Crítica:FESTIVAL DE JEREZCrítica
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La vigencia de una gran obra

A más de dos años de su estreno, Arena mantiene la vigencia de las grandes obras, esas que no dejan indiferente y se clavan en el cerebro provocando emociones horas después de la caída del telón. Quizás porque asistimos a la fina decantación de una solera que gana con el tiempo y que, antes de ser dispensada, ha sido objeto de un minucioso proceso de interiorización y abstracción de todo un fenómeno cultural, el del mundo taurino. Israel Galván parece haberse situado en todos los planos que rodean ese hecho para después traspasar ese universo al suyo propio del baile, con una danza que rezuma esencias antiguas pero que se rompe en mil geometrías diversas. De su cabeza, donde el tiempo reina, surgen una infinitud de formas que son el vehículo de una expresión singular que se pasea por el espectáculo lidiando de forma distinta cada uno de esos astados que son sus coreografías.

Arena (Seis coreografías para el mundo del toro)

Baile y Coreografías: Israel Galván. Artistas invitados: Diego Carrasco, Diego Amador, Charanga Los Sones, Ensemble de Percusión de Andalucía (grabado). Colaboración especial: Enrique Morente (video).Cante: David Lagos. Guitarra: Alfredo Lagos. Palmas, Jaleos. Baile: El Eléctrico, Carlos Grilo. Gaita del Gastor: Mercedes Bernal. Teatro Villamarta, 9 de marzo.

Como los toreros valientes, él se encierra en la plaza con seis de ellos. Todos portan nombres terribles para la memoria taurina. Por eso, para lidiarlos, el artista se inventa nuevas faenas y, con su baile, se sitúa en un terreno a salvo de cualquier cornada o estocada. Porque él no es toro ni es torero, sino que representa y escenifica una inteligente abstracción que transporta las esencias de ambos y del mundo que les rodea. Baila descalzo o con puñales de muerte en las botas. Sobre el silencio o peleándose con la atonalidad de la gaita castoreña. Se arrebata con brío cuando las bulerías de Jerez (poderío de Diego Carrasco) lo arropan, y deja espacio a la experimentación dialogando con una extraña hamaca metálica o con el piano flamenco, y también experimental, de Diego Amador. Con la charanga juega al despiste y al contratiempo con el guiño a unas sevillanas. La misma charanga emitiría el mensaje final sobre los aplausos a la compañía: Sobreviviré (I will survive).

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 10 de marzo de 2007.