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Editorial:

Irak, sin rumbo

Bagdad ha reconocido que más de 30.000 personas se han registrado como refugiados sólo en lo que va de mes, huyendo de la limpieza étnica ya abiertamente instalada en un país donde las muertes violentas alcanzan la escalofriante estadística diaria de un centenar de personas, según la ONU. La cifra, a todas luces de guerra intestina, certifica el estrepitoso fracaso del plan de reconciliación nacional anunciado pomposamente por el primer ministro Nuri al Maliki y resulta en sí misma incompatible con la misma existencia de Irak como estado articulado y viable.

Precisamente desde que el chií Maliki llegase hace poco más de dos meses al poder al frente de un supuesto gobierno de unidad, la violencia terrorista se ha hecho si cabe más insoportable. Coincidiendo con la casi clandestina visita de Bush el mes pasado, el primer ministro anunció medidas drásticas para asegurar las calles y liquidar las bandas de pistoleros de uno y otro credo. Y, poco después, una amnistía para los que se incorporasen al proceso político. Pero en pocos días han muerto en Irak en atentados más de 200 personas. La realidad es que el nuevo Gobierno iraquí, salido de las urnas y tan trabajosamente ensamblado, es incapaz junto con el Parlamento de contener la tragedia. Es un Gabinete de palabras, no de hechos, y cualquier cosa menos de unidad nacional, puesto que resulta evidente que cada uno de los grupos que lo integran -chiíes, suníes, kurdos- persigue su propia agenda.

Maliki viaja la semana próxima a Washington para contar a su valedor Bush lo que el presidente estadounidense quiere escuchar, pero que ya nadie cree: que las cosas no van a peor en Irak, que hay resquicios para la pacificación y el despegue económico. Los hechos desmienten el escenario ilusorio que la Casa Blanca y Bagdad intentan transmitir. Naciones Unidas advierte sobre una guerra civil en ciernes, e incluso los máximos representantes de EE UU sobre el terreno, el embajador y el jefe militar, señalan que la sangría en curso es insostenible. Alguien habitualmente tan callado como el jefe espiritual chií Alí al Sistani, cuyas palabras ahora devaluadas constituían hasta no hace mucho órdenes para los más fanáticos de los suyos, pedía ayer el cese del terror y las expulsiones so capa de un enfrentamiento total entre iraquíes.

Invocar la democratización de Irak en base a que sus ciudadanos han tenido la posibilidad de votar un par de veces el último año resulta, en este contexto, un sarcasmo macabro. Si el Gobierno de Maliki no es capaz de detener los asesinatos masivos que definen la vida cotidiana en el país árabe, no hay posibilidad alguna de hacer política, de estabilizar o de reconstruir. Irak estaría en camino de convertirse en un insaciable agujero negro en ese arco explosivo que abraza desde el mediterráneo oriental a Pakistán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 21 de julio de 2006