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Crónica:Cuarto aniversario de la guerra de Irak

Bagdad se desangra por sus calles

Un paisaje de ruinas, inseguridad y recelos entre vecinos marca la vida de la capital iraquí

Ni estadounidenses ni iraquíes imaginaron el horror en que se sumiría Irak tras la invasión norteamericana. Una guerra que el entonces secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, dudó que fuese a durar más de "seis meses". Cuatro años después, Washington, con continuas bajas, no sabe cómo salir del avispero mesopotámico. Pero para los iraquíes es bastante peor. Muchos, como Abu Ammar y Hasem, han sido expulsados de sus casas por el sectarismo en que se ha hundido el país. Más de dos millones han huido a los países vecinos. Buena parte echa de menos los tiempos de Sadam Husein, porque, como cuenta la viuda S., Irak se ha convertido en una "cárcel para las mujeres". Las protestas contra la guerra se sucedieron ayer por todo el mundo.

No hay silencio en Bagdad. Cuando dejan de oírse explosiones, disparos o sirenas de ambulancias, las alarmas de la policía violan cualquier atisbo de sosiego. Entremedias, el aire se llena con el estruendo de los helicópteros que desplazan a los prebostes estadounidenses volando bajo, muy bajo, para evitar ser objetivo de quienes les disputan su presencia.

En 2006 murieron al menos 34.500 civiles en todo el país, según los datos más ponderados

A ras de tierra, el paisaje urbano resulta irreconocible. Enormes mamparas de hormigón han troceado la ciudad en zonas de exclusión accesibles sólo para quienes se han hecho dueños y señores de esas parcelas, en muchos casos sin otra justificación que la fuerza de las armas. Reina entre ellas, la fortaleza militar en la que viven los diplomáticos y contratistas norteamericanos y británicos, y a su sombra, la mayoría de las instituciones de Gobierno del nuevo Irak. Es la llamada Zona Verde por sus jardines sí, pero sobre todo, por contraposición a la zona roja, sinónimo de peligro, donde viven los seis millones de habitantes de esta capital maldita.

Una mirada atenta descubre enseguida las heridas de la última batalla, apenas el preludio del laberinto de sangre en el que han desembocado cuatro años de ocupación. Al otro lado del río, la central telefónica de Al Rashid sigue agujereada como un queso gruyère. En éste, el antiguo Ministerio de Planificación ni siquiera ha recuperado los cristales de las ventanas. Pero es sobre todo en los sonidos donde se reconoce el trauma de esta ciudad un día bautizada de la Paz.

Nadie se ocupa de regar las palmeras, y una capa de polvo ha envejecido cien años los edificios y sus habitantes. Ya no hay parejas de novios haciéndose fotos frente al Monumento a la Libertad en la plaza de Tahrir, ni artesanos golpeando el cobre en el zoco de Al Rashid, a la sombra del palacio abasí y la Universidad de Al Muntansiriya. Rusafa, la orilla oriental y el verdadero corazón de la ciudad, es ahora un cadáver en descomposición que evitan la mayoría de los bagdadíes. Los puestos de control policiales han convertido Saadún, la Gran Vía de Bagdad, en una pista de obstáculos, y sus vecinos sufren un atasco permanente durante las horas en que no hay toque de queda.

Pero en ningún lugar como en Mansur, en la orilla occidental, se hace visible el deterioro acelerado de los últimos cuatro años. El barrio diplomático por excelencia, lugar de residencia de las grandes familias, era hasta la víspera de la invasión un distrito de villas ajardinadas que aún, tras una década de sanciones, mantenía una presencia señorial. Hoy sus calles no sólo están cortadas por barreras, obstáculos y puestos de control, sino que en muchos lugares, sus ocupantes (políticos, embajadas extranjeras o grandes empresas) las han cerrado completamente con muros de hasta ocho metros de altura cuyas puertas de hierro sólo se abren ante la contraseña adecuada.

La Embajada de España, que hace cuatro años lucía orgullosa su bandera en una esquina frente al hipódromo, se parapetó varias calles más adentro cuando empezaron los atentados. Ahora planea su traslado a la casa contigua a la residencia del embajador, a menos de 500 metros, porque las idas y venidas de sus diplomáticos son un quebradero de cabeza logístico. El acceso hasta sus muros requiere atravesar no menos de cuatro barreras, con el consiguiente riesgo y pérdida de tiempo. Todo el barrio parece una trinchera.

"Es una zona de guerra", admite el político Ahmed Chalabi, también vecino de Mansur, durante el trayecto desde la casa de su hermana hasta sus oficinas, a apenas 200 metros, en un vehículo blindado y con escolta. Y desde esa burbuja de aire acondicionado no se respira el hedor de las basuras que se queman en las esquinas. No hay recogida, como no hay electricidad (apenas entre tres y cinco horas al día), ni servicios públicos dignos de ese nombre. La inseguridad ha matado la ciudad. En la calle Mansur, una amplia avenida en la que tiempo atrás se encontraban algunos de los mejores restaurantes de la ciudad, todo está cerrado. Najwa, que resistió los bombardeos estadounidenses con una sonrisa esperanzada, hace meses que ha cerrado su tienda de flores. La agencia de viajes Delta también ha desaparecido y con ella el rastro de Jawad al Dalal y su familia que, muy probablemente, forman parte de los dos millones de iraquíes refugiados en los países vecinos. Otros dos millones se hallan desplazados dentro de Irak.

La violencia sectaria desatada desde el atentado contra el santuario chií de Samarra en febrero de 2006 ha sacudido todas las bases de convivencia de Bagdad. La capital era la única ciudad verdaderamente iraquí de Irak, ya que no se limitaba a albergar a representantes de todas sus comunidades religiosas y étnicas, sino que lo hacía en barrios mixtos y mezclados, con algunas excepciones como el chií Ciudad Sáder, un gueto de exclusión económica y social ya en tiempos de Sadam.

Ese cambio a peor no es una mera percepción. Está cuantificado. En las primeras semanas de 2007, antes del nuevo plan de seguridad puesto en marcha el 14 de febrero, Bagdad sufría una media de 1.047 atentados semanales frente a los 904 de la segunda mitad de 2006 o los 408 de mediados de 2004. Son datos del Pentágono, que no contabiliza muertos iraquíes, pero las cifras de víctimas van en proporción. De acuerdo con las más ponderadas, en 2006 murieron 34.500 civiles en todo el país de los 65.000 documentados desde el principio de la invasión (a los que hay que sumar 6.500 agentes de las fuerzas de seguridad).

"No existe verdadero deseo de coexistencia", resume Mohamed Abu Baker, un portavoz del Parlamento iraquí. Husein Abdulhadi se resiste a aceptarlo. Chií originario de Basora, pero tempranamente trasplantado a la capital que siente como suya, ha levantado su nuevo hogar en Al Qadisiya, un barrio mayoritariamente suní donde ha establecido buenas relaciones con la mayoría de los vecinos. "¿Cuál es la alternativa? ¿Encerrarnos cada uno en nuestra casa? Eso es enterrarnos en vida. Todos somos iraquíes y este temor recíproco de las comunidades sólo lleva a nuestra destrucción", subraya.

Pero reconoce que no se fía del segundo hijo de los Al Duleimi, que viven dos casas más allá. "Anduvo preguntando a los amigos de mi hijo cómo respondería yo si el Ejército del Mahdi nos atacara; le dije que no planteara cuestiones hipotéticas, que llegado el momento vería mi respuesta". Pero la presencia de los sadristas (seguidores de Múqtada al Sáder) no es hipotética. Los altavoces de la vecina mezquita de Al Baya'eq, bajo su control, se encargan cada viernes de recordar quién tiene el poder con un discurso que es cualquier cosa menos conciliador. Esa retórica que hiere los oídos de Abdulhadi, un hombre religioso, pero moderado, suena a provocación entre los suníes.

A las siete y media de la tarde, en un extraño momento de sosiego, entre el paso de varios helicópteros y el tableteo de una ametralladora, se oye la llamada del almuédano. Falta media hora para que el toque de queda vacíe la ciudad. Un grupo de amigos nos reunimos frente a un masguf, la típica carpa del Tigris, pero no podemos hacerlo a orillas del río, en la famosa calle de Abu Nawas. Sus cafetines y restaurantes hace mucho que cerraron por falta de clientes. Es Ammar, un colega iraquí, quien ha traído al hotel ese pescado convertido en seña de identidad de los bagdadíes. Su sabor desata recuerdos. "Sadam era un criminal, pero teníamos seguridad", concluyen los presentes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de marzo de 2007