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Tribuna:

¿Dónde están los federalistas europeos?

El singular y contradictorio proceso de integración europea ha dado paso a un inédito sistema híbrido de no fácil definición (en su momento, Jacques Delors se refirió al entramado existente como un OPNI, un "objeto político no identificado") que, además, carece de un horizonte final preciso. Metafóricamente la UE puede ser vista como un edificio con dos grandes plantas y un pequeño apartamento central que las une: la superior compartimentada en representación de los 25 estados y la de abajo comunitarizada y donde se despliegan las políticas públicas. En medio están la Comisión, el Parlamento Europeo y el Tribunal de Justicia, y tienen una función mediadora significativa.

El problema del estancamiento político radica en la planta superior, pues los Estados se resisten con eficacia a ceder parcelas de poder que afecten al núcleo duro de la soberanía nacional, pero lo más interesante ocurre en la planta baja, pues tiene vida propia y tiende a crecer. Esta contradicción será cada vez más difícil de sostener a largo plazo: una creciente comunitarización de políticas en los más diversos ámbitos sin un genuino gobierno europeo que las dirija resultará a la postre disfuncional y paralizadora.

La UE ya tiene potencialmente elementos paraestatales, aunque le falten factores que tal vez nunca alcance. Al final, la cuestión nominal es secundaria pues una UE supranacional integral, esto es, que culminara la comunitarización de las políticas europeas y liquidara el sistema de los actuales tres pilares, sería materialmente federal aunque no se llamase así. Una UE de hecho federal podría significar en la práctica el famoso "superestado" europeo (es decir, los Estados Unidos de Europa, EUE), un escenario siempre rechazado no ya por los que tienen una visión economicista y estatalista (pues en esto son congruentes), sino también por los favorables a la supranacionalidad política, que afirman no desear tal desenlace y esto sí que resulta contradictorio.

Es cierto que la gran complicación es que, hoy por hoy, la UE no puede imponerse a los Estados pues son éstos los protagonistas que la hacen posible, pero seguir avanzando a trancas y barrancas sin horizonte final provoca desinterés cívico. Mientras los federalistas europeos, para no suscitar rechazo, se conformen con sostener su discurso metafórico sobre la gobernanza multinivel en red, no habrá forma de interesar a la opinión pública en un proyecto político para la UE. Admito que proponer a las claras el federalismo tiene riesgos, pues élites y ciudadanos están, de entrada, mayoritariamente en contra de este proyecto, pero también puede tener ventajas a largo plazo, pues la claridad permitiría trasladar el debate de reducidos círculos intelectuales a los actores políticos y, de rebote, a los ciudadanos. Creo que por una parte los federalistas europeos siguen siendo demasiado funcionalistas (un método que ha servido para avanzar, pero que hoy empieza a ser insuficiente), y por otra, son ambiguos, lo que no beneficia a su proyecto. Es cierto que una defensa explícita del federalismo para la UE de entrada suscitará aislamiento, pero ocultar tal perspectiva con eufemismos no ayuda en absoluto a clarificar perspectivas estratégicas y no permite impulsar un proyecto que podría interesar bien explicado.

En suma, como dijo hace tiempo el politólogo Gianfranco Pasquino -y no es una pregunta retórica-, ¿dónde están los federalistas europeos?, ¿dónde los Hamilton, Jay o Madison? Incluso, ¿dónde, hoy, los Monnet o Spinelli? Si federalistas como Joschka Fischer niegan que su meta sea el "superestado" europeo, está claro que tal perspectiva no tiene hoy lamenor posibilidad. Mientras el proceso de integración esté dominado por políticos pragmáticos y realistas, querrá decir que los intereses estatales son insuperables.

Si no hay impulso político federalizante -y de momento, tras el fracaso del tratado constitucional, aún menos-, habrá que crearlo. Es evidente que la perspectiva federal no es hoy más que una hipótesis teórica, pero si nadie la defiende explícitamente para no ser impopular y no incomodar a los gobiernos estatales, no habrá modo de avanzar. Los federalistas europeos no deberían avergonzarse de su proyecto de fondo y se trataría de explicarlo y defenderlo precisando que, evidentemente, sólo sería posible con muy alto consenso, máximo pluralismo, plenas garantías de los derechos, muchos niveles equilibradores de gobierno y así sucesivamente.

Una eventual UE federal resolvería radicalmente sobre el papel muchos problemas relacionados con la soberanía, la legitimación democrática, la división de poderes comunitaria, el reparto de competencias entre sus actores, la fiscalidad y la aspiración a un modelo de bienestar común, pero reconozco que éste es un esquema teórico. En definitiva, es muy posible que nunca surjan los EUE y que la UE sea siempre una entidad posestatal de nuevo tipo, pero su supranacionalidad política -defendida en teoría por algunos dirigentes europeos- deberá ser algo más que virtual para tener entidad creíble y ése sería el sentido último de una genuina Constitución europea. Si la UE aspira a "una unión cada vez más estrecha entre los pueblos de Europa", el desenlace político más funcional y congruente debería ser precisamente el federalismo, un escenario que no debería asustar a nadie.

Cesáreo Aguilera es catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Barcelona.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 25 de enero de 2006