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Crítica:

Llegué, vi, perdí

Estas atípicas memorias de Jean Améry (1912-1978) reflejan el recorrido vital de este intelectual judío de Viena y superviviente del campo de concentración de Auschwitz. Desde el horror nazi hasta la revolución de Mayo del 68 pasando por la reconstrucción de Alemania en los años de la posguerra, el escritor confiesa en su obra que participó de los errores y conquistas de todas las épocas.

Podría decirse que estos Años de andanzas constituyen la obra más sistemáticamente construida de toda la autobiografía de Améry, porque los capítulos describen una progresión cronológica desde la década de 1930 hasta la de 1960 y están encadenados por un hilo conductor común. Aunque la pretensión explícita del autor era la de contrastar la visión subjetiva de cada una de esas épocas (el punto de vista de alguien que "estuvo allí") con el modo en que son juzgadas retrospectivamente, lo que podríamos llamar el "método" de su escritura coincide en lo esencial con el que practica en el conjunto de su obra y que llega a designar en algún momento con el título de autoimpugnación.

Y es esta operación de constante sospecha y autentificación interminable de sí mismo lo que confiere a estas páginas su extraordinaria densidad, pues en ellas escuchamos, junto al discurso más o menos ingenuo del "yo" recreado de la época en cuestión, los reproches del otro "yo" que le condena desde el futuro (cuando aquel tiempo ya ha llegado a ser lo que definitivamente habrá sido); y tras este "yo" inculpatorio aún percibimos casi siempre una tercera voz que disiente de las dos anteriores, que niega obstinadamente que la historia tenga razón o sea capaz de decir la verdad, y que más que de una verdad o de una razón históricas querría tomar su inspiración de una verdad y una razón -que teme imposibles- capaces de gritar a la historia sus mentiras y sus atrocidades. Así, encontramos al joven Hans Mayer embelesado con el ambiente poético-literario creado por unos escritores que luego serían mayoritariamente calificados como "proto-fascistas", constantemente interrogado por el Améry posterior (¿Cómo pudiste no darte cuenta de nada?), y a éste mismo, helado de perplejidad ante la noticia, aún más tardía, de que una "nueva vanguardia" sin mala conciencia encontraba "precedentes" en tal literatura. Asistimos al encantamiento neopositivista del protagonista, que llegó a pensar que las paredes de cristal del "Círculo de Viena" le protegerían contra cualquier error científico y moral y que vivió desvinculado de la praxis histórica hasta que la anexión de Austria a Alemania en 1938 le despertó de su "sueño dogmático", partiendo su vida en dos mitades irreconciliables separadas por el abandono de su nombre propio y la adopción del seudónimo con el que firma sus escritos.

AÑOS DE ANDANZAS NADA MAGISTRALES

Jean Améry

Traducción de M. Siguan

y E. Aznar

Pre-Textos. Valencia, 2006

195 páginas. 18 euros

Pero también oímos al narra

dor confesando lo que aún conserva de aquella fe perdida en la construcción lógica del mundo: "Que la verdad, por mucho que sea relativa y esté sumida en el movimiento de un proceso, es una de las condiciones básicas para la moralidad, y que la falta de verdad, como mentira pero también como error, está preñada de crímenes". Cuando estallan los crímenes, el exiliado experimenta los beneficios de la "democracia formal" mientras su conciencia retrospectiva le recrimina su candidez tras haber sido testigo de lo que tales "formalidades" son capaces de albergar y justificar.

Tras la experiencia de los campos de exterminio, cuando el intelectual escarmentado se encuentra brutalmente "arrojado al mundo", se introduce sin condiciones en la filosofía de Sartre como en un traje hecho a medida: "Había resucitado de entre los muertos, no era nada, no tenía nada, no representaba nada más que un cuerpo extenuado del que colgaba lacia y desordenada la ropa puesta a mi disposición por instituciones de caridad. Pero, dado que no era nada, gracias a la libertad sartreana lo podía ser todo"; y los fracasos políticos sucesivos de esta filosofía "de perdedores" le obligan a vivir en carne propia "la enfermedad mortal de la izquierda europea" que, como Sartre, sale vapuleada de todas sus empresas.

El relato llega a su clímax

cuando su protagonista comienza a viajar de nuevo a Alemania para ver con sus propios ojos el milagro del renacimiento del país y se encuentra con una nación creada ex nihilo que ha borrado todas las huellas de un pasado que también era el de Améry; una nación cuya élite intelectual ha disuelto los horrores del nazismo en la "dialéctica de la ilustración" y se ha incorporado las novedades culturales a tal velocidad que ha convertido a las víctimas del fascismo en una suerte de fantasmas inverosímiles e incongruentes. Y este sentimiento de "estar desplazado" en todas partes, de deportación existencial, se confunde con su propio declive vital cuando los sucesos de Mayo del 68 y la irresistible ascensión de la moda estructuralista de "la muerte del hombre" completan su proceso de negación de sí mismo: "duelo por el hombre" y "renuncia a la ilusión del proyecto de sí mismo, renuncia a Francia, a la izquierda, renuncia a cualquier identidad".

El retrato que Améry ha tra

zado de sí mismo es el de un hombre que se confiesa culpable de haberse "alienado" en todas las épocas de su vida, es decir, de haber participado de sus errores y de sus conquistas, pero que se resiste a esa forma superior de la enajenación que es "la existencia en un mundo sin amor". "Con este volumen queda concluido lo que pensaba decir y creía poder decir acerca de mis circunstancias": así acaban estas atípicas "memorias" escritas en 1971 por Jean Améry, intelectual judío y superviviente de Auschwitz; en la aparente humildad de estas palabras, en su sonora frialdad, en la altiva afirmación de haberlo dicho ya todo, resuenan vagamente aquellas declaraciones con las que Spinoza, excomulgado de todas las comuniones de su tiempo, terminaba su monumental Ethica ("con esto concluyo todo lo que quería mostrar acerca de la libertad del alma y de su poder sobre los afectos"), e incluso las terribles palabras que el no menos judío Wittgenstein puso como prólogo a su Tractatus lógico-philosophicus, en donde expresaba su certeza de haber resuelto con el libro todos los problemas. Bien es cierto que, a renglón seguido, Wittgenstein añadía que ello servía para tomar conciencia de lo poco que importa haber resuelto todos los problemas. También Améry vierte una conclusión implacable en la última página de sus andanzas: no, no ha valido la pena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 28 de octubre de 2006

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