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Crónica:LA CRÓNICA

Diamanda Galás oscurece la noche

La dama de las tinieblas protagonizó un espléndido y emocionante recital. Un cámara hablaba por teléfono con su responsable y le preguntaba inquieto: "¿sabes qué hace esta señora?". La pregunta no era gratuita. Este profesional, posiblemente curtido en todo tipo de acontecimientos, jamás había visto la acumulación de personajes singulares que, como público, se citaban el domingo en el Auditori. Algo extraño debía tener esa tal Diamanda Galás que anunciaban los carteles. Y lo curioso no era tanto que el público tuviese una estética singular, sino que entre los asistentes la disparidad era absoluta: desde hijos del post-punk a siniestros recalcitrantes pasando por ejecutivos acomodados o personajes que sólo resultarían singulares de llevar un cóndor posado en el hombro. Eso sí: todos, o casi, usaban el negro como color distintivo. El escenario también lo era. Más que negro cabría decir que la penumbra se hizo dueña del mismo, hasta el extremo de que la salida de la artista se oyó antes incluso de verse.

Pasados 10 minutos de las 20.00, el taconeo de unos zapatos anunció la salida a escena de la singularísima Diamanda, cómo no, vestida de oscuro. Un instante después su figura se situaba bajo el haz de luz que tomaba el piano y la ovación se intensificó. Su rostro, excepto para las personas situadas en primera fila, fue una incógnita, estando la luz pensada para desdibujar contornos y resaltando, por el contrario, ese motivo central conformado por ella y su piano de cola. Por delante se abría un concierto pensado para 70 minutos que se alargó porque Diamanda debió sentirse tan halagada por la respuesta del público que los bises, tres, fueron cayendo casi entre la sorpresa de quienes suponían que la diva no regalaría más que su música. Diamanda Galás es una reina de las tinieblas cuya figura, actitud y personalidad bien podría ser la mezcla entre Lucifer y Vlad El Empalador. Refugiada siempre en el lado oscuro de la música, dotada con una voz de registro operístico capaz de subir algo más allá de las tres octavas y experta en retorcer melodías hasta convertirlas en agujeros negros que absorben las melodías circundantes para hacerlas enlutar, Diamanda inquietaría al propio Darth Vader, cuyo estertor respiratorio recordaría a una inocente nana. Eso podría decirse atendiendo sólo a su aspecto, rostro pálido y maquillado rodeado de negro, como a las cuestiones más superficiales relativas a su música. Dada su personalidad y predicamento entre quienes buscan algo más que la belleza formal entendida sin angulaciones y aristas, el ambiente en el Auditori pronto fue el de las ocasiones excepcionales.

Excepcional era, de entrada, que a los fotógrafos les prohibiesen trabajar en primeras filas. Tuvieron que hacerlo atrás del todo, y ante las quejas del público que se sentía molestado por el ruido de las cámaras, hubieron de disparar como los francotiradores de Enemigo a las puertas: cuando ella subía el tono ellos apretaban el disparador para así disimular el ruido. Excepcional era también ver cómo el técnico de sonido parecía otro instrumentista, llevando el ritmo y curvándose sobre la mesa para acompañar a Diamanda en sus extraordinarias exhibiciones vocales. Más tarde, cuando se hizo efectiva una de las exigencias de la artista, prohibir el reingreso en la sala a quien la abandonase tras la quinta canción, pudo comprobarse que quienes sienten ganas de orinar en una actuación suelen contrariarse cuando han de escoger entre hacerlo o seguir el concierto. Máxime si no les han avisado con antelación de la curiosa medida.

En realidad hay que conceder que Diamanda se volcó en su extraordinario concierto. Fue fenomenal dejarse intimidar por esa voz que se rompe en disgresiones y tonalidades extremas hasta entrar en los oídos como un malsano zumbido. Los gritos, los sostenidos imposibles que se prolongaban como el aullido de un animal tan herido como peligroso, esos lamentos telúricos que más que miedo conseguían una especie de intimidación fantasmal; los juegos fonéticos y la virulencia de los ataques de Diamanda a las canciones dejaban pasmado, perplejo, impresionado, boquiabierto y aturdido a cualquiera. A casi todos los que allí estaban dejándose llevar por la emoción en crudo. Esa voz, con efectos que el técnico de sonido aplicaba en directo, se explayó en 14 temas que formarán parte de Guilty, guilty, guilty, el inminente disco de Galás. Todos ellos irreconocibles, o casi, en las versiones de Diamanda, que hacía tan ignoto un tema oído en voz de Sinatra, de la Holiday o de Brel. Porque las recreaciones de Galás, acentuadas por las tenebrosas notas del piano, son canciones nuevas que parecen escritas por ella, una mujer inquietante en el mejor sentido del término.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 13 de marzo de 2007