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Tribuna:

Sorbona y Notre Dame

¿Por qué París sigue siendo la ciudad más visitada del mundo? ¿Por qué no Berlín, Roma o Londres que tienen tras de sí tanta historia, arte y memoria como la capital francesa? París mantiene viva una herencia de siglos, a la vez que es una presencia altiva de política y literatura, de arte y mística, de revolución y poesía. Esa suma de diferencias atrajo desde siempre a los lejanos: desde Ignacio de Loyola a Picasso, desde el norteamericano Julian Green a una generación entera de rumanos como Ionesco y Mircea Eliade, desde Madame Schwetchine y Heine en el siglo XIX a Paul Celan y Julia Kristeva en nuestros días. ¿Ha habido alguna ciudad con más movimientos espirituales, trayectorias artísticas y creación literaria desde que Montaigne, Berulle, Descartes y Pascal inician "el gran siglo francés" y se convierten en las estrellas del estilo y del pensamiento, de la matemática a la vez que de la mística?

Si tuviéramos que elegir dos grandes símbolos de esa pasión por lo imposible, que inhabita el deseo humano y lo lanza a una búsqueda incesante, elegiríamos unidas estas dos palabras: Sorbona y Notre Dame. Ambas han sido polo de atracción y de acoso entre sí, a la vez que de diálogo incesante, desde el siglo XIII en que aquí surge la universidad y el XIX en que Lacordaire inicia las Conferencias de Notre Dame (1835), hasta las concluidas el pasado 8 de abril. Una y otra han sido voces altas ante una conciencia social, política y religiosa a la búsqueda de su dignidad, en la defensa de sus experiencias históricas, tras la caza de sus utopías.

Tras siglos en distancia o rechazo de una por la otra, en nuestros días se han encontrado, hablando la fe en la Sorbona y la increencia en Notre Dame. Éste es un signo de la maduración que ha alcanzado este país y del largo trayecto que desde la separación de Iglesia y Estado (1905) han andado en común los hijos de San Luis por una ladera y los hijos de la Revolución por la otra. Se ha llegado a una convivencia intelectual en la que cada uno se convierte para el otro en el aguijón que le fuerza a desplegar, con rigor y dignidad públicos, las potencialidades de su propia oferta.

En ambas instituciones se han ido clarificando la diferencia a la vez que la convergencia entre cultura, política y religión. Sorbona, Notre Dame y la Academie Française han sido triángulo clave en la vida cultural y religiosa de este país. Por ellas han pasado tanto las intrigas como las intuiciones geniales, los grandes acosos como los grandes encuentros entre modernidad y cristianismo. Desde ellas se pensaron tanto las leyes como las liturgias, en una dura tensión entre nacionalismo y universalidad, entre un galicanismo sumiso también en religión al emperador o presidente de la República y el ultramontanismo fiel al Papa de Roma.

Símbolo de esta convergencia de ideales es Lacordaire, en la secuela de Lammenais, de Montesquieu y de Tocqueville, a quien sucede en la Academia. Él integra también lo que a la conciencia histórica aporta el movimiento romántico: Victor Hugo, Chateaubriand, Montalembert y muchos otros. Modernidad y fe, libertad y democracia son ya inseparables. Desde ellas reclama la necesidad de una Iglesia libre en un Estado libre, forzando a cada uno a aceptar la autonomía del otro a la vez que la ejercitación de la propia. Él, que quería morir como cristiano penitente y liberal impenitente, supo distinguir unas palabras de otras y las de cada persona en las diferentes fases de su vida. Con esta actitud de espíritu inauguró las Conferencias de Notre Dame, y con alzas y bajas se ha mantenido hasta hoy.

El cardenal Lustiger decidió que ellas fueran el lugar concreto de reflexión sobre experiencias comunes de la humanidad, del diálogo entre la concepción cristiana del hombre y la humanista o atea. Bajo el título general He aquí el hombre, éstos han sido los temas de este año, tratados cada vez por un cristiano y un no cristiano: Ser diferente, Devenir, Sufrir, Morir, Esperar, Vivir.

Julia Kristeva, hablando a la vez que la cristiana A. M. Pelletier, comenzaba así su intervención: "Ante ustedes tienen una mujer no creyente -psicoanalista, profesora, escritora- convencida, sin embargo, de que el genio del cristianismo ha introducido y continúa difundiendo innovaciones radicales en la experiencia religiosa de los seres

que hablan. Innovaciones, cuya potencialidad reveladora todavía no hemos acabado de medir, que incluso los mismos cristianos no se arriesgan ni a reconocer ni a hacer reconocer como la diferencia cristiana, en el choque actual entre las religiones". A partir de ahí analizaba tres palabras: compasión, sufrimiento, sublimación, viéndoselas con la cuestión eterna de la relación entre sufrimiento y aprendizaje, felicidad y dolor. En su reflexión unía los nombres de Spinoza, Nietzsche y Freud a los de Eckardt, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz y H. U. von Baltasar. Unión que resultaba normal en estos pagos, en los que Blondel, Bergson, Delacroix, Baruzi, Maritain, entre otros, han descubierto y valorado el valor metafísico de los grandes místicos hispánicos.

La abertura de la Catedral a los no creyentes, pidiéndoles su reflexión sobre los comunes problemas humanos, ha ido acompañada aquí de la abertura de la Universidad y de la Academia a los creyentes. Uno de los últimos fue Ratzinger, sucediendo en la Academia al físico ruso Sajarov, quien arriesgó su vida por no separar ética y ciencia. Al final de su discurso de recepción el 13 de enero de 1992, decía: "No le pertenece a la Iglesia ser un Estado o una parte de un Estado, sino una comunidad basada sobre convicciones. Pero le pertenece también ser responsable del todo y de no limitarse a ella sola. Con la libertad que le es propia, le es necesario dirigirse a la libertad de todos, de manera que las fuerzas morales de la historia sigan siendo las fuerzas vivas del presente y que renazca siempre nueva la evidencia de aquellos valores sin los cuales la libertad común no es posible".

Cuando en el giro del milenio la Sorbona, repensando estos dos mil años, invitó a Ratzinger a hablar, él trató de "la verdad del cristianismo". La crisis de éste es derivada de la crisis general de la verdad y de la sospecha ante su verdad específica. Nadie le niega generosidad en el orden de la misericordia, servicio a pobres, enfermos y desvalidos. Pero, ¿no se apoya en una concepción falsa, desconocedora e incluso alienadora de la realidad humana? El cristianismo, ¿es solo aceite para engrasar los rodajes o reparar las roturas de la humanidad? ¿Tiene validez sólo mientras haya pobres y no tengamos resueltos algunos enigmas de la vida futura? Tal es la respuesta y tal el puesto que le han asignado a la Iglesia Marx o Vargas Llosa: ser un momentáneo suplemento de esperanza mientras llegan las verdaderas revoluciones.

El entonces teólogo asumió el desafío mostrando cómo las afirmaciones cristianas enraízan no sólo en acontecimientos históricos lejanos, sino en necesidades, preguntas y esperanzas permanentes de toda vida personal, a la vez que en esa ruptura de nuestro horizonte que Dios instaura en Jesucristo, ofreciéndose a nuestra libertad como gracia y a nuestra acción como proyecto. La fe cristiana no es un placebo, suplemento arbitrario de consuelo a una ciencia, filosofía o política, que tendrían las claves de todo lo real; es un orden nuevo de existencia personal, al que sigue una propuesta de verdad y de vida, de esperanza y de acción. Ella revela su fecundidad cuando esa fe es cultivada en el orden propio y no utilizada como función o instrumento para conseguir otros fines.

Esto es también París. Junto a la ciudad de los artistas y bohemios, está la ciudad de los pensadores y de los santos, en la que resuenan vivos los nombres de L. Bloy, Péguy, Sertillanges, Mounier, Claudel, Mauriac, Bernanos, P. Emmanuel, de Lubac, Chenu y Congar, Sartre y Aron, Levinas y Ricoeur; la ciudad donde la razón creadora y la razón creyente se siguen encontrando en un diálogo sereno en torno a las preguntas eternas: ¿quién es el hombre?, ¿quién es Dios? El día en que el silencio cubriera a estas preguntas y respuestas, algo constitutivo de la dignidad y grandeza humanas habría muerto. Mientras unas y otras se yergan enhiestas en la conciencia de los hombres, seguirán siendo posibles la esperanza y la victoria frente a la muerte.

Olegario González de Cardedal es catedrático de la Universidad Pontificia de Salamanca.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de mayo de 2006