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Tribuna:

Del pasado al presente

Cada día resulta más difícil, en medio del fragor declarativo que recorre la vida pública catalana y española, separar el grano de la paja, discernir entre la frase efectista que caerá en el olvido mañana y la observación políticamente enjundiosa, merecedora de un análisis sosegado. Dentro de esta segunda categoría se hallan, a mi juicio, las manifestaciones que Pasqual Maragall hizo el pasado 13 de febrero ante la ejecutiva de su partido; pero seguramente la tromba cotidiana de palabras a propósito del Estatuto, de la pacificación de Euskadi, de las OPA energéticas, etcétera, ha eclipsado e impedido la exégesis de aquellos asertos.

¿Qué es lo que dijo el presidente de la Generalitat y del PSC a sus compañeros en la dirección de éste? Pues, a tenor de las reseñas periodísticas, formuló un verdadero memorial de agravios históricos del socialismo catalán, con dos hitos clave: la "traición" de la que, a su juicio, fue víctima Joan Reventós en 1977 a manos de Tarradellas y Suárez, y la que -siempre según Maragall- perpetraron en los años noventa Felipe González y Jordi Pujol contra Raimon Obiols y Narcís Serra. Por supuesto, tales antecedentes sirvieron al orador para alertar y prevenir sobre una reedición de la misma jugada, esta vez con el propio Maragall atrapado en una pinza Rodríguez Zapatero-Artur Mas.

Hoy, cuando se cumplen 50 años exactos -la próxima madrugada- del famoso informe secreto al XX Congreso del Partido Comunista soviético sobre los crímenes del estalinismo, sería tentador trazar una analogía entre aquel histórico discurso de Nikita Kruschev y el de Pasqual Maragall el pasado día 13, pero sería también muy exagerado. Con todo, salvadas las siderales distancias, hay algo que ambas intervenciones sí tienen en común, y es la reinterpretación desde arriba de la historia de un movimiento político: hasta ahora, que yo sepa, ninguna versión oficial había admitido jamás que la trayectoria del PSC se hubiese visto lastrada por las graves "traiciones" que Maragall ha denunciado. Lo que se decía era más bien lo contrario.

Que, en el verano-otoño de 1977, la operación retorno de Tarradellas se urdió de espaldas a los socialistas catalanes y contra su triunfo electoral (un 28,4%) del 15-J anterior, es algo bien documentado desde hace lustros. Uno de los artífices de aquel regreso, Manuel Ortínez, da fe en sus memorias de la perplejidad de Joan Reventós al enterarse de los preparativos, y lo describe "superado por los acontecimientos" durante la primera estancia de Tarradellas en Madrid. A reserva de lo que pueda contar el propio Reventós en los recuerdos que dejó escritos y que todavía permanecen inéditos, resulta obvio que el pacto entre Adolfo Suárez y Josep Tarradellas para priorizar la legitimidad histórica del exiliado de Saint-Martin-le-Beau sobre la legitimidad de los votos perjudicó fundamentalmente al PSC y tuvo dos beneficiarios políticos: a cortísimo plazo, la UCD de los Martín Villa, Jiménez de Parga y Carles Sentís, que se presentaron como los hacedores del retorno del viejo president; a medio plazo, Pujol y Convergència i Unió. ¿Cuál habría sido el resultado de las elecciones catalanas de marzo de 1980 si, durante los 30 meses anteriores, el socialista Reventós hubiese presidido la Generalitat provisional o, al menos, hubiera sido el conseller en cap de un Tarradellas meramente simbólico?

Siendo esto así, lo asombroso es que el PSC haya tardado 28 años en reconocerlo y verbalizarlo de modo oficial. Más aún: lo increíble es que, burlados en sus legítimas aspiraciones por la astucia de Tarradellas, los socialistas convirtieran después a éste -e incluso a su viuda- en héroe, enseña y ariete de la lucha contra Jordi Pujol. Ha tenido que ser Maragall quien, en un uso feliz de su genuina incorrección política, restableciese los fueros de la verdad.

Más difícil es describir y analizar la supuesta "traición" del PSOE de Felipe González al PSC de Raimon Obiols. Lo cierto es que, rotas desde 1984, las relaciones personales y políticas entre González y Pujol experimentaron a partir de 1991 una importante mejora. En ese contexto, la visita privada del presidente español a Barcelona el 14 y 15 de febrero de 1992 -un mes antes de las elecciones catalanas- dio lugar, durante una cena pública y un almuerzo privado, a tales muestras de cordialidad y sintonía entre ambos líderes que, ya cargadas de plomo, las expectativas presidenciales de Obiols pudieron darse por perdidas. Desde entonces y hasta 1996, Convergència i Unió devino el más firme báculo parlamentario y programático del felipismo en horas bajas, lo cual neutralizó en gran medida la labor opositora del PSC en Cataluña.

Ignoro si la conducta descrita puede tacharse o no de "traición". En todo caso, lo que relaciona esos episodios del pasado con la situación actual, con los recientes desaires de Rodríguez Zapatero a Maragall, es la constatación empírica de que para un Gobierno español del PSOE resulta preferible una Generalitat pilotada por CiU a una pilotada por el PSC. ¿Por qué? Pues porque, en tal escenario, la tensión estructural entre ambos poderes puede imputarse a diferencias ideológicas y, en caso de choque, no crea contradicciones internas, sino conflictos externos, de gestión mucho más fácil y hasta galvanizadora.

Sólo había un modo de que el presidente Maragall y el PSC gobernante fueran objeto de todos los mimos y desvelos del PSOE, y era que el 14 de marzo de 2004 hubiese ganado Rajoy. Entonces no habría Estatuto, claro, pero la Generalitat tendría para Ferraz valor de baluarte en la reconquista de La Moncloa y, por tanto, su titular sería piropeado mañana, tarde y noche. Sin embargo, ganó ZP -gracias, en buena medida, a los votos catalanes- y su Gobierno amigo se ha ido transmutando en un sordo adversario frente al cual la consigna es... resistir.

Joan B. Culla i Clarà es historiador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 24 de febrero de 2006