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Crítica:

Rojo, un militar de cuerpo entero

Una actitud de lealtad llevó a un oficial católico como Vicente Rojo a permanecer fiel a la República tras la insurrección militar de 1936. Nombrado jefe del Estado Mayor Central del Ejército republicano durante la guerra, este general se convirtió en el principal rival de Franco hasta el final del conflicto, como relata esta biografía escrita por uno de sus nietos.

En febrero de 1938, cuando la ofensiva franquista sobre Teruel puso a la República al borde de la derrota, el doctor Negrín, jefe del Gobierno republicano, remitió una carta privada a su abatido jefe del Estado Mayor Central, general Vicente Rojo Lluch: "No vislumbro ningún valor que pueda aproximarse a usted por su pericia profesional, serenidad, clara visión -exenta de optimismos fáciles y de pesimismos más fáciles aún-".

El testimonio, que no fue el

VICENTE ROJO. RETRATO DE UN GENERAL REPUBLICANO

José Andrés Rojo

Tusquets. Madrid, 2006

464 páginas. 22 euros

único tributo de admiración cosechado por el general, se recoge en la densa semblanza escrita por uno de sus nietos, el periodista José Andrés Rojo, que ha recibido por su obra el XVIII Premio Comillas de Biografía en el año 2005. Es un galardón merecido porque el retrato cumple con creces las exigencias historiográficas de exhaustiva apoyatura documental, distancia crítica en la interpretación y carencia de encono partidista en la exposición. Y cumplir esas exigencias no era tarea fácil. Primero, porque abordar la vida de Rojo significa tratar del antagonista principal del general Francisco Franco en el campo de batalla durante la Guerra Civil, con todas las implicaciones inherentes a ese duelo. Y, segundo, porque la documentación disponible es ingente: desde las numerosas obras publicadas por Rojo hasta la oceánica literatura secundaria sobre el conflicto pasando por el crucial archivo particular del general, depositado en el Archivo Histórico Nacional.

Decía José Ortega y Gasset que una biografía debe atender a tres dimensiones de una vida: vocación, circunstancia y azar. Es una gran virtud de esta obra haber conseguido un retrato del general Rojo que articula con acierto la atención a los azares que afectaron tanto a su vocación permanente, la de ser un buen militar, como a sus circunstancias históricas, desde la orfandad inicial al drama de la contienda bélica, la amargura del exilio y el dolor del retorno a la patria como vencido.

Porque Rojo, nacido en el pe

queño pueblo valenciano de Fuente La Higuera en 1894, dos años después que Franco, fue ante todo un militar. No sólo por ser hijo huérfano de militar, sino porque, fallecida su madre cuando contaba trece años, su vida transcurrió en un internado para huérfanos de la Infantería y, posteriormente, en la Academia de Infantería de Toledo. De allí salió en 1914 como número 2 de una promoción de 390 alumnos, para prestar servicio durante casi cinco años en la guerra colonial en Marruecos, donde encontraría al gran amor de su vida, su esposa, una ferviente católica, hija y hermana de militares africanistas.

Como la aventura colonial no colmaba las inquietudes de un oficial serio, católico y estudioso, Rojo optó por seguir la "vía del conocimiento" y en 1922 se convirtió en profesor de la Academia de Infantería. Allí permanecería diez años, hasta su traslado a Madrid, durante la República, para cursar estudios de Estado Mayor. En 1936, ya comandante, fue destinado al Estado Mayor Central.

El azar y la circunstancia se combinaron en julio de 1936 para dar un vuelco total a la vida del joven militar y de su extensa familia. Iniciada la insurrección militar contra el Gobierno republicano, Rojo permaneció en su puesto sin asomo de duda. Lo hizo por respeto al principio de obediencia y disciplina, al margen de simpatías políticas o ideológicas. Esa decisión de un militar católico y demócrata, imitada por algo menos de la cuarta parte de la oficialidad, fue el factor clave que posibilitó el fracaso del golpe en la mitad de España. La resultante guerra civil alinearía a esos militares leales con unas milicias sindicales en una combinación forzada e inestable.

Rojo destacaría desde muy pronto en las filas militares republicanas por su lealtad, energía y eficacia. Por eso, en noviembre de 1936, el Gobierno le encomendó una tarea hercúlea: la Jefatura de Estado Mayor que había de defender Madrid del asalto franquista. El inesperado éxito cosechado le catapultó a la Jefatura del Estado Mayor Central en mayo de 1937, tras la formación del Gobierno presidido por Negrín. Y desde ese cargo, Rojo se convirtió en el máximo artífice de la estrategia defensiva practicada por la República durante la contienda.

Asumiendo la evidente supe

rioridad material del enemigo y las dificultades de aprovisionamiento propio, Rojo trató de conjurar la inminencia de la derrota mediante una serie de inesperadas ofensivas de distracción en frentes secundarios (Brunete, Belchite, Teruel, Ebro), siempre encaminadas a aliviar la continua presión del avance franquista en el frente principal de sus ataques. Su brillantez estratégica acabó tropezando con la cruda realidad de la inferioridad material de sus tropas, del agotamiento moral de la población civil y de la desesperanza causada por la falta de apoyo de las grandes democracias. El colapso militar, en febrero de 1939, convirtió a Rojo en uno más del medio millón de exiliados llegados a Francia desde Cataluña. No terminaría allí su amargo periplo. Tras partir de inmediato a Argentina, el general se trasladó a Bolivia en 1942 para convertirse en profesor de la Escuela de Guerra del Ejército boliviano.

Permaneció en Bolivia durante quince años, hasta que la enfermedad, un enfisema pulmonar que afectaba el corazón, y la nostalgia le inclinaron a regresar a España para morir en su patria. Franco aceptó su retorno pero insistió en que penara por sus faltas. Fue sometido a juicio militar en diciembre de 1957 y condenado a "reclusión perpetua" por delito de "auxilio a la rebelión". Indultada la condena, quedó reducido a la condición de "muerto civil", vigilado en todos sus actos sociales. Y aunque había vuelto a España para morir, todavía vivió en Madrid hasta el 15 de junio de 1966. Fue enterrado, como buen católico, en el cementerio de San Justo. Unas trescientas personas acudieron a decirle el último adiós bajo un discreto control policial.

No en vano, como recuerda su nieto, se estaba enterrando a "un militar leal a la República, católico y demócrata". Todo un símbolo y un modelo que el franquismo y su Caudillo no podían tolerar ni perdonar. Es posible que no pueda encontrarse mejor tributo que ése para su imponente y conmovedora figura histórica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de marzo de 2006

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