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Reportaje:LECTURA

Antonio Machado, enamorado de 'Guiomar'

El escritor Ian Gibson publica una exhaustiva biografía del poeta sevillano

Ocurre el milagro a principios de junio de 1928, cuando la poetisa madrileña Pilar de Valderrama, de 39 años, llega a Segovia con una tarjeta de presentación para Machado, facilitada por la hermana del actor Ricardo Calvo, María, muy amiga suya y profesora particular de sus hijos.

Valderrama es ferviente admiradora de la poesía de Machado. "Le leía con tanta frecuencia", recuerda en su autobiografía Sí, soy Guiomar (1981), "que yo que nunca tuve en la memoria ni los versos míos, me sabía los suyos de tanto repetirlos en silencio". En el mismo lugar dice que unos meses antes de conocer al poeta le había mandado un ejemplar de su nuevo libro de versos, Huerto cerrado, publicado en Madrid por Caro Raggio -cuñado de Pío y Ricardo Baroja-, sin recibir contestación.

Ian Gibson 'Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado'. Editorial Aguilar. El autor examina con todo detalle la vida del poeta sevillano, uno de los máximos exponentes de la llamada 'generación del 98'. El escritor y periodista hispano-irlandés ha publicado biografías de Dalí, García Lorca, José Calvo Sotelo y Cela, entre otros. El texto que se publica corresponde a la relación amorosa que Machado mantuvo en los últimos años de su vida con Pilar Valderrama, la Guiomar de sus versos.

Pilar dijo al poeta desde el primer momento que por fidelidad a sus creencias, a sus hijos y a sí misma "no podía ofrecerle más que una amistad sincera, un afecto limpio, espiritual"

El poemario, editado según ella a comienzos de 1928, con considerable éxito de crítica, no lleva colofón, pero parece seguro que para mediados de año estaba en la calle. Por otro lado, Machado debió de tener noticias ya de Valderrama por amigos comunes, empezando por los Calvo, e incluso de sentir curiosidad por conocerla. El encuentro tiene lugar en el vestíbulo del hotel Comercio. Valderrama es hermosa, a juzgar por la fotografía del frontispicio de Huerto cerrado, con abundante pelo negro y grandes ojos oscuros (ilustración 36). Nada más verla, el poeta se enamora.

Pilar de Valderrama Alday Martínez y de la Pedrera, para darle su nombre completo, nació en Madrid -al parecer, el 27 de septiembre de 1889-, hija de Francisco de Valderrama Martínez, natural de Santurce (Bilbao), y Ernestina Alday de la Pedrera, de Santander. Según cuenta en Sí, soy Guiomar, su padre fue abogado brillante, diputado por el Partido Liberal antes de los 25 años, y gobernador de Oviedo, Alicante y Zarazoga. En la capital aragonesa, a los cuarenta días de nacer, la niña -de ahí su nombre- fue presentada a la Virgen del Pilar. Poco después, cuando empezó a resentirse la salud del padre, que sufría "trastornos nerviosos", la familia se trasladó a Montilla, en Córdoba, donde los abuelos tenían propiedades. Allí murió Francisco de Valderrrama, a los 39 años.

Pilar lo adoraba y su pérdida la marcó con un sello de tristeza indeleble.

Cuatro años después la familia regresó a Madrid para que se pudiera atender a la educación de los hijos, pero volvían a veces en verano a Montilla. En la capital, Pilar recibió la formación otorgada entonces a las muchachas de su clase social, y, entre los 8 y los 14 años, estudió como interna en el Sagrado Corazón de Chamartín, donde echó mucho de menos a su madre, adquirió un buen conocimiento del francés y, según recordará en un poema, era considerada algo extraña por sus compañeras:

"Cuando yo era niña -niña ya crecida- / me llamaban rara, / porque con las otras niñas, mis amigas, / apenas jugaba...".

Cuando la madre vuelve a casarse es otro desgarro para Pilar. Y su infelicidad se exacerba al surgir tensiones con el padrastro y los hermanastros. Tiene la ventaja de poseer un físico agradable y una gracia de palabra. Pasan los años. Sus hermanos Fernando y Francisco, mayores que ella, entran, respectivamente, en la Escuela de Ingenieros Industriales y en la Facultad de Derecho. Cuando Pilar conoce al palentino Rafael Martínez Romarate, amigo acomodado de Fernando, es un flechazo. Se casan enseguida. Es junio de 1908. Ella tiene 20 años; él, 22. Son jóvenes, ricos, de gustos refinados. Todo parece sonreírles.

Valderrama cuenta en sus memorias que vivieron primero en el barrio de Argüelles, en un lujoso piso de la calle del Marqués de Urquijo, esquina al paseo del Pintor Rosales, cuyo dueño era el general Valeriano Weyler. El padrón municipal de 1915 los censa, en efecto, en el número 41 de dicha calle, 1º A derecha (hoy es el número 47, y en la fachada se ha colocado una placa municipal en recuerdo de Weyler). Martínez Romarate consta en dicho padrón como "ingeniero". En aquel piso espacioso, con diez balcones, irán naciendo los hijos de la pareja: uno que muere pronto, luego Alicia (1912), María Luz (1913) y Rafael (1915). Según Valderrama, su marido no resultó cariñoso con ella y sus hijos. A éstos no los acariciaba ni besaba nunca. Había algo que desde el principio no funcionaba.

Chalé en Rosales

En 1922 la familia se instala en el magnífico chalé -entonces se decía hotel- levantado por Martínez Romarate (según su propio proyecto y con el dinero de Pilar) sobre un cercano solar de Rosales, número 44 (después, 56). El paseo tiene a su inicio el Cuartel de la Montaña y al final la Cárcel Modelo, ambos desaparecidos hoy. Enfrente está el magnífico Parque del Oeste. Integran el chalé un semisótano, dos plantas, "una gran terraza con vistas a la sierra de Guadarrama que se erguía al fondo", una espaciosa biblioteca y, detrás, un jardín con árboles donde Pilar cuida sus plantas. La pareja tiene una vida social intensa. Al marido le gusta el teatro, con afición especial a la escenografía y la decoración. Pilar escribe poemas, según ella "a escondidas como si cometiera un delito", aunque Las piedras de Horeb llevaba ilustraciones de su marido, lo cual parece demostrar su aprobación. Para finales de la década de los veinte pertenece al Lyceum Club Femenino -donde conoce a Zenobia Camprubí, esposa de Juan Ramón Jiménez, y a María de Maeztu- y al Cineclub, regido por Ernesto Giménez Caballero (con la colaboración, desde París, de Luis Buñuel). Pasan los veranos en San Rafael o en la finca solariega de la familia de Martínez Romarate, situada a unos veinte kilómetros de Palencia. A veces hacen una escapada al extranjero: Francia, Suiza, Italia.

En Sí, soy Guiomar, Valderrama evoca su primer encuentro con Machado. Refiere que unos meses antes su marido le había confesado, demudado, que acababa de suicidarse -se había tirado de una ventana de la calle de Alcalá- una joven con la cual, a espaldas suyas, mantenía relaciones desde hacía dos años. Valderrama no aduce la fecha del lúgubre suceso, pero fue el 17 de marzo de 1928. La desafortunada muchacha, según los periódicos, se llamaba Felisa Ernestina Castro Pérez, tenía 25 años y estaba domiciliada en la calle de Corredera Baja de San Pedro (donde unos años atrás habían vivido los Machado). Pilar conocía de sobra el cáracter donjuanesco de su marido, pero esto era diferente. Se trataba de un "hecho trágico que me impresionó dolorosamente, marcando un cambio en mi vida íntima, alterando su rumbo como si se partiera en dos etapas: el antes y el después". ¿Qué hacer? Su primer impulso fue huir de casa, alejarse de una persona que ya le era insoportable. Por fin dijo a su madre, ignorante de lo ocurrido, que estaba mal de los nervios y se marchó a Segovia -con la tarjeta de presentación para Machado- "en busca de sosiego". Y, sin duda, para meditar sobre lo que iba a hacer.

Allí, según sigue relatando Valderrama, llovía y hacía un frío intenso. A los pocos días, por lo visto sin tratar de ver al poeta, volvió a Madrid, donde se encontró con que su marido se había ido a Francia. Pero no tardó mucho en regresar y, a finales de mayo, Pilar huyó otra vez a Segovia. Ahora hacía mejor tiempo. Después de algunos días mandó a Machado, a través de un botones, su tarjeta, y aquella misma noche -fue el 2 de junio- el poeta se presentó en el hotel Comercio. Y sigue la musa:

"No puedo expresar la emoción que tuve al encontrarme con él y estrechar su mano. Era el poeta tan admirado el que estaba ante mí, con su desaliño, sí, pero con un rostro bondadosísimo, una frente ancha y luminosa, una cabeza, en fin, admirable sobre un cuerpo alto, desgarbado y poco atractivo. Al verme, no supe qué pasó por él, pero advertí que se quedó como embelesado, pues no cesaba de mirarme y apenas habló para decirme cuánto sentía estar tan ocupado con los exámenes, que no podía acompañarme ni atenderme como sería su deseo. Añadió que dos días después terminaba su actuación en el tribunal y tenía que irse ineludiblemente a Madrid, lo que lamentaba, pues le agradaría verme y serme útil".

Valderrama le invita a cenar con ella en el hotel a la noche siguiente. El poeta acepta gustoso. Apenas come. Apenas habla. No hace más que mirarla. "Después de la cena", sigue contando la escritora, "como hacía una magnífica noche de fines de junio, estrellada y tibia, no recuerdo si él o yo, propusimos un paseo hasta el Alcázar". Durante el mismo explica al poeta que está atravesando por momentos amargos, sin contarle "exactamente los motivos".

El paisaje castellano

Machado nunca olvidará aquel paseo, y la belleza del paisaje castellano visto bajo la luna desde la explanada del aquel palacio de hadas, a cuyo pie se juntan rumorosamente los ríos Eresma y Clamores. Fue uno de los momentos estelares de su vida.

El poeta pidió a Valderrama sus señas, y, según ella, le dijo que le mandaría enseguida un ejemplar de la recién aparecida segunda edición de sus Poesías completas. Ella le advirtió que no podía decir cuándo estaría otra vez en Madrid, por razones de su salud. Prometió ponerle unas letras en cuanto lo supiera. Y así lo hizo.

Hasta aquí la versión de la musa, que merece una lectura cautelosa. ¿Fue a Segovia con el propósito concreto de conocer al poeta? No lo dice, pero parece muy probable (para el "alivio" de su espíritu podía haber elegido otros lugares). (...)

Antonio Machado, que busca con desesperación la plenitud amorosa, no la va a poder encontrar fácilmente en una mujer muy católica para quien lo único que parece tener importancia en el amor es la fusión de almas, de corazones, y la ternura sin contacto físico. Durante el verano de 1928 los dos se ven secretamente en La Moncloa, a kilómetro y medio del chalé de Pilar, después del Parque del Oeste. Allí, cerca del "palacete" del siglo XVIII -hoy residencia oficial del presidente del Gobierno- había un jardín que pertenecía entonces, así como el edificio, al Ministerio de Instrucción Pública. Ambos habían sido cedidos por un Real Decreto de 1918, para su restauración, a la Sociedad de Amigos del Arte, y estaban abiertos al público. Desde el jardín, según escribió en 1930 su restaurador, el pintor y jardinero Xavier de Winthuysen, se divisa un paisaje maravilloso de amplísimo horizonte. De un lado, la Casa de Campo; de otro, la masa del encinar de El Pardo, y, como fondo, la sierra de Guadarrama. Las puestas de sol desde estos lugares son tan maravillosas que se las cita en las guías extranjeras. Musa y poeta se veían en la frondosa glorieta, con fuente redonda y banco de piedra alrededor, que había en medio del jardín. La llamaban "El Jardín de la Fuente", y Machado apodó el banco como "El Banco de los Enamorados". En enero de 1929 el poeta le rogó a la amada que incluyera en el nuevo libro que estaba preparando, Esencias, la poesía inspirada por aquel locus amoenus, argumentando que no había en ella nada "comprometido". Ella accedió. (...)

La Estación del Norte, testigo de las llegadas y salidas semanales del poeta, se encuentra al pie de la ladera en cuya cresta se asienta el paseo de Rosales, ladera que forma parte del Parque del Oeste. A veces, nada más regresar a Madrid, el poeta sube a pie hasta delante del chalé de la musa y, oculto entre las frondas, espera ansioso que salga al balcón. A veces tiene suerte, a veces no. Un día le manda una copla alusiva a este rito: "Hora del último sol. / La damita de mis sueños / se asoma a mi corazón".

A menudo, al volver a Segovia, el poeta imagina que desde la ventanilla puede vislumbrar a la musa allí arriba, con su traje azul, cuando el tren llega al paso de nivel situado al lado de la iglesia de San Antonio de la Florida. Cerca del paso, a unos pocos metros del pequeño cementerio donde yacen los cuarenta y tres madrileños fusilados por los franceses en la madrugada del 3 de mayo de 1808, se habían despedido una tarde. ¡Cómo olvidarlo! Pilar es ya una obsesión.

Dice Valderrama en Sí, soy Guiomar que su obra de teatro El tercer mundo, publicada en 1934, se inspiraba, "en su fondo", en la relación que tenía con el poeta. Ello es indudable, pero también en la relación, muy atormentada, que tenía en casa. Cuando el misterioso amante italiano de Marta es arrollado por un coche frente al chalé de ésta e introducido en el mismo, nos damos cuenta de que el marido -dramaturgo de éxito demasiado ocupado con su fama y con sus proyectos para hacerle caso a su mujer- se parece mucho a Rafael Martínez Romarate. El tercer mundo es un espacio imaginario ubicado entre el mundo del sueño y el de la vigilia, donde, a fuerza de voluntad, todo es posible, hasta el amor prohibido por las convenciones religiosas y sociales. "Yo ideé ese tercer mundo", escribe Valderrama en sus memorias, "¡qué distinto del que ahora llaman así!, para tener plena certeza de la conexión de nuestros pensamientos, ya que por la separación real de nuestras vidas era un consuelo sentir en esos momentos su compañía, su calor espiritual a través de la distancia que nos separaba". Machado hizo suyo el concepto, y se referirá con frecuencia al tercer mundo en su correspondencia con la amada.

Un café en Cuatro Caminos

En el otoño de 1928, cuando las hojas del Parque del Oeste se van tornando amarillas y ya empieza a hacer frío, la pareja comienza a frecuentar un café de Cuatro Caminos que, según reveló la escritora Justina Ruiz de Conde en 1961, casi seguramente informada al respecto por la propia Valderrama, se llamaba el Franco-Español y estaba situado "por la avenida Reina Victoria, en su primera bocacalle a la izquierda". La descripción es sólo un poco inexacta. Se trataba del restaurante o merendero de tal nombre que, de acuerdo con la Guía Directorio de Madrid y su provincia correspondiente a 1929, se encontraba al inicio de la calle del Doctor Federico Rubio y Galí (hoy Pablo Iglesias). El hecho de que había al lado del Franco-Español otro merendero, La Terraza, sugiere que se trataba de un lugar de esparcimiento popular.

Cuatro Caminos, entonces barrio más obrero que burgués, casi en el extrarradio de la ciudad, tenía la virtud de estar alejado de las miradas curiosas de amigos y familiares. Por ello el poeta había buscado allí un escondite para sus entrevistas con la musa. Quizá le atrajo también el nombre del establecimiento, acerca del cual caben todas las hipótesis. En sus cartas a la amada Machado lo llama "nuestro rincón", o "nuestro rincón conventual". Valderrama, por su parte, recuerda con nostalgia, en Sí, soy Guiomar, "un salón grande" donde se sentaban "en unas incómodas sillas ante una mesa de mármol, acompañados siempre de algunas parejas de empleados y obreros, bajo la atención asidua del mozo Jaime".

Pronto se establece un ritmo y un protocolo para los encuentros. A finales de los años veinte, después de una década en Segovia, Machado sólo tiene clase los tres primeros días de la semana, y vuelve a Madrid el miércoles por la noche. Luego, el domingo por la tarde, regresa a Segovia. Los dos suelen verse los viernes por la noche en su "rincón", y a veces los sábados por la mañana o por la tarde (si ella no puede acudir -a menudo hay un contratiempo inesperado- le llama allí por teléfono o deja un mensaje con el mozo). Luego, después de separarse, se escriben prolíficamente: ella a Segovia, para que el poeta tenga carta el martes o el miércoles antes de volver a Madrid; él, a través de una de las confidentes de Pilar -Hortensia Peinador, María Estremera y Marta Valdés- o de la agencia de mensajería Continental (ubicada en la carrera de San Jerónimo, 15).

Desde el primer momento, si hemos de creer a Valderrama, ella impuso las condiciones que debieron regir la relación, y le dijo al poeta que por fidelidad a sus creencias, a sus hijos y a sí misma "no podía ofrecerle más que una amistad sincera, un afecto limpio y espiritual, y que de no ser aceptado así por él, no nos volveríamos a ver". Y Machado, según ella, contestó: "Con tal de verte, lo que sea".

Valderrama reconoce que Machado, en virtud de tal pacto, padeció la tortura "de la barrera que nos separaba materialmente". Cabe deducir, sin embargo, que el poeta, ante tal planteamiento del asunto, pensaría que con el tiempo, y al irse conociendo ambos mejor, la situación podría cambiar a su favor. Entretanto su posición frente a la diosa se parecía mucho a la del trovador medieval: amor cortés, sí; sexo, no.

Toda vez que, como dice Machado en un poema no publicado en vida, Pilar le había buscado a él, no al revés, las condiciones impuestas se podían considerar harto injustas: "Tú me buscaste un día / -yo nunca a ti, Guiomar, / y yo temblé al mirarme en el tardío / curioso espejo de mi soledad...".

240 cartas en siete años

Valderrama calcula, en sus memorias, que Machado le escribió unas 240 cartas a lo largo de los siete años de su relación, de las cuales ella quemó todas menos "unas cuarenta" en vísperas de la Guerra Civil, antes de salir para Portugal, escogidas "al azar las que estaban encima, sin releerlas siquiera por la premura del tiempo". De las dirigidas por ella al poeta no parece haberse salvado ninguna. La pérdida de esta correspondencia es una tragedia. Las de Machado constituían -lo sabemos por las pocas que han sobrevivido- una especie de diario íntimo, y hoy serían un documento de inmenso valor para conocer mejor, mucho mejor, la intimidad de uno de los grandes poetas de Europa.

Para empeorar esta situación, las cartas de Machado salvadas de las llamas fueron manipuladas después por su destinataria cuando decidió darlas a conocer en parte. Se recurrió entonces a cortes e incluso a tratamientos con decolorantes para borrar pasajes considerados imprudentes o arriesgados (¡algunos de ellos han vuelto a ser legibles con el paso de los años, incluso en color rojo, como para mofarse de tales prevenciones!). Gracias a Cartas a Pilar, la magnífica edición de Giancarlo Depretis -descubridor de estas maniobras tan destructivas e hipócritas- la correspondencia existente, conservada en la Biblioteca Nacional de España, se puede leer ahora en su correcto orden cronológico (Machado casi nunca fechaba sus cartas), y con la restitución de algunos pasajes de extraordinario interés.

'Ligero de equipaje. La vida de Antonio Machado'

Editorial Aguilar. El autor examina con todo detalle la vida del poeta sevillano, uno de los máximos exponentes de la llamada 'generación del 98'. El escritor y periodista hispano-irlandés ha publicado biografías de Dalí, García Lorca, José Calvo Sotelo y Cela, entre otros. El texto que se publica corresponde a la relación amorosa que Machado mantuvo en los últimos años de su vida con Pilar Valderrama, la Guiomar de sus versos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 26 de marzo de 2006

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