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Reportaje:

China se sube al tren del Tíbet

Un periodista de EL PAÍS sigue la ruta del tren que circula a más altitud del mundo y enlaza Pekín con Lhasa

Liu Haiqun está desesperada. Desde hace cuatro días acude a la estación de tren de Golmud en busca de un billete para Lhasa. "Cada día ponen a la venta sólo 18 para cada uno de los cinco trenes, y no hay forma de comprarlos", dice con su hijo de ocho meses en brazos. "Su abuelo se muere de ganas por conocerlo", explica mientras mira al pequeño, que luce un punto rojo entre las cejas para protegerlo de los malos espíritus. Desde que la línea Qinghai-Tíbet fue inaugurada el sábado de la semana pasada, muchos chinos se han precipitado para viajar a Lhasa. Y hacerse con una plaza es casi imposible en Golmud, una ciudad triste y polvorienta, repleta de cuarteles, situada en el extremo occidental de China.

"Sólo venden 18 billetes cada día y no hay forma de comprarlos", dice Liu desesperada

La nueva línea férrea comienza en este enclave de unos 200.000 habitantes, rodeado de tierra estéril y lagos salados, a 2.800 metros de altitud. Pero la demanda es tal que los trenes vienen ocupados desde las cinco ciudades de origen -Pekín, Chengdu, Xining, Lanzhou y Chongqing-, donde hay que adquirir la reserva con días de antelación. Y si sobran billetes, muchos acaban en manos de amigos de los empleados ferroviarios de Golmud, según cuenta un turista de la provincia de Guizhou, que tardó cuatro días en lograr el preciado tesoro. "A las cuatro de la madrugada, se nos ha acercado un hombre fuera de la estación y nos ha ofrecido tres asientos por 700 yuanes (68 euros), cuando el precio de uno es de 143 yuanes"

afirma.

Para Liu, que emigró hace 11 años a Golmud, no sólo se trata de que el abuelo, que tiene un hotel con otros socios en Lhasa, conozca a su nieto, sino de explorar las posibilidades de instalarse en la capital tibetana. "Yo tengo aquí una peluquería, y mi marido un restaurante. Voy a ver cómo está la cosa, y si todo encaja, nos mudaremos", dice. "Si no hay suerte, me iré con mi hijo en autobús", asegura esta mujer.

Los trenes que llevan a Lhasa confluyen en Golmud, donde comienza la línea de 1.142 kilómetros que, tras cinco años de obras, entró en servicio el 1 de julio en medio de un fuerte despliegue propagandístico. El tren circula más del 80% del recorrido a más de 4.000 metros de altitud, y llega hasta 5.072 metros, lo que lo ha convertido en el más alto del mundo.

Con el pelo tintado de color cobre y zapatillas blancas, verdes y naranjas, Liu quiere ampliar horizontes, y el tren parece haberle abierto esta posibilidad. Si para viajar a Tíbet había que tomar el avión o ir por carretera, que a menudo quedaba cortada por la nieve y los desprendimientos de tierra, a partir de ahora la capital del Techo del mundo está ligada por tren con Pekín en 48 horas y un precio de entre 389 yuanes, sentado, y 1.262 yuanes, en litera blanda.

La línea forma parte del plan de desarrollo del oeste de China, y el Gobierno considera que dará un fuerte impulso a esta región remota, que se encuentra entre las más pobres del país. Según dice, reducirá los costes del transporte un 75%, y permitirá duplicar los ingresos turísticos en Tíbet. Además, espera que el incremento de prosperidad ayude a mitigar las demandas de mayor autonomía.

Liu Haiqun no es la única en Golmud que piensa en mudarse a Tíbet. La mayoría de los habitantes de esta ciudad de anchas avenidas, y edificios recientes de cuatro plantas son de fuera, y algunos están pensando en emigrar de nuevo, porque, según dicen, a diferencia de Lhasa, el tren va a perjudicar a Golmud. "Mucha gente piensa en irse allí, y yo también, porque hay más oportunidades de negocio", dice el vendedor de una pastelería.

"Antes, los viajeros pernoctaban aquí, ahora pasan sin quedarse", dice Han Yucheng, de 50 años, un musulmán de la etnia hui, a la que pertenece más de la mitad de los habitantes de Golmud.

Durante la construcción del ferrocarril, trabajaron 100.000 personas, y muchas residían en esta urbe, que vive de los pequeños negocios, las minas de sal, los recursos minerales, y de la industria petroquímica y gasística. Ahora, con las obras concluidas, muchos hoteles y los karaokes de grandes fachadas que se ven por todos lados están semivacíos, y la ciudad adquiere al atardecer un aire surrealista.

Delante de la estación, los obreros están desmontando un escenario gigantesco decorado con tejidos de color rojo (en honor a China) y naranja (por Tíbet). En el frontal, grandes caracteres blancos rezan: "Ceremonia de apertura al tráfico del ferrocarril Qinghai-Tíbet".

Fue aquí donde el presidente chino, Hu Jintao, realizó su discurso de inauguración y dio la salida al primer tren a las once de la mañana, que llegó a Lhasa 13 horas después. "Éste es otro magnífico logro dentro de nuestro proceso de modernización socialista", le escucharon decir centenares de funcionarios gubernamentales, trabajadores del ferrocarril y periodistas chinos. La presencia del presidente imprimió un fuerte carácter político. Hu fue el máximo dirigente comunista en Tíbet a finales de los ochenta, cuando el movimiento independentista fue duramente reprimido. El Ejército chino ocupó el territorio en 1950. Nueve años después, su líder espiritual, el Dalai Lama, huyó a India.

En las dos últimas décadas, Pekín ha tolerado el renacimiento del budismo tibetano y ha inyectado fondos para impulsar la economía. Pero los críticos aseguran que las autoridades siguen ejerciendo la represión. El Dalai Lama ha dicho que el tren no es bueno ni malo, pero que está por ver de qué forma será utilizado y si beneficiará a su gente. Para inmigrantes como Liu Haiqun es la vía de transporte que le permitirá, si se instala en Lhasa, vivir con un estilo chino en Tíbet, como nunca han podido hasta ahora los han (la etnia mayoritaria en China) que le han precedido.

Identidad cultural

Las organizaciones de defensa de derechos de los tibetanos aseguran que el ferrocarril sólo está destinado a consolidar el control de la región autónoma por parte de China, y dicen que acelerará la llegada de inmigrantes chinos han, la etnia mayoritaria en el país.

"No vemos de qué forma beneficiará al Tíbet. Hasta ahora, los proyectos de desarrollo han sido para ventaja de los residentes chinos", afirma B. Tsering Yeshi, presidenta de la Asociación de Mujeres Tibetanas, desde Dharamsala, en la India, donde el Dalai Lama dirige el Gobierno en el exilio. "Nuestra preocupación es la llegada de más han, y cómo esto significará una pérdida de la identidad cultural tibetana", afirma.

Las organizaciones de tibetanos en el exilio aseguran, además, que la población local no está preparada para competir por el empleo y las oportunidades de negocios con los chinos, que controlan la actividad económica de Lhasa a pesar de que, oficialmente, sólo representan el 4,2% de la población.

Entre unos y otros, camina Guo Ying, un monje peregrino de 34 años, originario del noreste de China, que ha llegado a Golmud, atraído por el tren. "Quiero visitar a mi maestro en el Tíbet", dice vestido con un traje hecho de retales, que incluye imágenes de budas. "Es imposible que la llegada de chinos acabe con la cultura tibetana. La mezcla hará que se desarrolle mejor", afirma.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de julio de 2006

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