Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Autoridad provisional

Cuando aparece en la historia un "gobierno provisional" o una "autoridad provisional" es que se atraviesa un momento de crisis o de caos. Lo provisional remite a lo inestable, lo transitorio. Lo provisional se anuncia como antesala de algo mejor, pero casi siempre desencadena fuerzas imprevistas que acaban remitiendo la paz hacia un futuro cada vez más remoto e improbable. En Euskadi tenemos la desgracia de vivir, políticamente, en lo provisional. Eso explica en parte nuestra dificultad para construir un marco estable de convivencia. La Transición, entre nosotros, fue incompleta, porque nacionalistas y no nacionalistas mantenían objetivos radicalmente encontrados y el régimen autonómico se concibió desde el principio como una estación intermedia que debería llevar a otro lugar. Si para los nacionalistas el Estatuto era un lugar de paso, para otros era un lugar ocupado a regañadientes, del que querrían evadirse cuanto antes. De hecho, no hacen más que desandar los pasos dados cada vez que hay ocasión.

Nunca se ha utilizado el término provisional para definir el autogobierno vasco, pero de algún modo nunca ha dejado de tener ese carácter. Las instituciones autonómicas son provisionales porque no abarcan toda Euskal Herria; la capitalidad de Vitoria, a la espera de un avance hacia el Este, es también provisional; provisionales son los límites, las leyes; provisional el número de territorios; para la izquierda radical, provisional será la oficialidad del castellano; se manejan documentos de identidad alternativos; la comunidad recibe también nombres distintos, según quien habla; se discute la legitimidad de las más elementales reglas de convivencia; y en los actos públicos hay caricatos que gritan o interrumpen, seguros de que no recaerá sobre ellos ni una simbólica sanción. Todo nos remite a una autoridad provisional, que prefiere no fundamentarse, que tiene miedo de sí misma y que, a pesar de su irreprochable origen democrático, no se atreve al ejercicio consecuente de sus prerrogativas.

Varias generaciones de vascos han crecido bajo la implícita certeza de que la naturaleza de nuestras instituciones es provisional. Ello las hace tan discutibles como discutidas, tan cuestionables como cuestionadas. Pero lo peor de esa provisionalidad es que contamina a otras instancias y carcome los pilares que sostienen todo nuestro edificio. Así, el escaso refrendo de las instituciones políticas cuestiona también la autoridad de agentes municipales, directores de instituto, conductores de autobús, vigilantes del metro, padres o maestros. El tono crítico, distante y displicente que inspira la vida política transmite a las nuevas generaciones la perversa idea de que aquí toda autoridad es lo suficientemente vaga como para no ser tomada en serio.

De ahí el nerviosismo de las instituciones educativas, la confusión en que naufragan cuando proponen una educación para la paz, para la ciudadanía, para el medio ambiente, para la salud, para la nutrición o para la seguridad vial, como si hubiera quebrado la coherencia interna de toda una cultura y fueran necesarios esos ridículos parcheos; o como si la renuncia a enseñar historia de la filosofía pudiera compensarse con un cursillo de primeros auxilios. El fenómeno afecta a todo Occidente, pero aquí adquiere una gravedad añadida, porque en Euskadi la autoridad civil lleva camino de cumplir tres décadas de existencia precaria y contingente, haciendo que, en los estratos profundos de la conciencia colectiva, la sociedad se sienta vulnerable a las contradicciones de un mundo de contornos cada vez más imprecisos.

Parafraseando a Chesterton, cuando no se tienen las ideas claras se acaba abrazando cualquier ocurrencia. Por eso vivimos en una grotesca mezcla de prohibicionismo en lo accesorio y de permisividad en lo sustancial. Hay veces que doy a media mañana un paseo que me lleva a las cercanías de un instituto de enseñanza media. Seguro que dentro del recinto está proscrita la más mínima hebra de tabaco, pero al otro lado de la carretera, la marquesina de la parada del autobús es un humeante hervidero de estudiantes, que ocupan el recreo en tratos con maría.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de febrero de 2007