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COLUMNA

Dios lo ve

Sir Edwin Lutyens es un arquitecto victoriano con el que la posteridad no se ha portado de manera generosa. Y no parece justo culparla: su trazo se limita a rubricar dos o tres monumentos conmemorativos de la Primera Guerra Mundial que parecen hechos para amortizar los excedentes de una cantera de mármol y media docena de casas de campo donde un asesino de Agatha Christie se hubiera sentido de lo más a gusto, entre setos y tazas de té intoxicadas con arsénico. Cuentan que un día, en su estudio, Lutyens revisaba los planos para un edificio que uno de sus ayudantes estaba terminando de bosquejar, y que, alarmado por una aparente violación de la simetría a que se debe toda arquitectura bien educada, montó en cólera: es decir, montó en esa cosa flemática y de paño a cuadros que reemplaza a la cólera en los viejos ingleses del Imperio. Por lo visto, la posición de una ventana ofendía el sentido de conjunto de la fachada trasera de la construcción; el ayudante, cohibido, alegó que eso no suponía un problema, porque la fachada estaba destinada a formar parte de un patio interior y nadie podría apreciar la incongruencia: literalmente, la ventana díscola no podía verse. A lo que Lutyens replicó teológicamente:

- Dios sí lo ve. Rectifique eso ahora mismo.

La anécdota la refiere Óscar Tusquets en un libro inclasificable, que aborda cuestiones tan heterogéneas y a menudo inconciliables como las metopas del Partenón y el toreo de Curro Romero. Página a página, Tusquets va desgranando obras de arte, de las diversas artes de la pintura, la escultura, el cine y el happening, con un denominador común: la incidencia en detalles que el espectador no puede percibir, el acabado maniático de ciertos rincones y aristas que ningún ojo está capacitado para registrar y en que sólo lograría reparar el microscopio ubicuo de la divinidad. De ahí que el título del libro reincida en la frase de Lutyens: Dios lo ve. Dios es el único que ve el artesonado exquisito de los pilares de la cisterna de Constantinopla, que el agua cubre desde que se construyó en la antigüedad bizantina; Dios es el espectador exclusivo de la espalda del Crepúsculo, la efigie que Miguel Ángel esculpió para la tumba de Lorenzo de Médicis y que lleva 500 años condenada contra una pared.

Hay estatuas refugiadas en la fachada de la catedral de Sevilla a las que hasta hace cuestión de unas semanas sólo Dios podía asomarse. En el muro de Poniente, entre gabletes y arcos, se arraciman un grupo de santos que los sevillanos de generaciones enteras han confundido con leños quemados: sombras que no se dejaban reconocer, que en la soledad de sus pedestales se antojaban monumentos a la polución y el descuido. Si el paseante deseaba contemplar esos rostros debía empuñar un catalejo y arriesgarse a que la riada de viandantes de la acera de enfrente se lo llevara por delante; si pretendía cerciorarse de algún detalle observando más de cerca, los parachoques de los taxis podían convertir su curiosidad por el arte gótico en una tentativa de suicidio. El sábado pasado yo me detuve frente a esa exuberancia de gestos y descubrí muchas cosas que mis abuelos ignoraron: que las barbas de los patriarcas no son negras, que los leones y los corderos que posan junto a los faldones de las túnicas no nacieron ciegos, que la piedra con que se construyó este monumento señero prefiere el color de la vainilla al del humo. Si la visión del público altera la obra de arte y cada nueva mirada hace de esa obra una creación distinta, como afirma la estética de la percepción, sin duda la restauración de la fachada de Poniente y la peatonalización de la avenida de la Constitución nos han regalado una catedral nueva. Se acabó ese bubón oscuro y fúnebre, que recibía al turista con gesto de mal humor desde la esquina de un vial demasiado congestionado; se acabó ese aspecto de chasis oxidado que parecía convertir el templo en candidato perpetuo al cementerio de lavadoras.

La catedral que yo vi es una criatura fresca y vibrante, contenta de compartir la calle con los transeúntes que a ratos se detienen a revisarla. Está bien que de vez en cuando Dios, que lo tiene todo, comparta sus paisajes con los mortales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 26 de abril de 2007