Entrevista:

Tristán Ulloa: Del desnudo al pudor

Su papel más conocido es el de escritor, en Lucía y el sexo, la película de Julio Medem, y ahora acaba de dirigir, con su hermano David, Pudor, basada en la novela del peruano Santiago Roncagliolo, editada por Alfaguara. En la película de Medem, Tristán Ulloa permite a su cuerpo la rebelión de lo impúdico, y en esta que dirige ahora junto a su hermano aborda el pudor como asunto. Le buscas en Google y antes de llegar a lo que se dice de él en español hay una caterva inmensa de referencias en inglés: aquella película le catapultó a la mitología del físico, como si no sólo se le desnudara en el filme, sino que se le desnudara ya para toda la vida. Él, en persona, cuando se sienta a hablar, cuando se levanta para saludar, cuando se excusa para ir al baño, cuando bebe de una botella de agua tibia, cuando junta las manos para darse calor o confianza, es más un personaje tímido, retraído, estrictamente pudoroso que el que ha alcanzado las faldas de esa mitología.

"Los artistas deben dar su opinión. A mí me asusta que estemos en el mismo maniqueísmo de hace 40 años"
"No sé de dónde vienen esos miedos. A mí me cuesta mostrarme tal como soy, parezco más antipático y frío"

Un tipo normal de 37 años, hecho en el extranjero, en Orleans (Francia), y recriado en Galicia y en Madrid, apasionado por el teatro y por el cine. Ha hecho muchos papeles en el cine; ha trabajado con Salvador García Ruiz (Mensaka) ?a quien admira por encima de todas las cosas?, con Alejandro Amenábar (Abre los ojos), con Jaume Balagueró (Los sin nombre), con Juan Luis Iborra y Yolanda García Serrano (Kilómetro 0), con Álvaro Fernández Armero (El juego de la verdad)? Prácticamente en todos esos papeles ha sido un hombre reconcentrado, interior, como en El lápiz del carpintero, de Anton Reixa, a partir de la novela de Manuel Rivas, que hace del doctor Abarca, un médico acosado por el franquismo?, y en esa misma película de Medem está poseído por una intimidad que le contiene y que defiende como un tesoro que también duele. La verdad es que cuando le encuentras, sentado en un sillón de un hotel de Madrid, imaginas que puede ser mucho más chico que como aparece en las películas; un tipo sonriente y retraído que ha sido agigantado por las fantasías del cine. Pero cuando se levanta es, de veras, un hombre gigantón, más grande que el que se ve en pantalla.

Como esta industria, por otra parte, fustiga la imagen de los que hacen promoción, y en este momento él la está haciendo porque ahora se va a estrenar su primera película como director, uno imagina que tiene poco tiempo, o que te lo va a dar sin implicarse demasiado. Pero no es así, ni mucho menos. Consumimos más de una botella de agua, nunca dio la sensación de que tenía la mente en otro sitio, y sólo terminamos cuando se acabaron las cintas para grabar. Después se levantó, dio la mano desde su altura y se fue caminando un poco como Gary Cooper, sin mirar atrás; un reflejo más de la timidez que le aparece por sus ojos y que está presente en todo su cuerpo como una malla de pudor.

De mucha sintonía. Pronto descubrimos que tenemos muchas cosas en común, a pesar de que él es de Lima y nosotros somos españoles, aunque no puedo decir de qué ciudad? Mi hermano y yo hemos vivido en Galicia, nuestra familia vivió exiliada en Francia, ahora Madrid? En fin, quedamos un día con Santiago, fuimos a un restaurante italiano, y enseguida parecía que quien nos vendía la moto de hacer la película era él a nosotros, y no al revés? Le da la vuelta a todo, es muy irónico?

¿Qué le había interesado en el libro?

Había algo en la esencia de Pudor en lo que me sentía muy reconocido, y también se sentía reconocido David. Es una historia doméstica, sobre una familia que no se comunica? No importa que la historia ocurra en Madrid, o en Lima, o en Gijón? A mí me llegó la idea de la necesidad de sentirnos queridos o amados, aceptados con todos nuestros defectos; que todas nuestras debilidades fueran expuestas en carne viva me atraía mucho.

¿Se ha sentido personaje del libro en algún momento?

Sí, pero no porque me haya ocurrido nada de lo que pasa en la novela, y en la película no hay ningún detalle que sea autobiográfico? A todos nos pasa mucho de lo que sucede en el libro. Vivimos bajo un mismo techo; para bien o para mal, nos toca vivir con esa gente que son realmente tus padres y tus hermanos, y cuando pasa el tiempo aspiras a que te acepten los que están a tu alrededor? Y te vas dando cuenta de que a veces es más complicado contar cosas a tu familia que a gente de fuera?

Una pregunta que me ha trasladado Roncagliolo: ¿cómo abordó la figura del niño 'voyeur' que hay en la novela?

El concepto visual de la película es más de mi hermano; de él viene esa sensación que quería trasladar al espectador, que se sintiera siempre en primera fila, siguiendo la historia como un testigo privilegiado de la intimidad del personaje? Muchas veces logramos ese acercamiento colocando obstáculos físicos ?una puerta, una ventana, una cortina? que, una vez superados, ya dan la sensación de que uno se convierte verdaderamente en un voyeur. Jugar con ese miedo a acercarnos a esos momentos de muchísima intimidad, como si nos diese de veras pudor. Yo creo que la clave de toda la película es el pudor, tanto para realizar como para actuar. Pudor, contención. Siempre estamos conteniéndonos en todo, como si cualquier grito nos molestase y tuviésemos miedo de ser demasiado efusivos.

¿Le pasa a usted, ese pudor?

Siempre nos estamos conteniendo. Pero ¿hasta cuándo nos podemos contener, hasta que la presa rompa sus compuertas? Al final siempre se produce esa ruptura, y se hace necesaria esa catarsis, porque hay tanto agarrotamiento que ya no sabemos cómo actuar.

Hay algunas imágenes en las que esa ruptura del pudor funciona como una metáfora: una ducha, una cortina, un espejo, unos desnudos?

Tanto en la realización como en la música y en la interpretación se ha buscado eso, jugar con los estados de ánimo de los personajes creando una atmósfera que permita que el espectador se meta en ese ánimo, a veces en función de la cámara fija y a veces haciendo que la cámara se mueva y adquiera su propio nervio? Hay una escena, en el mercado, en la que la protagonista [Elvira Mínguez] expresa abiertamente ese desconcierto que busca la cámara: ella está rodeada de gente, siente náuseas, se encuentra desplazada, ha perdido un tren de vida, se ha recluido en casa para cuidar de su propia familia, de sus hijos, ¿y todo para qué? Ahora se encuentra con más de 40 años, y ésta es su vida? Ayer lo hablaba con unos amigos: ¡qué difícil es cuidar a los hijos! Cambiamos nuestras vidas por nuestros hijos, cuando lo hermoso sería que nuestros hijos se acoplaran a nuestras vidas? Claro, lo dice alguien que no es padre.

¿Todo eso que cuenta en la película lo ha visto alrededor?

En esencia he visto mucho de eso, en nuestra casa, en nuestra familia. Pero insisto en que no creo que sea autobiográfico lo que cuento. Aunque reconozco casos de familias o de amigos que guardan cosas sin resolver, que se ven incapaces de contárselas a sus compañeras o compañeros. No creo que todo el mundo viva de esa forma, pero la incomunicación nos agarrota hasta un punto en que impedimos que la familia nos conozca.

En ese sentido, 'Pudor' es un viaje a muchos de los asuntos de la vida.

La muerte, el sexo. Partes imprescindibles de la vida. Muchas veces se quiere proteger al espectador de esas realidades. ¿Por qué hay que lavarle la cara a eso con lo políticamente correcto? Ese viaje a la vida, con todas las consecuencias, es una manera de contar de verdad lo que nos pasa, de hacerlo sin pudor.

La falta de pudor se vio ya en 'Lucía y el sexo', en su caso como actor. ¿Piensa que acaso había tantas cosas explícitas en esa película de Medem que se ocultó lo que había dentro?

Yo creo que no viví esa película como la gente piensa que uno vive cuando trabaja en películas así. Para mí fue una película muy especial porque supuso una inflexión en mi carrera. Yo nunca había hecho escenas de cama antes, o casi nunca, y me resultaba natural hacerlo así; yo no me planteaba si se había hecho antes de una manera o de otra? Es más, yo había hecho otras películas más osadas que la de Julio; por ejemplo, Intimidad, de Patrice Chereau, en la que la actriz le hace una felación verdadera al actor? Al margen de eso, Lucía y el sexo no me supuso nada violento. Era parte de una historia de amor. Cuando se conocen dos personas, lo que más predomina en esas dos personas son el deseo y el sexo. En el caso de esa película, lo natural era que hubiera sexo; evitarlo hubiera quedado francamente ñoño.

Otra pregunta de Santiago Roncagliolo: ¿cómo abordó usted la escena de sexo de las dos adolescentes?

Con naturalidad, como hicimos con el tema de la muerte? La muerte está ahí, nos cuesta aceptarla. Para darle más naturalidad todavía, el que se enfrenta con ese asunto es el niño, que es el que más coquetea con la muerte a lo largo de la historia? Creo que en nuestra cultura no sabemos hacernos con la muerte, parece que se tenga que morir alguien cercano para que la veamos al fin de frente; la queremos apartar porque nos molesta. Con el sexo pasa algo parecido. En este caso, el despertar sexual de una adolescente tiene ante sí todas las posibilidades abiertas. No es que haya tendencias homosexuales o lésbicas, que todo es posible; se desarrolla una batalla hormonal, y en medio de esa batalla se dan todas las confusiones que uno pueda imaginar. Es una edad terrible, en el buen sentido y en el no tan bueno.

Rudyard Kipling decía que el triunfo y el fracaso son dos impostores. Como la vida y la muerte.

Yo creo que la muerte es lo que le da significado a la vida. Me gusta pensar que la muerte nos da toda una vida de ventaja; ya que estamos aquí vamos a aprovecharla.

¿Cómo vive usted la vida?, ¿y la muerte?

A veces se me olvida que vamos a morir, y es bueno olvidarse. Perder esa conciencia no está mal de vez en cuando, y recuperarla también está muy bien. Si la gente fuera consciente de nuestra fragilidad, de que a la vuelta de la esquina puede estar la muerte, viajaríamos más, leeríamos más, seríamos más tolerantes y más felices.

En un 'chat' con admiradores suyos, uno dijo que en usted hay una gota de tristeza.

No sé si es de tristeza o es de perderme? Me pierdo mucho, y cuando me pierdo se me va la cabeza, incluso hablando se me va. Me meto en jardines de palabras, soy muy distraído, me cuesta mucho concentrarme. Me lo decían en el colegio: cuando estoy hablando, e intento discurrir, se me abren muchas vías del discurso. Debo de tener algún problema con las conexiones de las neuronas, no sé. Yo creo, en fin, que es más un problema de distracción que de melancolía. Me abstraigo mucho. Y me concentro sobre todo con el karma de los personajes que me ofrecen.

¿Cuáles le ofrecen y cuáles rechaza?

Los primeros personajes que haces te marcan mucho. El primero importante que tuve fue con Salvador García, en Mensaka? Creo que ese personaje tenía mucho de Salvador? Y después he interpretado, en cierto sentido, a Julio Medem? Son personajes cercanos, y me gusta hacerlos. Pero creo que estamos en un mercado y somos valores, y parece que a los productores y directores les cuesta ofrecernos papeles que no parezcan de nuestro registro. Piensan que somos un grupo de gente mimada y demasiado bien pagada, que sólo somos capaces de abordar un registro.

¿Y eso es envidia?

Creo que sí. En lo económico, de todos modos, discrepo; no creo que estemos bien pagados. La mayoría trabajamos una vez al año, o una vez cada dos años, y ese dinero que ganas te lo tienes que administrar. En general, se tiene a los actores como niños mimados, o tontos y repelentes.

El endiosamiento se da en todos los universos artísticos.

Seguro. Yo entiendo esto como un oficio, es una carrera tan de fondo que me va a dar tiempo de hacer de todo; voy a hacer mucha mierda, y de vez en cuando, sólo de vez en cuando, haré algo que merezca la pena. Admiro profundamente a actores como Héctor Alterio, Michael Caine o Max von Sydow; gente que ha trabajado toda la vida, a veces en películas malísimas, pero ellos siempre han estado dignos? Una vez le escuché decir a Alterio que el mejor trabajo de un actor debe ser el que está haciendo en ese momento, ya sea una serie o el anuncio de un detergente. A veces pienso que sobrevaloramos lo que hacemos y nos damos demasiada importancia. Yo estoy por desmitificar esta profesión, quitarnos de encima lo que nos hace repelentes de cara a los productores y parte del público.

También se les critica últimamente si adoptan una determinada postura política?

Cada ciudadano tiene la responsabilidad de implicarse desde su sitio en la sociedad, y si nuestro sitio es éste, tenemos que hablar desde donde estamos. Estoy de acuerdo con que cualquier artista emita una opinión o un juicio.

¿Cómo ve usted este país?

Me asusta, porque veo que estamos en el mismo maniqueísmo de hace 40 años; todo es blanco o negro, malo o bueno? Me asusta que una manifestación acabe con el himno nacional, como un signo identificativo de una parte de España.

De la buena.

Exacto. Como si ese himno o esa bandera fueran patrimonio de una parte de España, contra la otra. Es de todos los españoles, a pesar de que, con perdón, esa bandera y ese himno han costado muchas vidas; pero, vale, porque ya se ha institucionalizado, pero no seamos sectarios? Me preocupa el maniqueísmo que lleva a hilar tan fino con las pancartas de las manifestaciones; acuérdese de aquella contra ETA, que si iba o no iba la palabra libertad. La verdad es que tocan un poco los cojones. Siempre va a haber motivos para discrepar, no somos una nación homogénea, no tenemos por qué serlo. Hablamos idiomas diferentes, que no son dialectos, ¿por qué no aprovechamos eso, por qué no acaba esto en un federalismo? Aprovechémoslo.

Usted proviene de una familia exiliada. ¿Cómo se ha ido haciendo?

Mis abuelos fueron exiliados republicanos en Francia. Mi abuelo era hijo de una buena familia de derechas, y él era un poco la oveja negra; se hizo republicano, estuvo en el frente de Barcelona y huyó por Francia. Llegó a Francia en una época en que a los españoles les llamaban pingüinos, porque iban todos en fila india y eran bajitos. Le tocó currar en los campos de trabajo bajo la ocupación nazi, en una fábrica de armas. Mis abuelos por parte de padre son emigrantes gallegos de la misma época. Unos y otros fueron a parar a Orleans, al centro del país. Mis padres se conocieron allí. Poco antes de morir Franco, mi padre tuvo que venirse a hacer el cuartel; yo tenía cuatro años, y aquí nos vinimos.

¿Le marcó el viaje de sus padres a la tierra de origen?

Pude mamar de dos culturas, yo no sabía si era español o francés. Ahora sé que soy español. En la vida cotidiana en España me decían que era francés, y en Francia me decían que era español, y yo reivindicaba lo contrario en los dos sitios. Mi abuelo, que estuvo 40 años en el exilio, se pasó hablando en Francia de lo maravilloso que era España, y cuando por fin se acabó su exilio, murió Franco y decidió volver a España, renegaba del país que se había encontrado. "¡Vaya mierda, qué han hecho con este país!". Hablaba de lo bien que se había portado Francia con ellos? Siempre hemos vivido de renegar un poco de los dos países. Es cómico, y bonito también.

¿Y de dónde es usted, ahora?

Yo soy de donde vivo, y ahora mismo soy de Madrid. Aquí tengo mi vida.

Una vida con su madre.

Sí, está muy cerca, siempre. Pero también tengo la vida con mi padre. Con él la relación fuerte es más reciente. Con mi madre, esa relación es más constante; con mi padre es más visceral.

¿Qué hacen ellos?

Mi madre ha hecho de todo. Hay mucho en ella del personaje de Elvira Mínguez en Pudor? Yo creo que en ese matrimonio hay mucho de nuestros padres. Los hijos se van, y ¿qué has hecho en la vida?? Ella siempre se ha buscado su vida. Ha trabajado en hostelería, en una empresa de exportación e importación; ha sido escultora, y su actual pareja es pintor. Le encanta el arte. Y ahora quiere ser actriz, se metió hace cinco años en una escuela de teatro. Es actriz amateur y ha descubierto que le gusta. Desde que se separó ha probado sus posibilidades artísticas, y con cincuenta y poco se ha metido a estudiar teatro? ¡Todos los padres van a ver actuar a sus hijos, y yo voy a ver a mi madre!

¿Y su padre?

Siempre fue economista, pero en el fondo siempre quiso ser director de cine. En la época de la Escuela de Cine, en la que entraron Trueba y compañía, necesitaba ser mayor de 21 años, y él no lo era. Y se metió en Económicas. Ha sido un triunfador en todo lo que ha hecho como economista: agente de Bolsa, asesor financiero?, pero creo que a él le hubiese gustado tirar para otro lado. Bueno, fueron padres muy jóvenes, me tuvieron con 20 años; mi padre estaba haciendo el cuartel, y mi madre, currando? Lo han hecho más que bien.

Es curioso que los dos quieran o quisieran hacer lo que hace usted: cine, teatro?

Hostia, es verdad. No lo había pensado.

¿Y ahora cómo es esa relación del hijo maduro que tiene una vida que a ellos les hubiera gustado?

Cuando me decidí a ser actor me costó decirlo, porque me parecía un acto de osadía por mi parte, siendo como yo era. "¡Si a ti te entran ataques de ansiedad hablando con desconocidos!", me decía mi padre? A los 18 años me costaba enfrentarme al hecho de hablar en público. La primera vez que fueron a verme en el teatro ?yo estaba en un grupo universitario?, fue uno de los días más felices de mi vida. ¡Era como salir del armario! Mi padre nunca me había visto en un escenario, y era como decirle: papa, soy gay, ¡mírame! Pues ser actor era como ir en contra de mi forma de ser, como salir del armario.

Tendría que trabajar mucho para vencer la ansiedad de estar ante el público?

Sigo trabajando en ello. Sigo teniendo esa ansiedad. El otro día fui a un concierto de Nancho Novo, el protagonista de Pudor, ¡y me sacó a escena! Me temblaban las piernas, y lo pasé mal. Uno siempre tiene el miedo de encontrarse al diablo detrás de la puerta? No sé de dónde vienen esos miedos; será miedo de no gustar, miedo de parecer lo que no soy. A mí me cuesta a veces mostrarme tal como soy, parezco más antipático y frío de lo que soy realmente.

Al ponerse tras la cámara, ¿ha cambiado su percepción de los directores?

He trabajado con veinte directores, y sí, este trabajo me ha servido para entenderlos más. Me ha servido para ser más transigente con unos y con otros; creo que a veces hay que ponerles en su sitio, para escucharles, para desmitificarles. Dirigir, actuar y escribir son tres formas de contar una historia. Me ha gustado ser actor, y me gusta tener actores a mi cuidado, porque puedo entender el miedo y las inseguridades que un actor puede pasar delante de una cámara. Ha sido una hermosa experiencia.

¿Ya sabe cuál es la clave de este oficio?

Creo que a medida que pasa más tiempo, más inseguridad tienes respecto a lo que es de veras este oficio. Nos dedicamos a hacer películas, no salvamos vidas. Nuestro trabajo es entretener, y a veces pensamos que nuestro trabajo es mucho más que eso.

¿Por qué decidió pasarse a la dirección?

De una forma muy natural. Lo hablaba mucho con mi hermano David; hicimos un corto en su día, y especulamos sobre la posibilidad de hacer una historia larga? Nos gustaba la idea de contar la historia de un individuo que está solo y rodeado de gente, solo; no es nada nuevo, lo abordan Iñárritu, Winterbottom, Haneke?, muchos, y nosotros también estábamos atraídos por el tema. La gente me ha preguntado si es una moda ser director. Para mí es de lo más natural que un actor se quiera pasar a dirigir.

¿En quién se fija a la hora de dirigir?

Hay un director por encima de los demás, del que he aprendido mucho no sólo a nivel profesional, sino a nivel humano, Salvador García Ruiz, con el que hice Mensaka y Las voces de la noche? Me parece un tipo de una gran humildad y de una gran honestidad. No le ha ido bien del todo comercialmente, pero creo que es uno de los mejores directores de actores de este país, quizá el mejor. He aprendido mucho de Icíar Bollaín, de Manuel Huerga, de Julio Medem?, pero si me preguntan con quien me gustaría repetir una y mil veces diría que con Salvador García Ruiz.

Valora mucho la humildad?

Sí, nos llenamos mucho la boca con la palabra humildad, pero creo que somos falsos humildes. A veces los actores quieren ser seres intocables. Y toda la vida hemos sido en realidad bufones?

Dirigiendo, ¿su hermano David ha sido un factor de humildad o de reafirmación?

Somos dos hermanos muy amigos, nos lo contamos absolutamente todo, pero muchas veces no tengo la conciencia de que estoy con mi hermano. A veces con gente de tu familia hay barreras que no cruzas nunca? Y en ese sentido, mi hermano es amigo, con él no hay barreras. Tenemos afinidades culturales, nos hemos criado juntos, hemos visto el mismo tipo de cine, hemos leído a los mismos autores? Le llevo seis años, y es verdad que le he descubierto muchas cosas, pero es verdad que le hemos dado la vuelta a la tortilla, y él ha pasado a ser el hermano mayor. Tiene una cultura muy vasta, muy audiovisual; está informadísimo, y a mí me da lecciones de todo, incluso de forma de ser. Tenemos caracteres muy distintos; podemos llegar a arañarnos trabajando, pero siempre llegamos a ese punto en que nos hallamos felices de ser dos y tener cuatro ojos.

¿Quién pone qué?

Él pone bastante la cabeza y yo pongo el corazón. Son vasos comunicantes.

¿Uno solo habría hecho otra película?

Esta película, tal y como ha quedado, no la hubiese podido hacer sin David. Hay muchas cosas, muchos planos que los veo clarísimos: sólo los pudo haber hecho él; veo su impronta, su sello? Él la podía haber hecho solo?, pero también le habré servido. Yo me he ocupado más de los actores y de lo que es la historia en sí. Es lo que más me gusta; a él le gusta más la cámara, el plano; es un esteta? De ahí nacen algunas de nuestras discusiones: "A ver si por poner bien la cámara vamos a joder que los actores hagan lo que quieran".

¿Cómo ve el cine en España?

Uf. Me había preparado para esta pregunta, pero me cuesta abordarla. En el cine español somos cuatro gatos, y nos tiramos los trastos a la cabeza. Podemos juntarnos para manifestarnos contra la guerra, y nos cuesta horrores juntarnos para hacer una ley y defender lo nuestro. Por otro lado, la imagen que damos es que somos una panda de amigos vividores que se junta a hacer películas a costa de las subvenciones?

¿Y las películas?

Creo que el cine español es muy osado y se está atreviendo con todo. Siempre se nos ha identificado con el drama, y con el cine fácil, con el humor más grueso. Pero creo, sinceramente, que el cine español no está en crisis en el lado de los escritores, de los directores, de los actores. Los que están en crisis son los productores y el sistema que maneja las películas, pero no creo que haya crisis alguna a nivel de creatividad. Como en todas partes, no nos podemos dormir en los laureles y decir que nuestro cine es la hostia, aunque lo sea.

¿Está reflejando la vida?

No todo lo que se podría, pero tampoco hay que obsesionarse con eso? Hay algunos que están por la realidad, como Fernando León o Icíar Bollaín, y otros que prefieren hacer un cine más de entretenimiento, como Amenábar o, en otro sentido, Almodóvar? Y hay cantidad de directores a los que les apetece probar cosas nuevas. El cine del que nos hemos alimentado es el que nos hace buscar un estilo propio? Creo a estas alturas que quizá lo que puede salvar el cine es la coproducción.

Ha hecho algunas referencias al engreimiento de actores y directores. ¿Cómo se cuida para que no le pase?

Intento valorar honestamente lo que hago. Al margen de lo que piense la gente, yo creo que me gusto en lo que he hecho; pero sé que no he descubierto la pólvora, es un trabajo. Estoy a gusto con mi espíritu, pero nada más. Creo que hay que quitarle gravedad a las cosas, ni para bien, ni para mal. El punto de equilibrio es muy difícil de encontrar. Ésta es una profesión en la que te dicen que eres un genio y luego te dejan arrinconado.

¿Le ha pasado?

Sí, y me ha servido de lección. Pensé que esto iba a ser jauja después del éxito de Lucía y el sexo. Estuve un par de años sin trabajar y no entendía por qué. Mis compañeros de reparto seguían trabajando, y yo, no. Puede que piensen que quizá vas a cobrar demasiado y no te llaman.

¿Qué le produce esa gota de tristeza que veía su 'fan'?

No sé? Igual me pone triste que no te hagas entender. Y también que no haya matices en la vida, que no se acepten claroscuros, que no se entienda que los humanos somos más complejos?

¿Qué le hace feliz?

Un lugar precioso, un viaje, conocer gente nueva. La felicidad viene por los estímulos. Me gusta descubrir cosas nuevas.

¿Está bien ahora, en un buen momento?

Sí, no sólo a nivel profesional, sino también a nivel personal. El vaso está medio lleno. Sigo buscando cosas, descubriéndolas, motivándome. Fíjese en gente como Alterio o como Juan Diego: tienen la carrera hecha y se siguen entusiasmando con los proyectos. Me gustaría seguir así a esas edades.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0004, 04 de abril de 2007.