Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
OTRA MIRADA | Alemania 2006

La teoría de la relatividad

Zidane estaba viejo en el Real Madrid; es un joven todoterreno en la selección francesa. Todo es relativo.

Dicen que un grupo de jóvenes actores de Hollywood rodeaban, muy interesados pero silentes, a Albert Einstein y que éste los abrumaba con su asombro: qué bien se debe de vivir siendo estrellas del cine. Un actor de apellido Lomas, que era más guapo que inteligente, se acercó al maestro, rompió el silencio de su grupo y se atrevió a decirle:

-Todo es relativo.

Todo es relativo; y en el fútbol, mucho más. Si se juntara ahora la colección de los lugares comunes que dijimos (todos) antes de que empezara el Mundial, habría para una Enciclopedia de las Profecías Inútiles. Ya ven: la única que se cumple es ésa que dice Vicent: un Campeonato del Mundo es un escenario en el que juegan muchos y, al final, siempre gana Alemania. Todavía no, pero casi. El viernes a mediodía, antes de que se produjera el fascinante choque entre los argentinos y los alemanes, Jorge Valdano le dijo a este cronista: "Tengo mucho miedo a Alemania".

Ahora los argentinos ya no tienen miedo a Alemania; ese pavor está en otros corazones. Pero todo es relativo. Cuando empezó el torneo, Francia era una selección descontada. Incluso España la prefería entre otros rivales que parecían de dientes más afilados. Ingredientes para descartar a los franceses: la vejez de Zidane. Casi exclusivamente. La venganza de Zizou ha sido bellísima, fría, terrible. Ha jugado -contra España, contra Brasil- como si aquellas lecciones de baile con las que se estrenó en España no tuvieran fecha de caducidad; hizo del fútbol un arte, y se ha reivindicado por encima de los tópicos que querían convertir este Mundial en su ingreso en la tercera edad, ese purgatorio definitivo de los futbolistas.

Pero se alzó sobre los adivinos de su decadencia y demostró que todo es relativo. Ahora anda en el Olimpo abrazando, y despidiendo, a los que iban a ser sus enterradores. Un dato más que acababa con Francia en las apuestas del principio: no tiene equipo, juega desconchada. Es difícil imaginar hoy conjunto más armónico, más preciso y más imaginativo. Este Ribéry de la cara cortada ha irrumpido en el escenario del Mundial como un ser humano de una concentración casi alevosa y de una sonrisa -la que dedicó a Zidane al terminar- que le califica como el adolescente que acaba de dejar de ser.

Cuando los aficionados españoles silbaron La Marsellesa, pensé que esos energúmenos no sabían ni de Historia ni de fútbol. Ahora sé muy bien que no sabían de fútbol. Me gustó ver a tantos jugadores de tantas partes y de tantos colores cantar ese himno de las revoluciones y luego he visto que estaban preparados para revolucionar el fútbol y para afirmar la teoría de la relatividad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 3 de julio de 2006