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Columna
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La paz de los babuinos

Lluís Bassets

Los demócratas de las numerosas autocracias que hay todavía en el mundo se darían con un canto en los dientes si consiguieran derrocar al tirano y celebrar elecciones. En casi todo el mundo árabe, sin ir más lejos. Estados Unidos ha conseguido en Irak que se produjeran ambas cosas: el tirano está sentado en el banquillo y la población iraquí acaba de acudir a las urnas el 15 de diciembre por tercera vez en un año (dos para las elecciones generales y otra más para aprobar la Constitución). A la vista de la alta participación, no hay muchas dudas de que la población iraquí tenía ganas de voto, después de una larga historia de ayuno completo.

Es evidente para los kurdos, que no han hecho más que obtener buenos resultados desde la invasión norteamericana. Uno de sus líderes, Yalal Talabani, es el presidente de Irak. Son imprescindibles en cualquier combinación política. Y han reforzado el poder sobre el territorio norteño donde se asienta el grueso de su población. Prácticamente se ha alcanzado el objetivo político que planteaban sus principales partidos, obtener algún día un Estado kurdo independiente o en su defecto contar como ciudadanos de primera categoría, con pleno reconocimiento de sus diferencias y de su autogobierno, en un Irak federal.

Para los partidos chiíes confesionales, el proceso es también positivo. Siempre habían sido considerados como una minoría en Irak y en todos los Estados árabes, y ahora serán el grupo mayoritario del nuevo parlamento, después de contar con mayoría absoluta en el anterior que elaboró la Constitución. Si Irak sigue existiendo, será un país árabe de hegemonía chií, el primero en la historia. Kurdos y chiíes han sido decisivos en la elaboración de la Constitución y en el modelado del nuevo Irak federal, dividido por fronteras étnico-religiosas, y lo seguirán siendo en cuanto empiece a dar sus primeros pasos. El reto actual estriba en la incorporación de los perdedores del proceso electoral y político iraquí, y éstos son los grupos laicos de todo bordo y sobre todo los árabes suníes, que han sido hegemónicos en toda la historia de Irak, incluyendo la dictadura, y se encuentran ahora en situación marginal, en la vida política y militar, y no quieren quedarse también marginados de los futuros beneficios del petróleo.

Si hubiera que evaluar la decisión de invadir Irak meramente por estos resultados, Bush no obtendría una mala nota. Lo más positivo es que los iraquíes, a pesar de la guerra civil larvada que se cobra cada día decenas de muertes, han empezado a tomar el camino de la política. Pero lo han hecho en un terreno de juego muy escabroso: el Estado en construcción está organizándose con criterios étnico-religiosos. La corrupción ha llegado casi antes que cualquier tipo de Administración. Todo se recupera muy lentamente, empezando por la economía. Y desde Washington se nota que hay prisas para una iraquización, que permitiría traspasar la seguridad en tierra al nuevo Ejército iraquí y sustituir el trabajo de los soldados norteamericanos por vigilancia y bombardeos aéreos.

Después de tanta sangre y tanto sufrimiento, se abre un portillo de esperanza que se llama política, a pesar de que en Irak tenga ahora un componente comunitario muy fuerte. Para entender todo ello podrían servir las teorías de un neuroendocrinólogo, Robert Sapolsky, de notoriedad mundial por sus estudios sobre los babuinos de las sabanas del Serengueti, al que ha acudido la revista Foreign Affairs (A Natural History of Peace, enero-febrero de 2006) para aclarar nuestras ideas sobre la guerra y la paz. La especie humana tiene más en común con los primates violentos que con los pacíficos, pero no es la única que organiza la violencia colectivamente. No somos únicos en hacer la guerra, pero tampoco lo somos en la reconciliación y la cooperación. La cultura tiene un papel en estos comportamientos: Sapolsky narra un experimento en el que se demuestra que milenios de diferencias genéticas entre dos especies de primates y una vida entera con un rol social importante pueden revertirse completamente en una hora de convivencia entre hembras de estas dos especies distintas de babuinos. Una consecuencia es que el combate no es, para el científico, el único camino de selección en la evolución de las especies.

Sapolsky corrige así el darwinismo, pero lanza, sobre todo, un dardo envenenado a ciertos partidarios del darwinismo social que son los mismos, curiosamente, que quieren abolir la enseñanza de la evolución de las especies: "Raramente los machos dominantes son particularmente agresivos, y cuando utilizan la violencia es que están empezando a perder su posición de dominio. En realidad, mantener la posición dominante requiere inteligencia social y control de los impulsos, la habilidad de formar coaliciones prudentes, mostrar tolerancia hacia los subordinados e ignorar la mayoría de las provocaciones".

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Sobre la firma

Lluís Bassets
Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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