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COLUMNA

La bomba

En su prólogo a la más reciente edición de Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano (Turner, 2006), el profesor Luis Alberto Romero define así el modo de trabajo de Edward Gibbon: "Como narrador, su arte consiste en elaborar un relato racional, complejo y sugerente, a partir de fuentes que habitualmente son concisas y oscuras, ejerciendo a veces, según admite, una 'suave presión sobre los hechos". De alguna forma, un proceso de negociación para superar una situación de violencia enquistada durante largo tiempo consiste en la construcción de un relato racional, aceptable por todos, también por los violentos. Para ello, la dinámica de lo que se ha dado en llamar "el proceso" tendría que asemejarse a ese proceder sutil del célebre Gibbon en su artesanía histórica: una suave presión sobre los hechos. La paz sólo puede alcanzarse si se admite esa prevalencia del relato. Pero aquí ocurre al revés. Los hechos presionan brutalmente sobre el relato. Ya se percibió con las risas crueles en la Audiencia, ante las víctimas: ¿qué clase de soldados eran esos? Para los violentos, el enorme amasijo de la Terminal 4 sería un simple aviso caligráfico. Una onomatopeya. Hay gente que fuma y no traga el humo. Alcohólicos que no beben. Y, por lo visto, hay quien pone bombas en un arrebato expresivo. Para animar la conversación. Los hechos, estos hechos, hacen inverosímil el relato. Es hábito de la barbarie moderna el desentenderse de los hechos. Así, los hechos andan como locos, huérfanos, atolondrados, como emanaciones de la nada. La bomba de la T-4 era, por lo visto, un mensaje para el Gobierno. También para la Oposición. Y para la Opinión Pública. A la hora de dar avisos, los violentos no se andan con tiquismiquis, no son nada sectarios. Pero deberían haber visto antes la tremenda, inteligente y punzante Babel, del mexicano Alejandro González Iñárritu, para meditar sobre la frágil línea roja de lo casual y lo causal. Los violentos abandonaron los hechos en el lugar de los hechos. Eso creían. Ahora los hechos andan por ahí, vagando, globalizados, con dos pobres muertes inmigrantes en andas, a la búsqueda de un relato destrozado. A su aire, la bomba, ¿la última bomba?, también contenía un mensaje para ellos: "Avisen cuando se aclaren con el quinto mandamiento".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 6 de enero de 2007