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COLUMNA

Cine

El Sevilla Festival de Cine ha estado muy concurrido, sobre todo de jóvenes. No cabe duda de que la cultura visual les interesa, y por eso es importante que sea de calidad. Igual se podría decir de la literatura a pesar de que exige un esfuerzo más: leer; pues parece que se editan cada vez más libros y, como no creo que los menos jóvenes encontremos más tiempo para la lectura, deben ser ellos y los niños quienes los disfruten. Me pregunto qué lugar tendrá la ciencia entre sus preferencias culturales, entendiendo la palabra cultura como el modo de ayudar, defenderse y conocer la vida, la mejor manera de vivirla, aprovecharla y encontrar algo de felicidad en ella.

En la ceremonia de clausura del Sevilla Festival de Cine destacó Miguel Bosé, que recibió mucha atención del público, y fue excelente la película que se proyectó: Gabrielle, la última que había dirigido Patrice Chéreau, el cineasta homenajeado en el festival. Está basada en la novela El retorno, de Conrad, con una versión muy libre que capta perfectamente la densidad y el drama del escritor, a lo que también contribuye la elección de la maravillosa actriz Isabelle Huppert. Con el ritmo un poco lento del cine francés mantiene la atención con embobamiento y da la sensación de que no falta ni sobra nada, como ocurre con todas las grandes obras.

Entre la documentación que había a disposición de los espectadores, me interesó una transcripción de entrevistas en las que, entre otras cosas, se perciben los diferentes modos de prepararse los actores antes de su trabajo. Así, por ejemplo, en El tiempo que queda de François Ozon, Melvil Poupaud fue al gimnasio durante los tres meses previos al rodaje; y después, obligado a un régimen severo y obsesionado por la comida, se sintió extraño entre quienes le rodeaban, aislamiento que le sirvió para acercarse al personaje. Janne Moreau en cambio, que no se prepara para sentirse libre y limpia, afirma que al comenzar la actuación se divide en dos personas: una controlando la distancia de la cámara y otra dejándose llevar por el fuego del "maravilloso" miedo escénico; una le dice hasta dónde puede llegar y otra le pregunta si el fuego es suficiente, hasta que de repente estalla todo en llamas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 22 de noviembre de 2005