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"¡Por allí resopla!"

Ante la ballena todos decimos "llamadme Ismael" y nos llenamos la boca y el corazón de Nantucket, velas y arpones. Un escalofrío nos recorre al recordar el relato bíblico "Y Dios había preparado una gran ballena para que se tragara a Jonás", que ya siempre resonará con la potente voz de Orson Welles encarnando al padre Mapple desde la proa de su púlpito. Pronuncias "ballena", aunque sea bajito, y la palabra crece y crece como si la lanzara el serviola del Pequod -"¡por allí resopla!"- tratando de hacerse acreedor al doblón de oro de Ahab.

¿Dónde reside el secreto de la ballena? ¿En su tamaño? ¿En el misterio proteico de su forma confundida con las olas? ¿En su comunión con los secretos de las profundidades? Melville la relacionó con la verdad última, a la que es blasfemo dar caza, intentar abarcar y comprender. Con Dios. La hizo blanca para destacar su extrañeza y su enigma.

Como todos los grandes símbolos, la ballena es polisémica. Tiene la frialdad del pez y el calor de nuestra raza. Es temible y maternal -la gran vaca del mar, cuya leche se mezcla con la espuma- , se sumerge en lo más hondo de nuestra alma y al tiempo proyecta su chorro hacia el firmamento. Su interior es útero primordial y vientre del monstruo devorador. También escondite del tesoro -el valioso ámbar gris-. La asociamos a Moby Dick, pero asimismo a Pinocho. Está en todos nuestros sueños desde la infancia. La amamos y la tememos. Y cuando viene a nosotros, firmes en la segura orilla, corremos a contemplarla para confirmar nuestra fascinación y ver si revela la fuente inmemorial de sus prodigios.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 3 de mayo de 2006