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EN SEGUNDO PLANO | Juicio por el mayor atentado en España

Las hijas confortan a las madres heridas

La sesión acaba de empezar. Se anuncia que El Egipcio, el procesado acusado de ser el cerebro del 11-M, tardará algo en llegar desde la cárcel porque tiene gripe. Dos chicas, muy jóvenes, cuchichean y sonríen en las primeras filas reservadas al público. Una mujer, la madre de una de ellas, las reprende como a dos chiquillas en el instituto. Las jóvenes -horquillas en el pelo, piercing, pendientes llamativos- se callan. Su actitud casi adolescente contrasta con el horror que cada día se amontona en esta sala: ayer, por ejemplo, un procesado confesó haberse sentado encima de una bolsa que guardaba parte de la dinamita que estalló en los trenes.

Y sin embargo, las dos jóvenes también guardan su ración de espanto.

Johana López, de 20 años, recuerda el telefonazo que su padre recibió la mañana del 11 de marzo de 2004. "Salió corriendo a la calle, me pidió por el telefonillo las zapatillas de mamá y me ordenó que no pusiera la tele", recuerda Johana. Le desobedeció. Vio las imágenes de los trenes y supuso que a su madre le había pasado algo.

Estaba en lo cierto. Su madre, Antonia Soriano, de 42 años, la misma que ayer le regañaba dulcemente por cuchichear, se encontraba en el andén de Atocha. Tras la primera explosión llamó a su marido para decirle que estaba herida. La segunda explosión la oyó su marido por el móvil. Desde entonces, Antonia padece parálisis en medio cuerpo y sordera. Perdió los dientes. Ya no trabaja. Tiene un trauma severo psicológico. Cobra 800 euros por la baja laboral.

La joven que hablaba con Johana se llama Mónica Chamorro. Tiene 18 años. Vive en el Pozo del Tío Raimundo, donde explotó uno de los trenes. Sin embargo, ha venido por otra razón: la mañana del 11 de marzo, su madre, Pilar Adalia, de 44 años, se encontraba también en Atocha. Iba a trabajar al Ministerio de Fomento. Su hija Mónica marchaba al instituto. Tardó varias horas en enterarse de que su madre había resultado herida. Pilar no recuerda quién la sacó del andén. No padece secuelas físicas graves. Pero cada vez que el tren -ella monta en el mismo tren- se detiene en la estación de Atocha más minutos de los debidos por una avería experimenta un ataque creciente de angustia. Entonces necesita bajar del vagón como sea. Más de una vez ha sido atendida por el Samur. "Sigo trabajando en el Ministerio de Fomento, pero estoy muy a menudo de baja. Por problemas psicológicos. Por todo lo que vi aquella mañana, por la gente que vi y cómo la vi", asegura Pilar.

"Cualquier tontería"

Ayer, en la primera parte del juicio, madres e hijas -las cuatro se han conocido a raíz de la desgracia- se sentaron juntas. Antonia asegura que lo ha pasado muy mal al ver las fotografías de la Mina Conchita de Asturias y darse cuenta de la facilidad con que cualquier persona podía hacerse con dinamita allí. Después del descanso de media hora, las dos jóvenes han cambiado de sitio y se han aproximado a los procesados, sentándose a un metro de la pecera blindada que los encierra.

Las madres han preferido seguir donde estaban. No se han atrevido a acercase. Cuando se les pregunta por qué, responden: "Porque somos capaces de hacer cualquier tontería al verlos ahí".

"A mi madre le hace bien venir", explica Johana, muy seria, con una madurez y una serenidad patentes. Ahora no parece la chica de 20 años que cuchicheaba con su amiga al principio del juicio. "He venido hoy por primera vez, sobre todo para acompañarla", añade. "Y estoy convencida de que los acusados que declaran mienten todo el rato, y eso duele", concluye

Mónica asiente. También se ha puesto seria. Ya no sonríe. Tampoco ella parece ya tan joven. A pesar del piercing, los pendientes y las horquillas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 2 de marzo de 2007