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Reportaje:MADRID 1 | CRÓNICAS DE LA VIDA

El arte de ser sólo por ser algo

Comienza el autor de los reportajes su paseo por Madrid para tratar de descubrir sus orígenes, raíces e identidad, cuestiones que al poco de comenzar comprobará de imposible descubrimiento, pues, sin duda, uno de los rasgos esenciales de la urbe es precisamente su falta de identidad. Ciudad de aluvión, de acogida de inmigrantes de todas partes, curtida en mil batallas y superviviente de otros tantos desastres, reflejados por cronistas de tanto empaque como Josep Pla o poetas como Agustín García Calvo.

Tiene gracia cómo responden los madrileños cuando les preguntas de dónde son. Los hay de dos tipos. Uno emite un brusco "de Madrid" casi monosilábico y luego alza la cabeza como quien dice: "Venga, menos tonterías y a lo que íbamos". Y el segundo profiere una secuencia agramatical del tipo "ah, no, bah, yo, aquí, sí", que viene a significar "tierra, trágame" y no pretende más que ganar tiempo hasta que alguien cambie de tema, o más bien cambie a un tema propiamente dicho. Los madrileños dominamos bien ese arte: no se trata exactamente de que parezca vergonzoso ser de Madrid. Se trata de que parezca un accidente.

El poeta Agustín García Calvo lo clavó de un trazo zamorano en el himno oficial de la ciudad: "Viva mi dueño, que sólo por ser algo soy madrileño". El entonces presidente de la Comunidad, Joaquín Leguina, le pagó por el trabajo un duro de los de 1983 -en otra comunidad ni le hubieran admitido el himno a trámite, no hablemos ya de cobrar-, pero ningún madrileño se ofendería por ese verso nítido, aun en el improbable caso de que llegara a escucharlo alguna vez en su vida. Porque el himno, en efecto, viene a decir lo mismo que el taxista que me llevó el lunes a Cuatro Caminos:

Fue en esta villa donde el pastel de liebre subió a palacio y la tortilla bajó al populacho

Aquí no somos de ningún lado ni preguntamos a nadie de dónde viene

"Aquí no somos de ningún lado; me explico, aquí somos de todas partes menos de Madrid, porque a ver, ¿a que usted no es de Madrid? ¿Que sí? Arrea, pues ya es raro. ¿Y su padre? Pues eso es más raro aún. ¿Y su madre? Ahí ya le he pillado, ¿no ve lo que le decía? Aquí no somos de ningún lado ni preguntamos a nadie de dónde viene". Con preguntarle por su padre ya nos apañamos.

Pero, bueno, ¿ustedes pueden creerse esa cantinela? Si parece un acertijo del maestro de Kung-Fu: "Viajarás a una ciudad mítica cuyos habitantes son de todas partes menos de la misma". A mí eso me suena muy raro, maestro, pero voy a hacer el viaje precisamente por ello. Voy a buscar las señas de identidad de Madrid, que verás tú como sí que las hay, y me llevo de guía a un catalán: el corresponsal en Madrid de La Veu de Catalunya entre 1931 y 1936, un tal Josep Pla. [Todas las crónicas que mandó Pla desde Madrid acaban de editarse en castellano en el volumen La Segunda República Española, de Destino].

Es la primera vez en 45 años que hago un viaje de placer a mi propia ciudad. Nací allí abajo, en el Puente de Segovia. Ahí, donde están esas obras, había unos aligustres para jugar y luego pusieron la misma M-30 que ahora están quitando: un simple tic-tac en el callejero, media vida en el cuerpo. ¿Sabe una cosa, Pla? Extrañaré la M-30. A mí no me van los aligustres.

Bueno, pues lo primero que uno se pregunta al llegar a una ciudad desconocida es ¿dónde están las salidas? Y lo segundo es ¿aquí qué se come? Responde el taxista que me llevó ayer a la glorieta Atocha (y no glorieta de Atocha, pues el de le fue transferido hace tiempo al nombre oficial que nadie usa, que es plaza del Emperador Carlos V):

"Lo que hay es mucho pardillo que viene a Madrid de tapas, me entiende usted, pues se montan y a lo mejor te dicen usted lléveme al barrio de las tapas... ¡pero mira el tirillas, mira el tirillas cómo se ha metido, la madre que le parió, si le llevo viendo venir desde que salimos de O'Donell!, y si usted es de Madrid ya sabe lo que hay, ¿o no?, que te pides tu birrita, o tu botijo o lo que se tome cada uno, que de un pavo veinte no te baja ni que sea marca la cabra, y de tapa te mete el tío aquí la oliva, aquí el Chema que conduce un tequi, el desgraciao, ¿es o no es?, y espérate que la oliva puede ir según los casos con o sin el fósil de la anchoa de Atapuerca, ¡Animal el tío, pero no sabe que hay obras en Alfonso XII o qué!, y con el segundo botijo se hace el longui y lo mismo no te pone ni las vueltas, cuidao, que se han dao casos, ¿eh?, ahora que yo se lo digo, por supuesto que sí, le digo tú, sácame al fósil que le diga adiós por lo menos, tronco, porque aquí ya me habéis visto a mí otra vez los dos, tú y la anchoa del carbono 12, vamos, ahora que te es igual, porque te vas al bar de al lado y parece que se alquilan la anchoa el uno al otro, total que... ¡Animal! Será posible, oyes, que llevo media hora metiéndole el morro y que el tío panoli no me deja colarme delante suyo".

Cuando Pepe Carvalho vino a Madrid a esclarecer el Asesinato en el Comité Central, se tiró una semana echando pestes de la gastronomía madrileña, integrada según él por el escueto tríptico del cocido, los callos y la tortilla de la Tía Javiera. Y la última bien pudiera ser un sarcasmo del detective, pues está por ver que alguien la haya catado. Esto nos deja el cocido, que tal vez importamos de Extremadura, y los callos, que los hacen hasta en Lyón. Pla, que a decir de Manuel Allue derrota hacia "langostas, becadas, nabos y coles", quiere hacer frente común con Carvalho, pero ninguno de los dos ha reparado en que la verdadera gastronomía madrileña es otra: el pulpo a la gallega, el bacalao a la vizcaína y los calamares a la romana. Según la guía de Red 2000, "Madrid es la capital europea que más ha absorbido las cocinas regionales de su país", circunstancia que se remonta a los tiempos en que Felipe II le otorgó la capitalidad, con la consiguiente "llegada masiva de emigrantes de las más diversas comarcas, que trajeron consigo sus costumbres gastronómicas". Ahí lo tiene, Pla: si es que así no hay forma de conservar las señas.

Pla, creo yo, se inclinaría a creer que esa gastronomía madrileña -la del pulpo a la gallega- es sólo una de las facetas del poliédrico talento de esta ciudad para cambiar de decorado, y me recordaría aquel 14 de abril de 1931, cuando se izó en el Palacio de Comunicaciones la primera bandera republicana y "Madrid corrió a destruir y a esconder los símbolos monárquicos. Los comerciantes proveedores de la Real Casa, las tiendas con el escudo real, las fondas, teatros y restaurantes hicieron desaparecer rápidamente los nombres comprometedores y dinásticos". Bueno, pues también es comprensible. "Y un busto de bronce de Primo de Rivera fue colgado en el balcón de Gobernación". Por Dios. Pero Pla concede a los madrileños "una finura crítica indudable" y una "causticidad proverbial", admitiendo que ese día los Reyes "no fueron tratados por la masa con cumplidos, pero tampoco con una crueldad exagerada". Y a lo mejor, "alguna anécdota de carácter anticlerical se produjo en los suburbios, pero no puede decirse que aquello acabara dando el tono al espectáculo". En cuanto a los actos de celebración, parece ser que hubo un "desbordamiento del entusiasmo de la juventud popular que duró 26 horas seguidas". Un día entero de desbordamiento más dos horas para volver a casa, sería la cosa. Eso podría ser una seña de identidad, mira tú.

En Madrid se habrá inventado poco plato, pero alguno sí ha cambiado aquí de estrato social. Fue en esta villa, no lo ignoremos, donde el pastel de liebre subió a palacio y la tortilla bajó al populacho. Pla no cree que aquello fuera un buen negocio, sin embargo, porque a la liebre no se la ha vuelto a ver por aquí abajo. Será que no le gusta la tortilla, le apunto yo, pero el catalán no se fía un pelo del aparato palaciego del foro: "Aquel 14 de abril, una monarquía que duraba 15 siglos cayó muerta por la base, y ni la aristocracia, ni el Ejército ni las familias ligadas con la Casa y el Estado dieron prácticamente señales de vida, salvo que los círculos aristocráticos fueron los primeros en izar la bandera republicana. La frivolidad de Madrid -no del pueblo, sino de las clases que tienen como razón principal de su existencia la monarquía- ha sido un fenómeno casi trágico".

Volvemos a lo de antes: que esto es una ciudad con talento para cambiar el decorado.

Pero hay que reconocer que esa gastronomía del trae pacá dista de ser óptima como seña identitaria, y que habrá que buscar las señas en alguna otra parte. ¿Quién se puede haber visto en un trance similar? Los ingleses, qué tontería. Convencidos como parecen de que la gastronomía es una marca de comida para gatos, y estancados como llevan un siglo en el nivel creativo de las beans on toast (alubias sobre tostada), los ingleses no parecen haber tomado sus señas de la comida, sino de Ricardo Corazón de León y de Robin Hood. ¿Qué tenemos sobre Madrid en este apartado concreto?

Responde el primer cronista oficial de la Villa, Ramón de Mesonero Romanos: "Madrid tiene sus aduladores panegiristas que trataron de rebuscar su origen en la más remota antigüedad, enlazándola con héroes mitológicos". ¿Aduladores panegiristas? Eso es justo lo que necesitamos, Mesonero Romanos. Rebuscando un poco por el Ayuntamiento, los documentos nos aclaran: "Desde los siglos XVI y XVII, como consecuencia del traslado de la Corte, los cronistas de Madrid retrotrajeron sus orígenes a muy pocos años después del diluvio universal". Qué panda de incompetentes: lo hubieran puesto antes del diluvio, que habría borrado todas las pruebas. "Madrid también pudo ser fundada por el príncipe griego Ocno-Bianor, hijo de Tíber". Pues a lo mejor también fue eso, ahora que lo dices.

La etapa más enigmática de la historia madrileña, en cualquier caso, es la comprendida entre el diluvio y el siglo IX, toda vez que en dicho siglo aquí no había más que un cuartel, o almudayna, que ahora viene a ser la Almudena donde se casaron los Príncipes. El emir Muhammad I (852-886), al "fundar" la almudayna junto a dos colinas, se encontró con un "núcleo visigodo en el barranco de la calle Segovia". Total, que nos plantamos casi en el siglo X con un cuartel, dos colinas y un barranco. Pero no nos engañemos, que Magerit empezó a despegar un siglo escaso después, como revela el hecho de que "en 1050 rindió tributo al cuerpo de San Isidoro de Sevilla, de paso para León, donde le enterraron definitivamente". Esperando desde el diluvio para eso.

Si no tienes más gastronomía que el Reino Unido ni más mitos fundacionales que el Casino de Montecarlo, ya vas a la desesperada. Puedes aducir un monumento, pero la Cibeles no es que sea la Torre Eiffel. Y, aunque sepas que la Castellana es un museo vivo de arquitectura contemporánea, tampoco vas a identificar a tu ciudad con esa especie de autopista de cinco carriles en cada sentido. A Pla seguro que le va a gustar más la Gran Vía, que quieras que no tiene compuesta una zarzuela, y hasta sale bien parada en la Enciclopaedia Britannica:

"Tras el plan de Arturo Soria para una ciudad lineal de 50 kilómetros en 1892, y el de Núñez Granes para una ciudad satélite, que no encontraron suficiente apoyo, fue en 1910 cuando Madrid adquirió uno de sus principales rasgos urbanísticos actuales. El barrio de San Bernardo fue biseccionado por una broad way, una gran vía, que salía de la calle de Alcalá y luego bajaba hasta la plaza de España, que es donde se levantaron los primeros grandes edificios comerciales. Esta Gran Vía fue diseñada para ser la calle principal del centro comercial de la ciudad, y tiene una vitalidad característica, con cines, cafeterías, tiendas y bancos. Tras la Guerra Civil fue redenominada avenida de José Antonio, en referencia al fundador de partido fascista, la Falange Española".

Vaya por Dios, esto del cambio de nombre no le va a gustar nada a Pla, porque miren la que armó cuando el advenimiento de la República por un par de retoques de similar intención:

"Por otra parte", escribía Pla el 20 de abril de 1931, "las calles han sido objeto de una nueva rotulación espontánea. Las principales innovaciones han consistido en colocar la coletilla Zamora a la magnífica calle de Alcalá, y en dar el nombre de Marcelino Domingo a la plaza de Bilbao. El ministro de Instrucción Pública ha vivido en una casa de huéspedes de la vieja plaza y el cambio de nombre llega con la aureola de las cosas románticas". Caramba, Pla, qué mala uva tiene usted. Peor que la Enciclopaedia Britannica, si me permite decirlo.

Así que calle de Alcalá Zamora y Gran Vía de José Antonio. Ya se ve que hasta las calles son parte del gigantesco decorado desmontable de esta ciudad descapotable. ¿Tampoco van a estar ahí las escurridizas señas de identidad del foro? Responde el taxista que me trajo hace un rato de Carabanchel:

"Pero que yo paso mucho de la Gran Vía, tron, pero que la Gran Vía yo la habré pisado qué te digo, ¿una vez, tron? ¿Dos? Pero, o sea, tú para qué vas a la Gran Vía, colega, o sea tú te levantas un sábado y le dices a la peña 'peña, me abro a la Gran Vía', ¿no?, y la peña de colores, o sea la peña te regala una Biblia, ¿no? Yo te voy a decir una cosa, tron. Yo si no fuera por el tequi no salía de Leganés, pero es que te lo juro. La brasa que habrá dao con la Gran Vía el pavo, tron, la identidad y no sé qué movidas que le han dao en el tarro, te lo juro, tron, y yo a mí qué me cuentas, chaval tron".

Entonces nos queda el schotis y la calidad de vida, o el fútbol y la política, que es de lo que siempre se ha hablado aquí, entre otras cosas para tener a punto los nuevos decorados. Pero eso lo dejamos para mañana, tron.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 30 de agosto de 2006