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Editorial:

Matanzas sectarias

Con al menos 130 muertos, Irak vivió ayer su jornada más sangrienta en cuatro meses y tras unas elecciones que no han servido, al menos aún, para apaciguar el país. La realidad sobre el terreno se empeña en desmentir el optimismo público de Bush sobre los progresos en la seguridad en Irak. Mientras el presidente de EE UU insistía el miércoles en la tendencia a reducir la presencia militar en Irak, un devastador ataque se cobraba la vida de 36 personas en un funeral chií en Miqdadiya, al norte de Bagdad. Los ataques de terroristas suicidas fueron ayer aún más mortíferos. Uno, en Kerbala, mató a decenas de chiíes cerca del mausoleo de su venerado imán Hussein, y otro a 67 jóvenes en un centro de reclutamiento de la policía iraquí en Ramadi, además de otros ataques en diversos lugares que se cobraron la vida de siete soldados americanos.

Sean obra de insurgentes suníes iraquíes o de terroristas extranjeros de Al Qaeda, estos atentados parecen perseguir tres fines principales: empujar al país hacia una guerra civil, disuadir a los iraquíes de colaborar en las nuevas fuerzas de seguridad, y sabotear la producción de petróleo, como ayer en un oleoducto en Kirkuk. Hasta ahora, la respuesta de los chiíes, y en particular de su líder, el gran ayatolá Al Sistani, ha sido comedida. No han caído en la trampa de la espiral de violencia. Pero entre los suníes, que participaron en las elecciones del 15 de diciembre en mayor número que en anteriores comicios, el flujo de suicidas -algunos, llegados de Europa- no parece tener fin.

En estas condiciones, la Administración de Bush tendrá dificultades para reducir sus tropas más allá de la retirada de los 30.000 soldados de refuerzo enviados para las elecciones. Bush parece realmente no saber qué hacer. Ayer mantuvo una reunión que debió haber celebrado antes de decidir la invasión de Irak: se entrevistó con los secretarios de Estado y de Defensa de anteriores administraciones; algunos, muy críticos con esta guerra.

A la vez, poco a poco, los aliados de EE UU en esta guerra van abandonando Irak. Tras españoles y holandeses, en diciembre se marcharon búlgaros y ucranios. Italia ha empezado a retirarse y Polonia ha anunciado una reducción de sus efectivos y de su zona de responsabilidad, mientras Corea del Sur retirará un millar de los suyos, y el resto, antes de finales de este año. De 50.000 soldados internacionales en 2003, sólo quedan hoy 20.000. No es que cambie mucho la ecuación militar, pero sí la política. Estados Unidos se está quedando cada vez más solo en un Irak al que la violencia sectaria sitúa permanentemente al borde de la guerra civil.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de enero de 2006