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COLUMNA

Un recuerdo

De entre todos los recuerdos futuros hay uno que no se me ha de olvidar. Lo escribo aquí para fijarlo en la memoria. Es el recuerdo de un grupo de gente de procedencia diversa: unos eran militantes antifranquistas; otros, familiares de víctimas del terrorismo; los había de talante conservador y también militantes socialistas, algunos eran simplemente personas solidarias. El insoportable espectáculo de la indiferencia o el miedo ciudadanos les llevó a reunirse, a montar el inicio de una contestación cívica al terror. Al principio eran cuatro gatos. Bajaban a la calle un día al mes, como el que va a un servicio religioso, a dar la cara por un secuestrado, por los asesinados y por los amenazados. Ellos también acabaron estando señalados por el hecho de dar la cara por los que habían sido amenazados previamente. La convicción de su tarea les ayudó a tener valor cuando era tan difícil tenerlo. Estos valientes ciudadanos, armados con la idea de que la libertad sólo se amplía ejerciéndola, empezaron a hacerse notar en las ciudades del País Vasco. Como eran pocos y no bien vistos por mucha gente que sentía que su presencia pública revelaba el alcance del silencio en que se había acomodado la mayoría, estos cuatro gatos entablaron grandes lazos de amistad, superaron las diferencias políticas, que probablemente en un estado normal de convivencia les habrían separado, y decidieron quedarse con lo que al ser humano decente le es esencial, la defensa de la vida y la libertad. Sorprendía el sentido del humor con el que soportaban todas las sospechas que se difundieron sobre ellos, practicaban la ironía como mecanismo de defensa. Ahora que es el momento de repartir medallas (leo que algunos se han apresurado a colgárselas ya) me acuerdo de aquel grupo, los cuatro gatos, al que dejábamos atrás, volviéndonos a Madrid, con la mala conciencia de dejarlos solos, pero también con el alivio, a cada kilómetro que nos separaba de ellos, de pertenecer a un mundo menos identitario. Dicho a la manera bíblica o a la manera del Ministerio de Fomento, como se quiera: ellos pusieron la primera piedra. Se rebelaron ante el silencio y la indiferencia. Todo es criticable, pero no aquello. Sabemos que hay actos cívicos cuyo fatal destino es quedarse sin homenaje; hagamos al menos que este recuerdo no se nos pierda entre la maraña de los recuerdos futuros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 5 de abril de 2006