Rajoy

Cada vez que surge un militar a salvar a España, lo cual ocurre ya muy a menudo, el desencanto producido en el votante que aupó al PSOE al Gobierno se pone por debajo de cero. Y sin embargo, Mariano Rajoy ha estado sacudiendo el cocotero, agitando el tarro de las nostalgias y realizando conjuros que invocaban, básicamente, a especímenes extinguidos no tanto por su obsolescencia orgánica como por su incompatibilidad con la democracia. El líder del PP trata hoy de reconducir en Valencia ese caballo desbocado que ya lo cabalga a él y sobre cuyo impacto en el paisaje ya posee impresiones demoscópicas que anotan la regeneración del desgaste del PSOE y, asimismo, el cansancio del electorado ante el modelo truculento del PP. Tratando de anticipar unas elecciones a base de irritar la fósil susceptibilidad ibérica hacia Cataluña, el partido se le ha escorado demasiado hacia la derecha como para que resulte atractivo para el grueso del centro sociológico. La negociación del estatuto catalán era su última farmacia de guardia para tratar de evitar que el edificio del PP, con las tramas rotas en el terremoto del 14 de marzo de 2004, se derrumbara. Ya se lo advirtieron tras el descalabro electoral, todavía en el poder, aquellos que desde los papeles y las ondas le han estado marcando ese itinerario de fuego: la reforma del estatuto catalán será la última oportunidad. Rajoy se puso en contra del estatuto incluso antes de que se redactara el texto de su reforma, si bien es cierto que ERC y Pasqual Maragall a menudo le han echado un cable. Sin embargo, su desesperado argumentario ha terminado confundiéndose con el de aquel grupo de españoles que vinieron a salvar España en julio del 36. Incluso ha permitido que su partido elevara la temperatura política por encima de lo que quizá lo estuvo en vísperas de aquel alzamiento, aunque ahora la economía ya no puede desencadenar una tragedia sino una zarzuela. Con un baño de masas en una Valencia que ya huele a Covadonga, Rajoy disimula hoy el clímax nervioso de esa opereta en la que se tambalea entre quienes ya han visto el rumbo de colisión y los que quieren que siga, como Napoleón y Hitler, hacía el invierno ruso. Porque el bicho ya mora dentro.
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