música de aplacar las fieras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 5 de mayo de 2007