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Crítica:

A contrapelo

Alain Finkielkraut defiende el espíritu de la modernidad ilustrada desde un espíritu disidente que reconoce sus logros a la vez que denuncia sus excesos.

A primera vista parece el enésimo ensayo sobre la complejidad de lo moderno (y/o posmoderno), sobre la modernidad traicionada, consumada, periclitada, banalizada, superada, recuperada, etcétera; pero aunque es eso mismo, es algo más, bastante más. En francés, el libro se titula Nous autres, modernes, rótulo donde nous autres es, en efecto, el llano "nosotros" de la traducción y, además, un arcaísmo que evoca la otredad levinasiana y judía, sobre la que ya había reflexionado Finkielkraut en El judío imaginario (Anagrama, 1981) a propósito de su propia manera de estar en el mundo: siempre à rebours, incómodo, a contrapelo. En un gesto muy característico del intelectual de los últimos dos siglos, Finkielkraut no abjura de su condición de moderno -cómo si no-, de pensador firmemente comprometido con su presente, pero al mismo tiempo confiesa no encontrarse muy a gusto con el devenir de la época en que le ha tocado vivir. Enseguida advierte ese mismo temple en otros modernos y, sin más, concluye que su malestar no es suyo sino que nos afecta a todos, atrapados en una modernidad extraviada para la que debería ser posible imaginar alternativas.

NOSOTROS, LOS MODERNOS: CUATRO LECCIONES

Alain Finkielkraut

Prólogo de Jon Juaristi

Traducción de Miguel Montes

Encuentro. Madrid, 2006

312 páginas. 24 euros

Finkielkraut abomina de la

complacencia hedonista del consumo, pero descree del pensamiento apocalíptico. Denuncia la banalidad de la tecnología, pero se niega a aceptar como válidas las ominosas admoniciones de Heidegger en relación con la Técnica. (Y con razón, puesto que aquel pensador extraordinario fue nazi y el nazismo un producto de la Técnica). Suscribe el diagnóstico del vacío posmoderno que describe la sociología de Lipovetsky pero no encuentra razones para defenderlo. Deplora el aplanamiento de la cultura por obra del igualitarismo democrático, pero no le alcanza para reivindicar la cultura de la élite y el conservadurismo. Ve aflorar un racismo antisemita de nuevo cuño en la denuncia por la izquierda de la agresiva política israelí en Palestina y, de nuevo, vuelve sobre el caso Dreyfus (ese absceso de fijación de los intelectuales franceses) pero para desmarcarse de los dreyfusards. Expresa una nostalgia inconsolable por la pérdida de la Naturaleza, pero se cuida muy bien de suscribir cualquier postura ecologista. Es un demócrata, pero lo es con reservas aristocratizantes, como Tocqueville. Sus númenes nunca son revolucionarios sino apóstatas y herejes: Galileo, Kundera, Arendt, Strauss, y, sobre todo, Charles Péguy, con quien se identifica. Su credo es, pues, la disidencia: "Seguimos siendo Modernos -nuestro lote es el movimiento-, pero Modernos desconfiados, Modernos desengañados, Modernos huérfanos de la religión de los Modernos: ya no nos adherimos al movimiento" (página 260).

La fidelidad al espíritu de la modernidad que promueve parece reconocerse en la disidencia absoluta: no se trata de hallar modernidades alternativas revolucionarias o progresistas porque, piensa, de ésas hemos tenido todas las imaginables y todas, sin excepción, o se han hundido en el terror y el totalitarismo o se han disuelto en el movimiento perpetuo del progreso, que sólo se reafirma para autoperpetuarse.

Finkielkraut es un escritor brillante y su ensayo tiene muchos momentos estimulantes (la segunda lección, por ejemplo): es agudo y pertinente en las citas, tanto si son literarias, históricas, anecdóticas o sesudas, pero a menudo sus argumentos son rapsódicos y caprichosos, de vuelapluma, incluso muy pedantes. Practica ese ensayismo grandilocuente y efectista, con resonancias de la prosa de Hugo, de Sartre o de Malraux cuando éstos hacen preciosismo. Los síntomas son conocidos. Desde hace muchas décadas Francia sólo produce, o jerigonza, o peroratas grandilocuentes. Y hay momentos en que este libro suena a perorata, a esa escritura de polígrafo autocomplaciente que sólo sirve para la insaciable vanidad del autor, como en Lévy. Y es una lástima porque, como ocurre a menudo con Debray, estropea argumentos inteligentes.

¿Con qué se equipara esta conciencia crítica inasible que termina su libro con un elogio de las sombras en la época que consuma el programa de las luces? Con Jünger quizá (también él, un obstinado disidente). En efecto, Jünger apunta en defensa de Carl Schmitt: "La ceguera crece con la ilustración; el ser humano se mueve en un laberinto de luz. Ya no conoce el poder de las tinieblas". Pero en Jünger asoma el irracionalismo de Hamann y el romanticismo alemán, y Finkielkraut, en cambio, es demasiado racionalista. ¿Qué, pues? Un "alma bella", diría Hegel. Un moderno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de diciembre de 2006

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