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Crítica:

Dáimones, fuego, filosofía

El ensayo de Patrick Harpur incide sobre la ausencia de la imaginación en la sociedad moderna y reclama el papel de los viejos mitos, del alma del mundo y de la propia.

Hay una base e interés profundos en la filosofía, que la mayoría de los filósofos no perciben, pero que une como en una cadena áurea a los más grandes de ellos y conforma la torre ígnea del pensar: esa cocina alquímica de la mezcla de ideas a lo grande. Es lo que este libro llama el fuego secreto de los filósofos, cuyo secreto, a su vez, sigue siendo cuestión del sí mismo de cada uno. Constituye una tradición siempre renovada -órfica, mosaica o hermética en su origen-, una historia de la imaginación, que desde lo que llamamos modernidad se ha dejado de lado, por desgracia, como "esotérica" o "arcana", pero que "sigue discurriendo como una vena de mercurio por debajo de la cultura occidental, surgiendo de las sombras en épocas de intensos cambios culturales", como quizá el de hoy.

EL FUEGO SECRETO DE LOS FILÓSOFOS. Una historia de la imaginación

Patrick Harpur

Traducción de Fernando Almansa Atalanta. Girona, 2006

459 páginas. 28 euros

Ella es la que en forma laberíntica, puesto que no hay un razonamiento lógico lineal para ello, recorre de manera tan clara como subyugante este libro, que sólo puede revelar su secreto de forma indirecta, analógica, simpatética, convirtiéndose, además, al tratar de él, en un libro más de esa cadena áurea, que ni puede ni quiere dilucidar su secreto precisamente porque está en él y porque él no es un cuerpo de filosofía o conocimiento directamente expresable.

Se trata de una manera diferente de mirar las cosas, dada por supuesto antaño en la cultura occidental. Es el fuego que ha alimentado y alimenta la filosofía de verdad: una alquimia espiritual en cuyo pote hay que mezclar algo más que evidencias cotidianas o científicas para que resulte algo que diga algo al ser humano. Esas primeras épocas mágicas de Descartes, de Newton, incluso de Darwin, por ejemplo, o el mismo platonismo con el que nace la ciencia moderna en Tico Brahe o en Kepler, o esas extrañas debilidades filosóficas en general de los grandes científicos, hablan de una inspiración profunda, profundísima, reprimida, sublimada, superada, quizá malversada, al fin y al cabo expresada, en el lenguaje de la ciencia racional, que luego se arroga la administración del universo mediante letra y teoría ("literalizándolo"), olvidando el alegre colorido de la imaginación, la analogía y la metáfora de donde procede. Eso no es progreso.

No hay ni ha habido nada im

portante en esta vida (destino, amistad, amor, felicidad) que sea racional, racionalmente elegible o dominable: ni la vida misma, ni la llamada a ella, ni la muerte. Es un empeño irracional la moderna racionalización a ultranza de las cosas, el olvido de la imaginación y su entrega en exclusiva en manos de la ficción artística o de alienados. No se puede concebir, construir, o constituir como dicen los filósofos, la realidad sólo con categorías racionales, científicas. Lo que llamamos realidad es más bien de carácter ficcional, sabemos ya que no se construye realista, sino estética e imaginariamente.

La realidad tiene poco que ver con una realidad substante, unilateral o uniliteralizada, firme, sólida, que no pueda admitir otro mundo que este que se ve. Ese empeño moderno de olvidar otro mundo de mitos, duendes, arquetipos, otro mundo imaginativo, una realidad metafórica, como quiera llamarse, es además absurdo, porque el plus mágico (el contacto con los dáimones) sigue conformando el genio: también, por supuesto, el de los científicos punteros, que hablan de cosas tan raras que no tienen nada que ver con esa realidad acostumbrada del racionalista, que paga su sequedad intelectual, además de con la irrelevancia, con carne de neurosis y psiquiatra.

Genes, partículas subatómicas, cuerdas, inconsciente, modelos matemáticos, objetos de los que apenas tenemos conocimiento, con los que la imaginación sigue duplicando otros mundos más allá de cualquier frontera que nosotros atribuyamos a éste, son seres tan extraños y ambiguos como los dáimones, ni más reales ni más metafóricos; criaturas oscuras, marginales, furtivas, mediadoras, fronterizas, que introducen un indicio saludable de desgobierno e incertidumbre en un mundo en peligro de explicarse demasiado bien a sí mismo y que hoy han tomado esa forma porque ya no los podemos entender, ver, imaginar, de otro modo.

Como "psique fuera del cuerpo" en sentido de Jung ("muy abajo, la psique es mundo") o como simples metáforas básicas para aspectos fundamentales de la cultura occidental moderna, que de otro modo resultarían incomprensibles, los dáimones (imágenes personificadas) siguen, en la sombra, presentes. Antes convivían imaginariamente en el mundo, en una realidad ambigua, no dual, sin categorías dentro/fuera, este/otro mundo. Es una peculiaridad estrictamente occidental, dice Harpur, confundir lo físico con lo que es literalmente real, resultado de la polarización cristiana entre alma y cuerpo; fuera del cristianismo y de otras religiones monoteístas el alma es casi material como el cuerpo casi espiritual y ambos forman un todo daimónico; somos organismos fluidos que pasamos fácilmente de este mundo al otro, de la vida a la muerte; también nosotros somos daimónicos, realidades míticas. Los mitos nos dicen que vivamos sin resoluciones, en un estado de tensión creadora con nuestra doble dimensión.

El mal de hoy es que este

mundo ha perdido el alma, esa tensión, los viejos mitos, sus dáimones: tanto el alma del mundo como el alma propia. El individuo humano vive alejado de sí mismo, despersonalizado, y alejado del mundo, que le parece extraño e irreal. Se ha perdido la dimensión de la imaginación que da profundidad, color, conexión y sentido a nuestra vida. Pero si desde el siglo XVII se ha impuesto una lectura unilateral, una literalidad exclusiva del mundo, quizá hoy ya estemos de vuelta. Es probable, dice Richard Tarnas (La pasión del pensamiento occidental, Prensa Ibérica), que nuestra cultura quiera no tanto avanzar cuanto volver a la antigua perspectiva, aunque con otra apariencia, e invertirse simétricamente una vez más: del hombre a Dios, de la independencia a la dependencia, de éste al otro mundo, de lo empírico a lo trascendente, de la razón y el hecho al mito y la fe, de una humanidad que avanza a otra caída. Y como la cosmovisión científica se aproxima a sus límites, dice Harpur, esto puede estar sucediendo ya.

Estas cosas (y otros muchos avatares de la cadena áurea), por sutiles, hay que decirlas de modo que se entiendan, que encandilen, pero que no resulten locas, como hace este sorprendente libro. "Estas cosas nunca sucedieron, existen desde siempre", diría Salustio. Los acontecimientos imaginados son reales: su realidad es mítica, no histórica, pero no menos real, ni menos ficción. Como escribió William Blake, todo lo que puede ser creído es una imagen de la verdad. Que fue un duendecillo, por ejemplo, quien hizo caer la manzana sobre la cabeza de Newton.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de agosto de 2006

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