Entrevista:ANDREAS KRIEGER | Ex atleta, campeona de Europa de peso cuando era Heidi Krieger | Dopaje | Revelaciones de los damnificados de la RDA

"No quiero ser la víctima eterna"

Army Ranger Outdoor, pone en letras negras sobre fondo amarillo. Una tienda de ropa militar en una de las más anchas avenidas de la muy amplia y bastante gris Magdeburgo, a 158 kilómetros de Berlín, en el corazón de la antigua República Democrática Alemana. Bajo el rótulo espera un señor muy alto. Tiene la cara picada, barba de tres días y poco pelo. Desde 1997 se llama Andreas Krieger. Antes, se llamaba Heidi y fue campeona de Europa de lanzamiento de peso en 1986. Era una mujer. Una chica sometida desde la primera adolescencia a un tratamiento hormonal que triplicaba en sus brutales dosis el del consumo de famosos deportistas tramposos como el velocista canadiense Ben Johnson.

"Cuando tenía 15 años, mi entrenador sacó unas pastillas azules del papel de plata en el que envolvía los bocadillos"
"Tras la guerra, aquí nadie quería saber nada de los asesinatos de judíos. Ahora pasa lo mismo con el dopaje"
"Me senté en la bañera y me corté las venas con una cuchilla. Cuando estaba inconsciente, vino mi perro"
"Ni siquiera el psicólogo del club guardaba un secreto. Enseguida lo sabía mi jefe de sección"
"Sería un error negar la persona que fui. No puedo enterrar a Heidi en el sótano"

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Ahora, además de vender ropa de camuflaje y gorros "como los de la cárcel de Alcatraz", pinta coches con un spray y diseña tarjetas navideñas con Papa Noel vestido como un Ángel del infierno. Cuenta la recaudación del día, "poca cosa", y se sienta en un taburete forrado con tela de camuflaje. Gesticula, subraya, se acerca a su interlocutor y, a veces, grita. Krieger representa durante más de una hora, con todas las partes de su cuerpo y su cambiante voz, el drama de su vida: ni siquiera puede salir a dar un paseo por el parque por las secuelas de las drogas.

Pregunta. ¿Cuándo comenzó con el programa de dopaje?

Respuesta. Dopaje, drogas... En 1979 entré en el internado para deportistas de la RDA. Entre los 15 y los 16 años mi entrenador llegó con un paquete de papel de aluminio, el mismo en el que envolvía los bocadillos, y sacó de él unas píldoras azules. Me comentó que eran medios de apoyo que tomaba todo el mundo.

P. ¿Qué pensó?

R. Nada de particular. Estábamos acostumbrados a las vitaminas. Era una pastilla más. Además, yo, a esa edad, era muy ambiciosa y pensaba: 'Mejor, si no puedo tener amigos de forma normal, por lo menos podré ganarme el reconocimiento de los demás a través de mis logros deportivos'. Intenté, con mis buenos resultados, comprar las amistades que no tenía. Quería ser parte de un grupo.

P. ¿Qué cambios físicos notó?

R. Noté una mejora en el rendimiento deportivo [pasó de lanzar 14 metros a llegar a los 20] gracias a las píldoras y al duro entrenamiento paralelo. Uno de mis cambios físicos fue, naturalmente, un fuerte desarrollo muscular. Pero no me supuso ningún problema. Me gustaba verme así, aunque no sé si los demás me veían fea. No me creció la barba. Ni me salió pelo desde la espalda a la coronilla.

P. ¿Y mentales?

R. Tenía la sensación de que no se me reconocía como chica. De hecho, en ocasiones pensaban que era un hombre disfrazado de mujer.

P. ¿En que punto están ahora las causas que tiene contra los supuestos responsables del dopaje en la RDA?

R. Estoy muy distanciado de todos esos procesos. No sé muy bien como están ahora. En 2000 pensé que era muy importante que vieran el daño que me habían hecho y que pagaran por ello. El resto de procesos, como el que se sigue contra la farmacéutica Jenapharm, los llevan los abogados y yo ya les he dicho que no puedo seguir. No quiero ser el centro de atención ni ser la eterna víctima. Por eso me he retirado. Quiero vivir mi vida con normalidad.

P. ¿Pero sigue adelante con los procesos?

R. Esto no es América. No hay grandes indemnizaciones. Podría sacar de 20.000 a 25.000 euros pero el riesgo es que si se pierde el proceso civil me metería en deudas. Aunque puede que mi nombre siga figurando, pero no sé.

P. Pero usted ha sido uno de los rostros de esa denuncia.

R. Ya he dicho que no quiero ser una víctima eterna. Además, no tengo esperanzas. Es una empresa enorme, con mucho dinero. No merece la pena ni en el proceso económico ni en el emocional.

P. Y ahora ha decidido dejar atrás el activismo. ¿Le han hecho reproches por esta decisión?

R. No. Creo que comprenden que estoy muy cansado y no puedo seguir adelante.

P. ¿Ha recibido presiones desde algún lado?

R. No.

P. Y la gente de la ex RDA, que lo único de lo que se sentían orgullosos es del deporte, ¿está decepcionada, le ven como un traidor?

R. Apostaría el culo a que muchos antiguos deportistas piensan que estoy mordiendo la mano que me dio de comer. Tras la guerra, nadie quería saber nada de los asesinatos de judíos. Pues en la RDA pasa lo mismo con el tema del dopaje. Sólo conservo una amiga de mi época de deportista profesional.

P. Usted conoció a su mujer en un proceso sobre víctimas, ¿Cómo está ella?

R. Tiene fuertes depresiones. Pensamos que tiene que ver con el dopaje, porque fue nadadora en la RDA.

P. ¿Cómo llevó sus transformaciones físicas?

R. Por esa época empecé a pintar. Vi la parte cómica del deporte y me puse a hacer caricaturas. Las enseñaba y con ellas encontré otro modo de obtener reconocimiento más allá del deporte. Era un momento importante porque era la transición entre mis éxitos juveniles y el futuro como atleta adulto.

P. ¿Y el cuestionamiento de su identidad femenina tuvo que ver con las drogas?

R. Eso me lo pude responder mucho más tarde. Yo no me sentía lesbiana, pero sabía que me gustaban las chicas. Eso no se podía en la RDA. Me impresionó mucho con 20 años que, cuando una secretaria de nuestro club se suicidó por una relación lésbica que le fue mal y se supo que había sido con una chica, nadie dijera una palabra amable ni elogiosa en su recuerdo. Sin embargo, era una gran persona. Entonces fui consciente de cómo se hablaba de las lesbianas. No se aceptaba.

P. ¿Cuándo se vio definitivamente como un hombre?

R. Hubo un momento, con 17 años, en el que me resigné a vivir solo toda la vida. Con 21 conocí a una mujer y empecé con ella una relación secreta porque nos jugábamos nuestras carreras profesionales. Sé que me hubiesen echado si se hubieran enterado.

P. ¿Tuvo problemas por su aspecto a causa del abuso de las hormonas?

R. Sí, a menudo. En la calle, ya desde niña, me insultaban. A muchos hombres les asustaba una mujer tan fuerte y alta [mide casi 1,90 metros].

P. ¿Hasta que punto está seguro de que fueron las drogas que le daba su entrenador las responsables de su cambio de sexo?

R. Un doctor me explicó que hasta determinada edad la sexualidad puede estar indeterminada y que el abuso de hormonas masculinas en un momento crítico puede ser un catalizador para que la balanza se incline hacia uno de los dos lados. En cualquier caso, las drogas me quitaron la posibilidad de decidirme por mí mismo.

P. ¿Mataron a Heidi?

R. Desde luego, me dejaron sin elección. En ese sentido sí, mataron a Heidi.

P. ¿Y qué fue de ella, está muerta del todo?

R. No. Desde que entendí el proceso que había atravesado, fui capaz de llevarme mucho mejor con Heidi. Sería un error negar la persona que fui. No puedo enterrar a Heidi en el sótano.

P. Pero en su momento llegó incluso a intentar suicidarse

R. Me deprimí y tuve la sensación de que nadie me iba a querer nunca porque mi cuerpo era de mujer. Me senté en la bañera y me corté las venas con una cuchilla. Cuando ya estaba inconsciente, vino mi perro y me golpeó con el hocico en el antebrazo. Ese gesto me hizo volver en mí y frenar la sangre.

P. ¿Cómo era el internado?

R. Difícil porque yo ya era bastante chicazo. A mí no me interesaba la moda ni me gustaba llevar faldas, como a las otras. No me gustaba afectar la feminidad. Ni tampoco miraba mucho a los chicos. Pero si alguien decía, '¡Vamos a jugar al fútbol!' entonces sí que me apuntaba enseguida. Los chicos dormían en unos pisos y las chicas, en otros. En cada planta había una supervisora. ¡Eran asquerosas! Era muy difícil encontrar alguien en quien confiar. Si tenía problemas, como por ejemplo que no me llevaba bien con el resto, y se lo contaba lo que hacían era dar un parte a los superiores sin tratar de ayudarme. Mis dificultades, en lugar de solucionarse, se cotilleaban por ahí. Ni siquiera el psicólogo que me trataba guardaba en secreto lo que le confiaba. En seguida lo sabía mi entrenador y mi jefe de sección. Perdí la confianza en los demás.

P. ¿Qué consecuencias tuvo esa soledad?

R. Llegué al punto de autolesionarme. Me frotaba el dorso de la mano con las uñas hasta hacerme heridas que sangrasen.

P. ¿Hubo abusos por parte de los instructores?

R. Todo tenía un componente de chantaje. Yo de mayor, tras dejar el deporte, quería ser carpintero de escena y ellos me respondían que tenía que ser administrativo o que me largase. He oído tantas veces la frase 'queremos lo mejor para ti' que me da asco. No había relación entre lo que decían y la realidad. Para mí significa que me uniformase al 100% con sus normas.

P. ¿Hasta qué punto llegaba el chantaje?

R. Recuerdo en el hospital del colegio, tras sufrir una lesión leve, que compartí habitación con una velocista que era anoréxica por culpa de su entrenador, que continuamente le decía que estaba demasiado gorda para alcanzar el éxito. ¡Estaba en los huesos y ese hombre no paraba de decirle que bajase aún más de peso!

P. ¿En qué ambiente creció?

R. Cuatro niños en la familia. La mayoría del tiempo fue mi madre la que nos educó porque el padre se fue de casa porque se separaron en 1972. Era la única chica de los hermanos. De niña era muy echada para adelante, muy traviesa. Siempre participaba en las gamberradas que hacían mis hermanos.

P. ¿Cómo empezó a hacer deporte?

R. Un compañero de clase con 11 años, en cuarto, me propuso ir con él a hacer deporte. Me gustó y empecé a ir tres veces por semana. Después me propusieron entrar en el internado para deportistas de la RDA.

P. ¿Tiene contacto con este chico todavía?

R. No. No mantengo la relación con nadie del colegio ni después del internado. Ni siquiera tengo contacto con mis hermanos.

P. ¿Y con su madre?

R. Es una relación muy difícil porque hay ciertas cosas que ella no entiende. Hay ciertas cosas que no puede comprender y yo no quiero ponérselo demasiado fácil. Yo no me quiero disculpar por nada y ya le he dicho que ella no tiene la culpa de nada. Mis hermanos están demasiado lejos, nos hemos ido separando paulatinamente, nunca nos hemos sentido cercanos desde la infancia. En mi familia nunca hubo la compenetración que yo ahora mantengo con mi pareja.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 12 de noviembre de 2006.

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