Reportaje:

El lutier de Marcus Miller

El bajista Joaquín Marco comenzó con la restauración de motos antiguas y ahora fabrica instrumentos exclusivos

JOAQUÍN MARCO comenzó a tocar el bajo en directo a los 16 años, cuando las verbenas eran casi la única salida para la música en vivo. Poco a poco, con la misma curiosidad que le había llevado a desarmar motos antiguas para conseguir que volviesen a andar, comenzó a desmontar sus bajos para mejorar la calidad del sonido. De ahí a ponerse a trabajar en la fabricación de sus propios instrumentos, de convertirse en un lutier profesional, sólo restaba un paso. Y lo dio hace ya diez años. Desde entonces, ha conseguido hasta que el gran bajista Marcus Miller toque con una de sus creaciones, como ocurre en tres de las canciones de su disco Silver rain.

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En el taller de Joaquín Marco (Vitoria, 1963) cuelga en lugar preferente el primer modelo de marcústico, una de sus creaciones, que recibió ese nombre después de que adquiriera uno igual Marcus Miller durante el Festival de Jazz de la ciudad francesa de Clermont-Ferrand del año 2002. El lutier vitoriano veía cumplido uno de sus sueños, después de que un año antes le enseñase a uno de los mejores bajistas del mundo su instrumento en el certamen de jazz de su ciudad natal. "Ya llevaba unos años como lutier profesional. Mis bajos tenían calidad y se vendían, pero yo buscaba crear uno que tuviera el sonido del contrabajo, con el fin de que los bajistas pudiesen llegar a ese timbre desde su técnica y con algo similar al bajo", recuerda Marco.

Así, se puso manos a la obra y creó un prototipo acústico, que evoca la forma del laúd, pero sin trastes. "Yo sabía que tenía algo bueno. Por eso me animé a acudir hasta el camerino de Miller después de su actuación en Mendizorrotza, en compañía de una traductora". El bajista neoyorquino se mostró interesado en el instrumento y le encargó que le fabricase uno. Al ser preguntado por el precio, Marco le contestó que "era un regalo". "Qué le voy a decir", recuerda ahora; "menos mal que la traductora fue más avispada y le dijo que todavía no lo tenía calculado". El precio no lo quiere desvelar, pero Miller pagó religiosamente un año después.

Pasó el tiempo, Marco continuó con sus trabajos, fabricando cuidados instrumentos para los que emplea maderas de arce canadiense, de pino abeto alemán y de fresno americano. Hasta llegó a patentar un tipo de puente (la pieza que sujeta las cuerdas) flotante y bloqueable para ser empleado con guitarras y bajos. Sin embargo, seguía sin tener noticias de Marcus Miller. "Hasta que un día me llegó un disco de él por correo, el Silver rain y en él aparecía que había utilizado el marcústico, como yo le llamo, en tres canciones. Toda una grata sorpresa".

El ingenio de Joaquín Marco no se ha quedado en aquel instrumento que buscaba conseguir el timbre del contrabajo; también ha creado el contramarco, un contrabajo que reduce sus formas al mínimo necesario para convertirlo en un instrumento mucho más manejable. Sabido es que uno de los grandes inconvenientes de los músicos en sus viajes en avión es el transporte de los instrumentos: los que son de gran volumen no se pueden incorporar como equipaje de mano, sobre todo, después del 11-S.

El contramarco solventa alguno de estos problemas. "Sin perder la sonoridad de un contrabajo de jazz electrificado; evidentemente no puede sustituir al correspondiente acústico en una orquesta", explica Marco. Es un instrumento extraño, con una caja reducida, con formas más ortogonales que curvas, el clavijero vuelto hacia atrás y un soporte accesorio. "Se trataba de reducir el instrumento al máximo, sin perder de vista la estética", añade el lutier desde su taller en Mendiola, ubicado en una casa de campo rehabilitada por él mismo mientras hacía verbenas con el grupo Drakkar.

"Ahora ya no hay tantos bolos, pero cuando compré esta casa en ruinas hacíamos más de 100 actuaciones al año. Muchos días llegaba a la siete de la mañana, y a las ocho ya estaba haciendo hormigón", recuerda. "Siempre he sido muy apañado".

Motocicletas

Y, como muestra, la colección de motos antiguas que atesora en una de las dependencias de la casa. Su preferida es una Ducati, pero cuenta con una curiosa selección, aunque por sus manos han pasado decenas de ellas. No en vano el trabajo para arreglar motos antiguas fue su primer acercamiento a las labores de restauración y la artesanía.

"Mi filosofía de la restauración es bien sencilla: se trata de conseguir que la moto vuelva a andar con las piezas originales o reproducciones de las mismas, además de que mantenga el aspecto de su momento", resume Marco. Y pone un ejemplo: "No me gustan nada esos coches antiguos llenos de cromados, más que nada porque en su tiempo no se cromaban aquellos automóviles".

Sólo permite la intervención de su mano en el diseño de sus instrumentos, con unas formas características que llevan a identificar a un bajo con este lutier. "Desde el principio lo tengo claro: mis creaciones debían transmitir carácter. Que cuando alguien vaya a un concierto sepa desde 200 metros que el bajista toca un Marco, como a mí me ocurre cuando veo a alguien tocar un Fender Jazz Bass o una Gibson", concluye. De momento, sus instrumentos cautivan a los mejores músicos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 21 de enero de 2007.

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