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Reportaje:EL REGRESO DEL POETA TOTAL

Juan Ramón, de sombra presente

Premio Nobel de Literatura en 1956, Juan Ramón Jiménez fue el maestro indiscutible de la lírica española del siglo XX. Cultivó el modernismo, se adelantó a la vanguardia y renovó la poesía metafísica sin ceñirse a ningún corsé estético. Abandonó España al comienzo de la Guerra Civil y murió en el exilio. Hasta sus últimos días corrigió y reordenó una inagotable obra en verso y prosa que, en parte, acaba de ser reunida en dos volúmenes de casi seis mil páginas.

El día que Juan Ramón Jiménez ideó para sí su conocido anagrama JRJ, acaso siguiendo en eso a Rilke, que ya firmaba entonces como RMR, escribió a continuación: "El cansado de su nombre". Por esa fecha, 1926, el poeta tiene 45 años, y se diría que empieza a barruntar lo que se le viene encima, el calvario de equívocos, mentiras, calumnias, mistificaciones y porquerías con que tratarían de ensuciárselo. ¿Quiénes? No ha habido en todo el siglo XX un poeta que haya concitado tanto entusiasmo y tanta irrisión, tanta veneración y tamañas objeciones. A nadie se le ha aplicado con mayor escrúpulo el "sí, pero no", a ninguno se le han cortado más finamente los pelos en tres. A veces esos sentimientos tan encontrados nacían de una misma persona, y al mismo tiempo. De ningún poeta como de él se han dicho tantos disparates, a favor o en contra, con nadie han podido las lenguas permanecer menos quietas; no sé, es como si en Juan Ramón Jiménez hubiera algo ante lo que era imposible permanecer indiferente. ¿Qué? Sin duda su superioridad, la abundancia de estro, la aristocrática mirada sobre el mundo. Eran cosas que podían reconocerse de lejos. También su manera de entender la vida y la poesía, esa especie de sacerdocio que le llevó a sacrificar la primera en el altar de la segunda, y, claro, todo lo que ello comportaba en alguien tan especial como él: su modo de vivir, de vestirse, de relacionarse con los demás y de no relacionarse con los demás, su retraimiento, la pulcritud de sus camisas, de las uñas de sus manos, de sus dientes y de sus tipografías; hasta su manera de entender la intimidad estuvo expuesta a la maledicencia.

No ha habido en el siglo XX un poeta que haya concitado tanto entusiasmo y tanta irrisión, tanta veneración y tamañas objeciones

Algunos, por no dejarle tranquilo, se creyeron con derecho a juzgar su relación con su mujer, que consideraron un crimen, y los más audaces incluso vertieron insidias un tanto cómicas sobre sus preferencias sexuales. Por ejemplo, Cernuda. En el ensayo que le dedica nos dice de quien en cierto modo fue maestro de juventud: "Claro que a quien ha podido esconder en su casa a la poesía, o cree haberla escondido, ¿qué le importa la vida? (...) Cuando al fin una mujer de carne y hueso aparece en su vida, pronto escribe en el Diario de un poeta reciencasado, a los pocos días de su boda, estos versos reveladores, 'Qué trabajo me cuesta / llegar, contigo, a mí', como si la relación amorosa fuera un obstáculo al acostumbrado estar consigo del poeta. En amor, como en todo, Jiménez tuvo bastante consigo mismo". En este caso la poquitería crítica sólo parece superada por la boba inquina de quien seguramente también sabía lo suyo, como todo el mundo, de ese bastarse a solas. Sí, había algo en la vida y en la obra de Juan Ramón Jiménez que les resultaba irritante y les ponía nerviosos. A los del 27, de modo manifiesto y pertinaz. Mucho antes de pasar a ocuparse de su poesía, ya se habían despachado a gusto con su persona y sus manías. El juego que no habrán dado las manías de Juan Ramón, su ortografía, sus hiperestesias, sus fobias y bretes. "Señorito de casino de pueblo" hemos oído llamarle, a él, que nunca lo fue, por quien no pudo dejar de serlo en toda su vida, eso sí, con mala conciencia. Aun reconociendo que los padres de la poesía moderna española eran Unamuno, Machado y Juan Ramón, los del veintisiete (y herederos) dejaron en paz, más o menos, con harto desdén a veces, a los dos primeros. Unamuno resultaba muy poco artista para que unos gongorinos como ellos lo tomaran en serio y a Antonio Machado, del que desde luego no podían afirmar que tuviera mal oído, lo consideraban un poeta de otro siglo, trasnochado y polvoriento. Sólo en Juan Ramón descubrieron la voluntad de poder, la voluntad de lo consciente moderno, sólo en él hallaron, además, al mentor ideal que un hijo busca en un padre: los recibió en su casa, les dio té con pastas, les corrigió los libros, a algunos se los editó (y otros se los copiaron), se los elogió en público y en privado, de viva voz y por escrito en páginas a menudo inolvidables por su agudeza y salero. La deuda no siempre se la saldaron de modo honorable y como a padre lo asesinaron. Ramón Gaya, acaso el único del grupo que permaneció a su lado de una manera inequívoca, dijo explicando las puñaladas: "No se le puede deber tanto a nadie".

La deuda de JRJ, la declaró siempre: a Rubén Darío, a algunos pocos amigos verdaderos, viejos y jóvenes, Giner de los Ríos, Jiménez Fraud, Unamuno y Machado... Les dedicó un libro deslumbrante: Españoles de tres mundos. Y, claro, a su mujer, Zenobia, y a su madre... "Impertinente, Exigentito, Juanito el Preguntón, el Caprichoso, el Inventor, Antojado, Cansadito, Tentón, Loco, Fastidiosito, Mareón, Majaderito, Pesadito... y Príncipe", nos dice Juan Ramón que le llamaba su madre de niño cuando quería regañarlo, "nombres exactos como todas las palabras de ella, gráfica maravillosa". Ciertamente cuando Juan Ramón lo recuerda en su edad adulta es porque está bastante de acuerdo. La adoraba. Escribió, desmintiendo una supuesta afectación (otro de los sambenitos que le han echado encima, con el de la cursilería) aquello de: "Quien escribe como se habla, irá más lejos en lo porvenir que quien escribe como se escribe". Pocas prosas encontraremos más originales que la suya, y menos afectadas, pese a su rareza. Bien, él dijo que se la debía a su madre. La recordó muchas veces, a propósito de todo, mientras que de su padre habló poco, aunque nunca mal. Lo tuvo a él, cuarto de sus hijos, tercero de su segundo matrimonio, cuando tenía 53 años, en 1881. Un padre-abuelo.

Juan Ramón nació en el seno

de una familia acomodada. Su padre y sus tíos, que formaban la marca Jiménez y Cía, se dedicaban a negocios de vinos, moscateles y coñacs, tenían fincas, casas, bodegas, pósitos y eran consignatarios de buques mercantes...

En todo caso, los años de señorito, si lo fue, le duraron poco. Después de que dejara unos estudios de Bellas Artes y otros de Derecho, empezados en Sevilla, la ruina y la muerte se llevaron a su padre por delante. Ésta fue fulminante y aquélla duró 13 años, ventas, juicios, embargos, mudanzas. Todo ello desquició a Juan Ramón y le lanzó a un delirio de médicos y fármacos que ya no le abandonó nunca, dedicando desde entonces hasta su muerte, en 1957, doce horas al día a una labor poética sin desmayo, obsesiva y compleja, y las otras doce a morirse de los más diversos males, que podrían resumirse en debilidad nerviosa y arrequives cardiacos. Su dedicación a la Obra, como empezó a llamarla, y a morirse, fueron en él trabajos muy serios y concienzudos. Después de Madrid, donde publicó en 1900 esos dos libros que tanto le mortificaron toda la vida, Ninfeas y Alma de violetas, lo mandaron a un sanatorio del sur de Francia a restablecerse de su neurastenia. Allí pudo conocer de primera mano a los poetas simbolistas que le gustaban: Jammes, Laforgue, Verlaine, Samain. Poetas de la provincia, de lo menudo, de los crepúsculos orillados. Son el centro de lo que en él constituye su primera etapa, casi veinte años, quince libros y miles de "borradores silvestres", entre ellos algunos de los más bellos poemas de la lengua castellana: sensitivos y fulgurantes. Bástenos ir a Melancolía, Laberinto o Sonetos espirituales donde se encontrarán ejemplos que no lo hacen inferior a Garcilaso, fray Luis o Bécquer: "Tan leve, tan voluble, tan ligera / cual estival vilano...".

Los impacientes, sin embargo, suelen argüir, para no tener que leerlo: escribió demasiado. Otros, perdonándoselo, añaden: bueno y malo. El problema, sin embargo, habría sido al revés: que hubiese escrito poco y malo, que es lo corriente. Lo bueno es bueno, si breve o si largo, que diría Gracián. Cuando lo sacaron del sanatorio francés para meterle en el madrileño del Rosario y llevárselo luego a casa del doctor Simarrio, a Juan Ramón ya le sobraba leyenda de sí mismo. Gómez de la Serna, Cansinos Assens, los Machado, Villaespesa, Pérez de Ayala, Candamo, Rueda, en romería lo constatan...

Hastiado de esa vida reclusa y cada día más acuciado por la falta de dinero, hubo de volverse al pueblo en 1905, donde vivió hasta 1911, en casa alquilada y modesta, de la que nunca nos hablaría. Lo hizo de la que se llevó la trampa y lo hizo en uno de los libros más fascinantes del siglo, escrito en esos años: Platero y yo, obra que, como el Quijote, todo el mundo declara de modo mendaz haber leído. Cuando volvió a Madrid en 1912 y se fue a vivir a la Residencia de Estudiantes sentaba las bases de su vida futura: austeridad, silencio y trabajo, solo o acompañado, ideales del krausismo español. Su matrimonio con la hispano-norteamericana Zenobia Camprubí, en 1916, trajo a su vida una especie de estabilidad. Coincidió con su época de madurez poética y de estrategias literarias. Digamos que en España, y aun en América, muerto Darío, no se daba un paso poético en ningún sentido sin contar con él. Todos querían conocerlo, y conoció a todos. Desde Lorca a Guillén, de Cernuda a Salinas, de Alfonso Reyes a Bergamín o Espina. Y ésa fue en parte la causa de tantos males. A propósito del motín, lo dijo JRJ muy graciosamente: "la antigua juventud gongorinera / que tornado se ha nerudataria". Frente a la poesía pura de Juan Ramón, que llevaba luchando diez años por desnudarla de toda anécdota, surgía con fuerza una versificación circunstanciada, fría y mecánica, al servicio de programas políticos o manifiestos literarios. Cuando llegó la guerra, Juan Ramón llevaba ya varios años peleado con todos o todos con él. Salió de España el día que lo confundieron con un cura y tuvo que sonreír a un somatén de anarquistas para demostrar que no llevaba dientes de oro. Lo cuenta en Espacio, el más esencial de sus poemas, al que podríamos subtitular Épica para una Atlántida. Y empezó un peregrinaje que lo llevó a La Habana, La Florida y Puerto Rico. Más de veinte años de exilio sin retorno, desgarrado, medio pobre, dando clases para sobrevivir y tratando de reconstruir un yo cada día más fragmentado, en esa hiperestesia que le llevaba a no entender ya la lengua de unos pájaros extranjeros. Escribe sin cesar, corrige hasta la exasperación, organiza sus manuscritos, versos, prosas, aforismos, relatos, críticas, cartas. Se le creería uno de esos iluminados que se ha propuesto levantar él solo un Partenón para un Dios creado por él, deseado y deseante y que nadie, salvo él, parece ver, al que puede hablar de tú, y en minúsculas, sin haber muerto. Ya viejo empezó a llamarse Niño Dios, recordando que nació un 24 de diciembre.

Sus últimos y extraños años, la muerte de Zenobia (de quien escribió al final una de las dedicatorias más estremecedoras: "A Zenobia de mi alma, este último recuerdo de su Juan Ramón, que la adoró como a la mujer más completa del mundo y no pudo hacerla feliz. J. R. Sin fuerza ya") y esa Obra que parecía crecer sola e ingobernable, lo sumieron en depresiones que acabaron por desencajar un rostro que había sido hermoso como el de un gran señor del califato. Ciertamente su obra parecía estar esperando tiempos mejores. Nunca lo dudó, desde luego. Al contrario, el fuerte, el lírico, el retraído, lo había vaticinado en uno de esos relámpagos que iluminaron su paso por este país sombrío y cabileño, y no con la arrogancia de un rey, sino con el miedo de los profetas: "Cada vez que se levante en España una minoría, volverán la cabeza a mí como al sol". Pero en cierto modo sigue siendo una sombra. Así hemos llegado a estos dos meritorios y apabullantes libros, que sin duda harán recordar a más de uno aquella máxima del propio JRJ: "Ninguna edición de lujo, nada de príncipes ni de ediciones de filólogos. Cada libro sin notas, en la edición más clara y sencilla. El libro no es cosa de lujo... Eso para los que no leen. Material excelente, seriedad y sobriedad".

LECTURAS

Antología poética (Alianza). Con un riguroso prólogo de Antonio Colinas, la muestra más accesible hoy de toda la obra de JRJ.

Segunda antolojía poética (Espasa). Juan Ramón antologó la primera etapa de su obra, hasta 1918, en este clásico del siglo XX, aquí al cuidado del poeta Jorge Urrutia.

Lírica de una Atlántida (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores). Alfonso Alegre Hetizman recuperó al JRJ del exilio en sus cuatro últimos libros. Entre ellos,En el otro costado, que incluye el poema 'Espacio', y Una colina meridiana (luego editado exento en Huerga & Fierro).

La estación total (Tusquets). Recuperación del JRJ metafísico en edición del poeta Vicente Valero.

Juan Ramón de viva voz (1913-1936) (Pre-Textos). Conversaciones privadas de JRJ con su amigo y Eckermann particular, Juan Guerrero Ruiz.

Ínsula. Número 705. Recién salido.Título del monográfico: 'Estado editorial y crítico de la obra de JRJ'. Para estudiosos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de noviembre de 2005

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