Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:PARÍS 02 | CRÓNICAS DE LA VIDA

Tras los pasos de Hemingway

París, 100 años después de acoger a las vanguardias artísticas, sigue manteniendo su capacidad hipnótica para los creadores. En este segundo reportaje sobre la capital francesa, escritores, pintores, fotógrafos y bailarines recuerdan su compleja y difícil relación con una ciudad que no siempre ha sido, ni es, una fiesta; en la que surgen nuevos conflictos sociales de convivencia e integración y que pese a todo no ha perdido el gran poder seductor con el que alcanzó la capitalidad cultural del mundo.

Qué sentirán esos padres de los adolescentes chinos pendientes de expulsión cuando por la noche apaguen la luz para intentar dormir? ¿Qué sentirán la madre de Mongolia y la maestra del Daguestán? ¿Seguirá escondiéndose Sakimat cada vez que oiga sonar un timbre? Y el chico que no iba a clase, ¿acabará algún día en una tienda bajo los puentes del Sena? ¿Aguantarán todas estas gentes la presión del desarraigo o se romperán? De inmigrantes como ellos habla en su última novela el escritor colombiano Santiago Gamboa, pero no es de la trama de El síndrome de Ulises de lo que hablamos en el Select, una de las cafeterías emblemáticas del París literario, sino de su propia experiencia. Realidad y literatura se funden en la historia del emigrante latinoamericano en que se convirtió Gamboa cuando en 1990, con 24 años, llegó a la Ciudad de la Luz con la ilusión de ser escritor. Y con él emprendemos un viaje que nos llevará de la banlieue al corazón de Montparnasse, del mundo de la emigración forzada al de la emigración querida, la que llega a París persiguiendo el triunfo.

"Antes no hablabas francés, y te maltrataban. Ahora te agradecen que lo sepas hablar"

"No has venido de Cartagena para esperar un esguince. O subo o me voy. Y no me he ido"

"Decidí que puesto que no era nadie, el buzón tampoco era mío, y se llenó de cartas sin abrir"

Santiago Gamboa buscaba el París literario de Hemingway y Joyce, el de Cortázar y Bryce Echenique, pero lo que encontró no tenía nada que ver con ese mundo. "Con 600 dólares en el bolsillo y una matrícula en la Sorbona que me daba derecho a un trabajo a media jornada, no tenía ninguna posibilidad de vivir ese París que la literatura me había mostrado. Al contrario, caí en el París de los trabajos forzados, de la lluvia y el frío, de las caras duras de la gente. El París del miedo, porque todos tenían mucho miedo. Y sentí como ellos esa sensación tan extraña de seguir muerto de hambre con el estómago lleno, porque como no siempre podíamos comer, cuando a veces nos hartábamos, seguíamos teniendo hambre".

Su novela no es autobiográfica, pero sus personajes, como él mismo, son gentes que siguen soñando con ir a París incluso viviendo en ella. Porque se puede vivir en París, dice, sin entrar en ella, y eso que Gamboa era un privilegiado porque tenía papeles. "Vivía en Gentilly rodeado de compatriotas que se aferraban con desesperación a los signos de identidad colombianos sólo para no desaparecer. Porque siendo inmigrante no eres nadie, te ignoran, te hacen sentirte invisible, transparente. Lo peor no son los sufrimientos que estás pasando, lo peor es que a nadie le importa", dice.

Escribía poco porque la mayor parte del tiempo lo ocupaba en sobrevivir. Pero también porque lo que escribía no le gustaba y él quería seguir soñando que podía ser un escritor. "Vivía irritado, en conflicto permanente con la ciudad y su gente. Recuerdo que entonces se decidió que había que marcar el 01 delante de todos los números de teléfono, y yo me negué, así que no podía hablar por teléfono. Decidí que, puesto que no era nadie, el buzón tampoco era mío, y pronto se llenó de cartas sin abrir, entre ellas algunas facturas que no pagué y que me crearon nuevos problemas. Bebía mucho y empezaba a tener unos líos tremendos, pero no quería saber nada de ese buzón. ¿Te das cuenta? Me estaba volviendo loco. Un día salí muy pronto por la mañana para airearme, y al volver a casa, la poca gente que había en la calle miraba a una mujer que estaba tendida en la acera. Estaba muerta, se había tirado del sexto piso. Sentí un frío inmenso y pensé: 'Yo he pasado por ahí hace unos minutos y tal vez esta mujer me ha llamado cuando iba a tirarse y ni siquiera la he oído; tal vez ha pensado de mí: otra persona a la que no le importa nada que yo vaya a morir".

Ahí tocó fondo el inmigrante atrapado que en ese momento era Santiago Gamboa. O se iba o se hundía. Acabó yéndose a Roma, siguiendo a un amor, cuando tenía 31 años, sin volver la vista al París encapotado que dejaba atrás. Porque París puede ser al mismo tiempo la ciudad de la luz y la ciudad del frío y de la lluvia, depende de la puerta por la que se entre. El propio Gamboa volvió a entrar, hace dos años, en París y comprobó la diferencia. Volvió como delegado adjunto de Colombia en la Unesco y siente que una nueva vida ha comenzado para él en esta ciudad. En diciembre nacerá su primer hijo y se ha cumplido su sueño: ya es escritor. Está claro que esta vez ha entrado por otra puerta porque hasta los camareros del Select, habitualmente tan estirados, le han saludado hoy efusivamente.

Pese a estos contrastes, es sorprendente la cantidad de escritores y artistas que sufren de parisitis, esa enfermedad crónica e incurable que, como dice Jorge Edwards, "nos hace regresar una y otra vez al lugar de nuestros amores y de nuestros dolores". Enrique Vila-Matas es uno de esos escritores que vuelve y vuelve a París. "No menos de seis veces al año", aclara. Él también fue a París para ser escritor siguiendo los pasos de Hemingway, porque después de haber leído a los 15 años París es una fiesta creyó que sólo se podía ser un buen escritor viviendo en París. Así que se vistió de negro, se fue al corazón de mito literario, donde vivió entre 1974 y 1976 alojado en una chambre de bonne que le alquiló la inconmensurable Margarite Duras, una cochambrosa buhardilla cuyo único atractivo era que le permitía compartir escalera y conversación con su extraña casera.

Muchos años después, en una especie de bucle melancólico, Vila-Matas ha tomado prestado el título del último capítulo de la obra de Hemingway para revisar, en París no se acaba nunca, con grandes dosis de ironía, aquella experiencia iniciática. El libro se ha convertido en una obra de culto e incluso de peregrinación de lectores a alguno de los lugares que describe. Pero, "a diferencia de Hemingway, que fue allí muy pobre y muy feliz, yo fui muy pobre y muy infeliz", proclama Vila-Matas. Lo cual no impide que le siga pareciendo la ciudad más bella del mundo y que haya hecho del hotel Littré, un lugar discreto y acogedor situado a pocos metros de la librería española de la misma calle, su casa parisiense.

"Duras me decía que vivir en París era hacer vida de cartier, de barrio. La verdad es que no me movía del centro y, además, aquello era un viaje interior. Ha sido más tarde cuando he conocido realmente París. Y sí, ha cambiado. Mis amigos dicen ser conscientes de que aquellas grandes figuras intelectuales, Sartre, Barthes, Beauvoir, y los grandes escritores no han sido sustituidos. En la nueva narrativa apenas hay siete u ocho nombres que se valoren, cuando en España hablamos, tal vez exageradamente, de 20 o 30". Vila-Matas describe con una frase demoledora la dimensión del cambio: "Antes no hablabas francés y te maltrataban. Ahora te agradecen que hables francés". Ahora Vila-Matas es ya una figura valorada en Francia, publica desde hace dos años un artículo mensual en la revista Litteraire y ha ganado diversos premios, entre ellos el Médicis Étranger.

El mito literario de París se alimenta de la cadena que forman los escritores ya consagrados y los que sueñan con serlo y buscan desesperadamente contactar con ellos. "No por intentar imitar a Hemingway, ser amigo de Duras o tratarme con Barthes avanzó más mi carrera literaria. Éste es un equívoco en el que yo caí hace 30 años y en el que sigue cayendo mucha gente", advierte Vila-Matas. Sin embargo, él mismo recuerda con emoción el día que alguien le presentó a Juan Rulfo, el escritor que, con menos obra, más ha influido en otros escritores.

Y a veces funciona. Cuando a mediados de los noventa Gamboa se encontraba al borde del precipicio mental, trató de entrar en contacto con el escritor Julio Ramón Ribeyro. En ese momento, sus únicos ingresos procedían de las clases de español que daba a dos monstruitos de familia bien y colaboraciones esporádicas en diarios de Bogotá. Llamó a Ribeyro para pedirle una entrevista, pero lo que quería era conocerle. Le emocionó escuchar su voz al otro lado del teléfono, pero enseguida vino la decepción. "En estos momentos, no, estoy muy deprimido", le dijo.

Unos días después, la madre de los niños le dijo: "Hoy no habrá clase. Tenemos invitados y necesito que eches una mano en la cocina". Gamboa sintió que la furia le ahogaba. La dejó plantada, se fue a un bar, buscó una moneda y llamó a Ribeyro. Necesitaba aquella entrevista. "Todavía estoy muy mal de ánimo", le dijo el escritor. "Yo estoy peor: acabo de perder mi único trabajo y estoy muy jodido". Hubo un largo silencio. Al fin, la voz de Ribeyro: "Eso lo cambia todo: le espero mañana a las siete". Ribeyro acogió a Gamboa, lo que no significaba que se acabaran sus penurias económicas, pero le abrió las puertas literarias de París.

El fotógrafo argentino Daniel Mordzinski ha retratado a la mayoría de los escritores latinoamericanos que han pasado por París. En su último libro, El país de las palabras (Ediciones Roca), aparecen 71 de ellos, desde los más consagrados hasta los más noveles. Cada foto va acompañada de un texto en el que el propio escritor narra su vivencia de París. Una delicia. El prólogo es del escritor granadino José Manuel Fajardo, que también vive en París y cuya novela A pedir de boca tiene por escenario la ciudad del Sena. Todos o casi todos hablan de ella con amor, pero muchos coinciden en que París ya no es una fiesta. "A menudo tengo la impresión de que sólo queda el escenario", escribe Jorge Edwards.

En todo caso, triunfar en París no es fácil, pero cuando se alcanza el éxito, París sabe muy bien cuidar a sus élites. Lo dice alguien que sabe de qué habla. Iremos a conocerle al edificio más emblemático de las artes escénicas, la gran Ópera de París. Es José Carlos Martínez, uno de los bailarines estrella, la élite de la élite. Nos ha citado a las seis de la tarde, la hora en que terminan los ensayos. Ante nosotros aparece un joven altísimo, de pelo moreno rizado y cuerpo fibroso, que camina de manera tan armoniosa que parece que no toque el suelo. Mientras nos conduce por los laberínticos corredores, por las enormes salas de ensayo, ahora vacías y silenciosas, es fácil imaginar lo mucho que ha tenido que saltar este artista de Cartagena para auparse al lugar en el que Daniel Mordzinski ha querido retratarlo: los tejados de la Ópera de París.

La suya es una historia de determinación y esfuerzo. Cuando tenía 14 años, la profesora de la academia de Cartagena en la que estudiaba danza desde niño dijo a sus padres que, si apostaban por él, podía llegar lejos. Y apostaron. Le llevaron a Cannes, donde hay una muy buena escuela de danza en régimen de internado. "No sabía hablar francés y al principio fue muy duro: estaba muy solo y muy lejos de casa, pero en cuanto pude defenderme con el idioma, todo cambió. Aquí, para poder integrarte, primero tienes que hablar bien francés y después has de enseñar que eres pata blanca", explica.

A diferencia del mundo literario, el de la danza tiene itinerarios bien marcados, y uno de ellos pasa por Lausana, donde todos los años se celebra un concurso cuyo premio consiste en poder estudiar en alguna de las mejores escuelas del mundo. José Carlos Martínez tenía 18 años cuando lo ganó y al año siguiente estaba ya en París. "Cuando me vi ante las escalinatas de la Ópera, empecé a temblar. Me di cuenta de lo mucho que había recorrido desde Cartagena", recuerda.

Pero eso sólo era el principio. El cuerpo de danza de la Ópera tiene 150 bailarines y sólo entran cada año los mejores alumnos de la escuela. Una vez dentro, hay cinco niveles, a los que da acceso un jurado, de modo que la vida se convierte en un concurso continuo. "En el momento en que no puedes ascender, estás condenado a esperar entre bastidores una sustitución, y yo me decía: no has venido desde Cartagena para esperar a que alguien se haga un esguince. O subo o me voy. Y no me he tenido que ir". Con esa determinación pasó los cinco niveles y llegó a bailarín solista, a primer bailarín y en 1992, el súmmum, bailarín estrella.

Llegar ahí implica llevar una vida espartana sabiendo además que su carrera tiene fecha de caducidad: "A los 42 años se acabó. Lo dice el contrato", de modo que París para él tampoco ha sido una fiesta, y aunque vive muy bien al lado mismo de la Ópera y forma parte de esas élites tan cuidadas, José Carlos Martínez no es de los que miran a otro lado cuando ve las tiendas bajo los puentes del Sena. "Hay mucha tensión social, una especie de malestar de vivir que es muy perceptible; una sensación de parálisis, como si los dirigentes políticos tuvieran miedo a arriesgarse, a tomar decisiones", dice.

Algunos intentan decidir, pero tienen el campo muy acotado por un modelo político en crisis, excesivamente centralizado, que lo único que transfiere a la periferia son problemas. Manuel Valls encaja en esta historia porque es hijo de un artista, el pintor Xavier Valls, que también fue a París persiguiendo la bohemia artística y se quedó a vivir. Se ha criado, pues, entre la élite intelectual. Ahora es diputado socialista en la Asamblea Nacional y alcalde de Evry, un municipio de la periferia que lucha por no quedar atrapado en la marginalidad. Valls es un ejemplo de la segunda generación de españoles que se sienten franceses y viven como franceses. "Sí, creo que vivimos en una crisis política, cívica y moral desde hace años, y cada vez que estalla se hace más profunda", admite.

Es una crisis que se expresa a menudo en forma de polémicas. Francia parece dudar ahora de todo, de lo que es y lo que ha sido, de su papel en la colonización, de su modelo de integración. De lo único que parece no dudar es de los valores republicanos. Pero sí, desde luego, de las instituciones republicanas. Se la ve y se la siente mentalmente agotada, entre otras cosas porque sus políticos duran y duran y duran, y no se retiran nunca. "El presidente Chirac ya entró en el Gobierno de Pompidou el año que yo nací, en 1962", dice Valls. Ya no son sólo los escándalos económicos, que la sociedad francesa metaboliza cada vez con más dificultad, es que a la crisis institucional se suman los efectos de la globalización, y crece la brecha social: los ricos son más ricos y los pobres más pobres, pero estos pobres están en los barrios donde se concentra la inmigración, de manera que los nuevos inmigrantes con los que compiten son con los hijos y los nietos de los que llegaron antes y viven en los guetos urbanos. Para aquellos primeros emigrantes, como para los nuevos, llegar a vivir en Francia ya era un logro vital, un salto enorme: venían de un mundo mucho peor. Pero sus hijos, sus nietos, han nacido en Francia, se sienten franceses de pleno derecho, y al mismo tiempo se sienten discriminados, como si no fueran plenamente franceses, porque se llaman Mohamed y vienen de la periferia. Por eso, cuando Zidane le dio el cabezazo a Materazzi, media Francia le disculpó, porque el jugador nacido en Marsella de padres argelinos representa el ejemplo viviente del ascenso social, pero la otra media dijo: "¿Lo ves como de esta gente no te puedes fiar?"; esta otra mitad la forman los mismos que cuando deben decidir a quién le dan un puesto de trabajo, entre un Pierre y un Mohamed, a igual preparación, siempre prefieren al primero. Los chicos de la banlieue ven que el ascensor social no sólo se ha parado, sino que lo que antes servía para tomarlo -estudios, formación- en su caso cuenta menos.

Cuando la familia de Ana Hidalgo, la primera teniente de alcalde de París, llegó desde España, en Francia había racismo, pero también había mucha necesidad de mano de obra. "Los que llegamos en esos años pudimos disfrutar de uno de los valores republicanos más importantes: si tenías talento, podías estudiar y prosperar", dice. Ahora eso ya no está tan claro. Y las ayudas del Estado del bienestar cubren menos y se han de repartir más, en una sociedad que incita impúdicamente el deseo de consumir. Los chicos están irritados porque no ven claro su futuro ni pueden marcharse de casa, y los padres también porque ven que sus hijos probablemente vivirán peor que ellos, y ya nadie está seguro de no acabar sus días bajo uno de los puentes del Sena.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de agosto de 2006