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Reportaje:La imagen de los inmigrantes

Prejuicios que levantan fronteras

La inmigración es la mayor preocupación de los españoles. El desconocimiento está detrás de muchos clichés

Los estereotipos marcan las relaciones con los inmigrantes. Un análisis profundo de los argumentos que a menudo se utilizan para criticar el fenómeno de la inmigración pone de manifiesto que son insostenibles. Los extranjeros que viven en la región no son demasiados, pues hace falta todavía medio millón de personas para copar el mercado laboral. Tampoco se quedan con el trabajo, pues realizan los empleos que los españoles no quieren. No sólo no tienen un bajo nivel cultural, sino que la media es más alta que la media de la población española... Lo único que existe es un profundo desconocimiento y un choque cultural. Hasta el punto de que los extranjeros también tienen sus tópicos sobre los españoles.

"¿Y para qué vienen? Para conseguir todo el dinero que puedan y mandarlo fuera del país. No les interesa otra cosa... Nos quitan los puestos de trabajo, nos quitan nuestras viviendas... Se apoderan de calles enteras y viven 20 en una casa. Dicen que les explotamos, pero el casero suele ser compatriota suyo".

No hay duda. Son inmigrantes. Pero no subsaharianos, marroquíes o latinoamericanos, sino españoles. Así era la imagen que tenían en el centro de Europa en los años setenta y que recoge el escritor británico John Berger en su libro Un séptimo hombre. Los mismos prejuicios se vuelven a escuchar, esta vez en el país que hasta hace poco mandaba trabajadores a otros países. Según la última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), la inmigración es ya la principal preocupación de los españoles. Uno de cada cuatro inmigrantes vive en Madrid.

Más de la mitad de los madrileños no ha conversado nunca con un inmigrante

"Sin embargo, cuando el CIS pregunta a la gente por los problemas que le afectan directamente, la inmigración desciende varios puestos. Por debajo de la vivienda y del paro. Los medios de comunicación y hechos como la llegada de cayucos o la quema de coches en París influyen en la percepción negativa de la inmigración. Hace más ruido un árbol que cae que uno que crece", comenta la consejera de Inmigración, Lucía Figar.

Detrás de esa percepción existe una valla de imágenes e ideas borrosas: los prejuicios. El poeta y contable ecuatoriano, Neftalí Vásquez, de 42 años, se estrelló contra ellos cuando su primer jefe en Madrid le preguntó si comía hojas y utilizaba taparrabos. Trabajaba como empleado del hogar para un militar jubilado.

"Tomaba el teléfono y me preguntaba si sabía cómo utilizarlo. Vine a España por cuestiones económicas y porque quería conocer mis raíces. Fue un choque cultural", recuerda Vásquez. En Ecuador se dedicaba al comercio exterior y participaba en concursos de poesía. Quizás por ello comparaba la mente de su empleador con una roca maciza. A veces, harto de los comentarios, le respondía en inglés porque sabía que no le iba a entender. Él también había fabricado un estereotipo del madrileño. "Los prejuicios no son patrimonio de los nativos. Lo que reflejan es desconocimiento y temor. Todos podemos ser racistas", señala el portavoz de la ONG SOS Racismo, Javier Ramírez.

Durante la elaboración del estudio Las dos caras de la inmigración, que recoge los resultados de unas 20.000 entrevistas, el catedrático de Sociología de la Universidad Complutense Juan Díez Nicolás, llegó a la conclusión de que España, junto con Suecia, es uno de los países menos xenófobos de la Unión Europea. Y dentro de las comunidades autónomas, Madrid es una de las más tolerantes.

"No obstante, desde 1998 se detecta un incremento lento pero continuado de la xenofobia. La tendencia comienza con el aumento de inmigrantes y con el debate entre el PSOE y el PP sobre la Ley de Extranjería", explica el experto. Un factor determinante ha sido la percepción del fenómeno que tiene la sociedad española. Las imágenes y titulares que salen en los medios de comunicación suelen tomarse como el principal referente.

Un dato revelador de la investigación es que la mayoría de madrileños nunca ha mantenido una conversación con un inmigrante. Algo que no ayuda a acabar con los estereotipos. En el caso del poeta ecuatoriano y el ex militar, el primero decidió romper el hielo. "Me di cuenta de que me escuchaba", comenta Vásquez. Después de tres años de arduas discusiones y pacientes explicaciones sobre la geografía de su país, un día su jefe le dijo: "Usted no me golpea con los puños, sino con las palabras". Al fin, el muro de los prejuicios había sido derribado. Juntos emprendieron un viaje a Ecuador. Ahora el jubilado vive en el país andino. Vásquez, por su parte, sigue en Madrid. Trabaja pintando casas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de noviembre de 2006