Columna
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El barómetro de Líbano

Invitado a participar en un congreso organizado por el filósofo Abdo Kahi en la Universidad Notre-Dame, estuve la pasada semana en Líbano. No había regresado a Beirut desde hacía tiempo. Entre tanto, en junio de 2005, mi amigo el valeroso periodista Samir Kassir había sido asesinado, y el país atravesado momentos muy duros, como el atentado contra el primer ministro Rafic Hariri y, sobre todo, los demoledores ataques israelíes de julio del año pasado.

Me interesaba ver de cerca la situación y conversar con analistas e intelectuales locales. Tanto más cuando las tensiones en la zona no cesan de agravarse por el temor que el desastre de Irak se extienda a toda el área. Y, sobre todo, que un eventual ataque israelí o estadounidense contra Irán acabe por sumir el conjunto de Oriente Próximo en una guerra total.

Líbano es un excelente barómetro de la zona. Porque en su reducida geografía coexisten, desde hace siglos, 18 comunidades (cristianas, musulmanas y drusas) que han atravesado toda clase de peripecias. Desde atroces guerras civiles hasta espléndidos momentos de entendimiento y de prosperidad.

Lo que más se siente, apenas llegar, es que planea por la zona el gran temor que las dos principales ramas del islam, la suní y la chií, ya enfrentadas en la guerra civil de Irak, se enzarcen en un gran conflicto fratricida regional. El problema concierne en particular a Líbano ya que, por tradición, los suníes junto con los cristianos maronitas han dominado las estructuras de poder, mientras los chiíes eran excluidos y marginados. Pero con el paso del tiempo, la importancia demográfica de los chiíes ha ido en aumento. Y hoy constituyen quizá la minoría más numerosa, que reclama su cuota de poder.

Además, sus milicias, en particular las de la principal organización politica chií, Hezbolá (el Partido de Dios), se jactan de haber obligado a Israel en 2000 a retirarse de las zonas ocupadas en el sur del Líbano. Y especialmente de haber contenido, el verano pasado, la ofensiva de las fuerzas israelíes, incapaces, por vez primera, de vencer en un enfrentamiento armado. Esta no derrota ha sido calificada de "victoria" por Hasan Nasrallah, el líder del Hezbolá.

Los suníes, los drusos y una parte de los cristianos maronitas, apoyados por Arabia Saudí y por Estados Unidos, no desean que el Hezbolá (una organización que mantiene alianzas con Siria e Irán) adquiera más poder en la estructura política libanesa. Y tratan de restarle importancia a su proeza militar del verano pasado. En respuesta, Hezbolá ha movilizado a miles de sus partidarios que acampan con blancas tiendas de campaña, desde hace semanas, en el corazón mismo de la capital libanesa y paralizan la actividad en parte sus barrios de lujo recién reconstruidos.

Los bastiones de Hezbolá están en el sur, y decido visitar esas zonas. Lo hago en compañía del doctor Kamel Mohanna, presidente de la ONG humanitaria Amel, una de las pocas organizaciones no gubernamentales libanesas no confesionales, que prestan asistencia médica y de otras índoles a todos los ciudadanos, sin distinción de confesión religiosa.

Al salir de Beirut hacia el sur del país, aún se pueden ver los graves daños en los barrios especialmente castigados por el ataque de Israel. Y aunque, con la ayuda económica de varios países, se han reconstruido muchos de los puentes bombardeados por la aviación y la artillería israelíes, quedan bastantes por reparar. Durante el trayecto, el vehículo en el que viajamos, un todoterreno, debe pasar por vados insólitos y pistas alquitranadas para poder franquear los obstáculos.

En el sur de Líbano, en la zona fronteriza con Israel, desde hace varios meses y en el marco de la Fuerza Interina de Naciones Unidas en Líbano (FINUL), están desplegados militares españoles. Ha sido una experiencia impactante.

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