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Tribuna:

Una hazaña única

David Meca ha realizado una hazaña única, sin parangón en la historia del deporte de gran fondo. Nada menos que 26 horas (¡110 kilómetros!) nadando sin descanso en mar abierto. Y a una velocidad media realmente respetable, de más de 4 kilómetros por hora. El gasto energético de tan tremendo esfuerzo, posiblemente de más de 50.000 calorías (o kilocalorías), es hasta seis veces más alto que el de un ciclista en el día más duro del Tour de Francia. Y hasta 20 veces mayor que el de un varón joven en un día cualquiera.

Su hazaña es aún más grande si uno piensa en el estrés térmico que debió soportar, a pesar del traje de neopreno (material aislante) que utilizó, especialmente diseñado para la ocasión. Si hay un entorno que produce estrés en el organismo humano en forma de frío, ese es el agua de mar. Y es que la capacidad que tiene el agua para disipar el calor que produce el cuerpo humano, o más concretamente sus músculos, durante el ejercicio es mucho mayor que la del aire. Así, por mucho que la tasa de producción de calor del cuerpo de David Meca fuese hasta 15 veces mayor durante su travesía por el Mediterráneo que en circunstancias de reposo, era incapaz de conservar su temperatura normal (37ºC) a medida que se aproximaba a la costa ibicenca. Todo el calor producido por los músculos se escapaba a las aguas del Mediterráneo.

Cuando la temperatura corporal baja por debajo de 35ºC, el ser humano sufre lo que se conoce como hipotermia. La confusión, la pérdida de orientación y coordinación, y el progresivo agotamiento muscular se van adueñando del cuerpo. Qué mejor ejemplo que el hundimiento del Titanic en su viaje inaugural entre América y Gran Bretaña, en una noche de primavera del año 1912. Muchas personas murieron ahogadas en las aguas del frío Atlántico víctimas de la hipotermia, a pesar de que el transantlántico Carpathia tardase menos de 2 horas en llegar a rescatar a los pasajeros.

En los nadadores de aguas abiertas, la hipotermia altera considerablemente su rendimiento: aumenta la viscosidad del tejido muscular, por lo que cuesta más trabajo contraer los músculos. La sangre fluye con más dificultad dentro de los vasos sanguíneos, limitando la oxigenación muscular. Y para colmo, el impulso nervioso, que es la orden que viaja desde el sistema nervioso a los músculos para que éstos se contraigan, se enlentece. Así, los últimos kilómetros se le hicieron eternos a David Meca. La hipotermia había congelado su elegante brazada.

Alejandro Lucía es catedrático de la Universidad Europea de Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de enero de 2006