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Necrológica:

Fernanda de Utrera, cantaora de flamenco

Estaba considerada como la mejor intérprete de soleá de todos los tiempos

Fernanda Jiménez Peña, Fernanda de Utrera, nació en esta localidad sevillana en 1923, en el seno de una familia gitana dedicada al cante flamenco. Memorable por sus fandangos, estaba considerada la mejor solearera de todos los tiempos. Intervino en las películas Duende y misterio del flamenco, de Edgar Neville, y Flamenco, de Carlos Saura; su voz aparece también en la película Kika, de Pedro Almodóvar. A lo largo de su carrera artística realizó numerosas giras por países de Europa y de África, y en 1967, la Cátedra de Flamencología de Jerez le otorgó el Premio Nacional de Cante. Entre otras distinciones recibidas a lo largo de su vida, destacan las de la Medalla de Plata de la Junta de Andalucía, la Medalla al Mérito al Trabajo y la Medalla de Oro de las Bellas Artes. Falleció el 24 de agosto a los 83 años.

Ha muerto Fernanda Jiménez Peña, Fernanda de Utrera, nacida hace 83 años en Utrera, Sevilla. Hacía años que arrastraba el mal de Alzheimer. Fue, seguramente, la mejor solearera de todos los tiempos.

Nieta de Fernando Peña Soto, El Pinini, aquel jocundo matarife que fundó una amplísima familia de gitanos flamencos y que se emborrachaba cada día hasta el alboroto de la Fuente Vieja en su pueblo, hermana de Bernarda de Utrera, junto a la cual cantó durante muchísimos años, Fernanda llevaba en su sangre todas las credenciales precisas para ser cantaora de raza.

Fue eminente, ya lo hemos dicho, en el cante por soleá. También interesante en algún otro estilo -bulerías, tangos, cantiñas de su abuelo El Pinini-, y como fandanguera se salía realmente de lo común. Porque, como ella decía, hay que poner el corazón. "Yo tengo un fandango grabao, eso de a mis niños no me los abandones..., pues desde que murió una hermana mía, eso no lo pueo yo cantar, porque me acuerdo de mi hermana que dejó a sus hijos solos. Me la pide la gente y forzá la canto; pero me entra un repeluzno y una descomposición de cuerpo, que no pueo, ea, que no pueo".

Sus soleares podían ser memorables cuando estaba en buenas condiciones para cantar, lo que no siempre ocurría, sobre todo en sus últimos años de actividad. Pero en sus mejores tiempos, su voz oscura y rota, casi siempre insuficiente pero preñada de duendes y misterio, era un instrumento que transmitía al oyente emoción y escalofrío en cada uno de los tercios. Decía Ricardo Molina que las soleares de Fernanda eran "magia pura y abismática"; Caballero Bonald hablaba de "su nobilísima, sollozante y profunda expresión"; Jiménez Díaz afirmaba que cada palabra en su cante por soleá era "un manantial de sangres"; Félix Grande hablaba de "la voz de mujer más tierna y ronca, desesperada y delicada de cuantas honran el desconsuelo piadoso del flamenco".

Estamos, pues, ante una cantaora de excepción. Cada vez que se enfrentaba a su soleá se libraba, allí en los oscuros rincones de donde nacía el manantial gitano de su cante, una dramática batalla. Porque Fernanda, con una voz opaca y rota, arriesgaba todo en sus cantes, peleaba cada tercio hasta agotar sus posibilidades, rebuscaba, pellizcaba, perseguía los duendes angustiosamente, desesperadamente... Arriesgaba tanto, que la cantaora se quedaba como desamparada ante la copla, y si no llegaba al logro perseguido, la veíamos como quebrarse, vencida en la pelea; pero si el logro llegaba, habríamos tenido el privilegio -cada vez más raro aún entre los cabales frecuentadores de cante- de asistir al milagro que siempre es una soleá dicha con rajo. "Yo llevé a Fernanda conmigo -declaró hace años Manuela Vargas- porque, cantándome, me permitía transmitir lo que es la soleá".

Leamos, por último, algo de lo que escribió sobre ella el crítico Manolo Bohórquez: "Se nos puso a todos la dermis como un piélago de diminutas montañas rosadas... Escucharla ya no es un placer: es una flagelación, se sufre viéndola retorcerse de impotencia sobre el escenario, nos lastima la negrura de su rostro envejecido, nos duele en nuestras carnes el torniscón que le pega a su vestido buscando esa bocanada de aire que le ayude a coronar con un mínimo de dignidad artística el cante de Juaniquí... Nos cuesta reconocer que a Fernanda le queda menos aliento que a una gallina pisá. La seguimos adorando porque estamos plenamente convencidos de que es de las pocas verdades que le quedan al cante gitano. Cantar como Fernanda de Utrera es ya imposible; su eco de voz, esa fuerza sobrenatural que emerge del fondo de la tierra y la emoción de su rostro, se irán con ella y no volverán jamás".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 25 de agosto de 2006