Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Expertos en perdón

Nunca he entendido por qué el recuerdo del bombardeo de Gernika suele venir acompañado de la exigencia a España de que pida perdón. ¿Qué vincula al Estado español con aquellos hechos horrendos? En los mismos días en que los aviadores nazis bombardeaban la villa foral también se combatía en Madrid contra el fascismo. ¿Por qué el Estado debe pedir perdón? Surge, como siempre que se realizan esas tentativas de reparación histórica, la imposibilidad de definir con claridad el sujeto que debe pedir perdón y el sujeto que debe recibirlo.

Claro que la complejidad de esta tarea no arredra a los expertos en perdón. Los expertos en perdón son aquellos que se mantienen siempre alerta para denunciar los crímenes ajenos, y para exigir que se arrodillen, se propinen latigazos y reconozcan sus culpas. Curiosamente, los expertos en perdón jamás ven ocasión para entregarse en primera persona a esos expiatorios ejercicios: prefieren sugerir la terapia a los demás. Eso sí, manejan con soltura el vocabulario penitencial. También resulta curioso que, en su opinión, y a pesar de exigir que los demás pidan perdón, no conceden a esta manifestación pública la más mínima eficacia. En vano los papas han pedido perdón una y mil veces por cruzadas o inquisiciones: al menor patinazo dialéctico (incluso sin él), los expertos en perdón vuelven a recordarles sus pecados y a exigir nuevas manifestaciones de arrepentimiento. Refería Borges que el perdón cristiano era una poderosa herramienta que abolía el pasado. Y aunque los modernos comisarios hacen de la exigencia de perdón un punto central de su doctrina, nunca conciben la petición de perdón como un modo de redimir la culpa, sino como una argucia para acrecentarla y fijarla de modo indeleble.

Los expertos en perdón también se caracterizan por su ignorancia. El conocimiento de la naturaleza humana (todavía más, el conocimiento de uno mismo, para quien tenga el coraje de llegar tan lejos) antes despierta en la conciencia individual la necesidad de ser perdonado que la imbécil arrogancia de suponer que los demás deben pedirlo. Los que exigen el perdón ajeno suelen extraviarse en los manglares de la historia; transplantan nuestra mentalidad hacia épocas pasadas (a pesar de ser para otras cosas escrupulosamente relativos), deforman sin pudor los hechos y proscriben las comparaciones molestas. Nadie ha caído en la cuenta, por ejemplo, de que sólo el 11 de septiembre de 2001 Bin Laden compensó más de la mitad de todos los asesinatos de la Inquisición española a lo largo de seiscientos años. Y hablando de seres humanos toda contabilidad es inmoral, pero también es inmoral la recurrencia de menciones impertinentes.

Tras la II Guerra Mundial, Alemania Occidental pagó a Israel abultadas indemnizaciones por el holocausto que perpetraron los nazis. Mientras tanto, Alemania Oriental, una dictadura comunista, se mantuvo al margen de toda reparación económica o política. ¿Por qué un Estadio democrático debe mendigar perdón? ¿Por qué toda dictadura se cree en el derecho de exigirlo? ¿Qué hace a la libertad heredera del pasado? ¿Y qué exime a los tiranos de explicarse ante la historia? Ahora que, frente al terrorismo islámico, vuelve a evidenciarse la vergonzosa castración occidental, conviene recordar aquella antigua farsa: la Alemania democrática se hacía deudora de los crímenes nazis, mientras la Alemania comunista miraba hacia otra parte.

Existe un criterio muy sencillo para solventar estos asuntos: la petición de perdón se fundamenta en el arrepentimiento interno; en consecuencia, debe pedir perdón quien sienta esa conmoción íntima y honesta. Nadie puede acompañarle en esa aventura, porque pedir perdón constituye la respuesta a una profunda llamada. Al arrepentimiento de los otros se asiste, previsiblemente con respeto. Y punto. Pero los que van por la vida exigiendo a los demás que pidan perdón nada saben de esas trastiendas del alma. Es la suya una llamada externa y, por lo tanto, coactiva. Es la llamada de un verdadero inquisidor. Es la misma vileza de otro siglo, de todos los siglos venidos y por venir.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 30 de septiembre de 2006