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COLUMNA

Más y más

La brutalidad de los eventos que, de una forma u otra, se han prodigado en el planeta durante los últimos días del 2006 y primeros del 2007 convierte a los augures del futuro en meros comentaristas que, a lo peor, se quedan cortos, y a los analistas del porvenir en ingenuos colegiales.

Se habla mucho de las catástrofes. Pero no de la catadura moral a la que, al parecer, aspiramos cada vez con más contundencia: la del ávido consumidor de espectáculos fuertes, de reality shows colgados en la red o servidos por teléfono, y el repugnante negocio que propicia. Póngase el ahorcamiento de Sadam Husein en la minipantalla de su teléfono, tenemos en oferta la paliza al vagabundo rumano y, mucho más rebajada por motivos obvios -ha pasado de moda-, la escena de la esnifada de Kate Moss. Por cierto que si alguien la ha visto metiéndose morfina en Bangkok estamos dispuestos a adquirir las imágenes y doblamos cualquier oferta.

Todo esto empezó, recuérdenlo, como un melindroso alegato al derecho a la información. Nadie nos informó -miren por dónde- de que se trataba precisamente de un negocio. De un paso más en el camino del amarillismo que denunció hace un montón de años Billy Wilder en El gran carnaval. Al desligarse del periodismo y convertirse en espectáculo gracias a las tecnologías, la información así adquirida -por espontáneos o simples truhanes- se convierte en una necesidad para las corporaciones de la comunicación, no en un incentivo para investigar, fotografiar y filmar con los férreos escrúpulos que el informador debe exigirse. ¿Quieres verte en nuestra página? ¿Estuviste allí? ¿Viste algo? Sé periodista tú también, caramba.

Del rumbo que tomará esta tragedia moral, de cómo acabará el espectador colectivo e inerme en que hemos mutado casi sin percatarnos, no contamos con predicciones ni auspicios. Pero podemos temer que el monstruo necesitará más y más tomas altas y que, cuanto más se le aumente la cantidad, mayor resultará la indiferencia del público ante las lecciones que subyacen en cada una de las historias y en la forma en que nos fueron entregadas.

Nuestra indiferencia, nuestra insensibilidad, no está en los análisis ni en las profecías. Sólo en nosotros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 4 de enero de 2007