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Reportaje:El CAMBIO FEMENINO EN TURQUÍA

Las mujeres turcas inician su rebelión

La igualdad entre sexos se estrena con el empujón de la UE, pero de momento es sólo de papel

Con polémica hasta el último minuto, la Unión Europea acaba de abrir la puerta a Turquía para iniciar las negociaciones de adhesión. Para llegar a ello, este país laico y masivamente musulmán ha emprendido grandes reformas. Los cambios se dejan sentir en la situación de las mujeres, que estrenan la igualdad en las leyes. Pero quedan por cambiar las mentalidades y las costumbres, que provocan una fuerte discriminación en la vida cotidiana. En este país que se reparte por Europa y Asia, entre un tercio y la mitad de las mujeres sufren violencia física en la familia. Ellas, que sólo ocupan el 4,3% de los escaños, confían en que la perspectiva de entrar en la UE las empuje hacia la igualdad real.

De pequeñas, Duygu y Sezgi jugaban a ser mujeres independientes. Asomadas a la treintena, estas hermanas de clase media alta han hecho real su juego, aunque a escondidas. Duygu, publicista, vive sola, pero deja varios pares de zapatos en el descansillo de casa "para disimular ante los vecinos". Sezgi, profesora, comparte piso con su novio, pero aguanta reproches en el barrio por no estar casada. "Además, si mi padre se entera, pensará que el honor de la familia está corrompido por mi culpa, y eso que él no es religioso, sino de Atatürk

[fundador de la república laica sobre los restos del imperio otomano]".

Duygu y Sezgi son turcas. Forman parte de las pioneras que, en las grandes ciudades, tratan de sortear el fuerte peso de la tradición que las confina al hogar y las sitúa siempre bajo la tutela de un hombre. Su avance por el camino de la igualdad acaba de allanarse en las nuevas leyes de un país con 71 millones de habitantes a caballo entre Europa y Asia. Un país oficialmente laico que gobierna un partido islámico moderado y elegido democráticamente. Un país donde secularistas y religiosos se observan de reojo bajo la mirada atenta del ejército, donde pasean las chicas con cabeza cubierta o con pantalón ceñido, donde conviven varios pueblos y enormes diferencias socioeconómicas. Un país masivamente musulmán que se asoma a la Unión Europea.

"El problema es el patriarcado, no la religión", coinciden varias expertas

Las condiciones impuestas por la UE a Turquía para iniciar las negociaciones de adhesión el pasado 3 de octubre han acelerado un proceso de reformas para garantizar, entre otras cosas, el respeto a los derechos humanos y la no discriminación por motivos de sexo. Son tiempos de cambio, de esperanza, para la sociedad turca. Las mujeres, que estrenan ahora el mayor nivel de igualdad en las leyes de toda su historia, paladean la nueva situación y analizan las carencias.

"Los cambios son reales, no maquillaje. Las nuevas normas son muy positivas para las mujeres, aunque quedan algunos aspectos mejorables", afirma la abogada Hülya Gülbahar. La más reciente, el nuevo Código Penal en vigor desde junio, tipifica como delito la discriminación por sexo, castiga con cadena perpetua los asesinatos de mujeres a manos de la familia por motivos de honor (namus cinayeti) y endurece las penas por violencia doméstica (física o psíquica), enumera la letrada. También se castiga cualquier violación, incluso dentro del matrimonio. Antes este delito quedaba impune si el agresor se casaba con la víctima.

Las activistas como Gülbahar, unidas en las campañas en pro de los cambios legislativos donde confluyeron mujeres de todos los sectores incluidas las llamadas feministas islámicas, contuvieron la respiración hasta el último minuto: un diputado del partido en el Gobierno (AKP, Partido de la Justicia y el Desarrollo) propuso que el nuevo Código Penal reincorporara el delito de adulterio, derogado por el Tribunal Constitucional en 1996. "Es una discusión acabada. No será delito", asegura el director general de Legislación, Kenan Özdemir.

Entre los aspectos mejorables, Gülbahar destaca la nueva regulación de "un gran problema y un gran tabú": las pruebas de virginidad. En un país donde se considera un valor imprescindible en las solteras -y se restauran hímenes con discreción-, la familia y los directores de escuela podían obligar a las mujeres a someterse a esta prueba sin su consentimiento. Esto se castiga ahora con penas de tres meses a un año de prisión, "demasiado bajas" según la abogada. El nuevo Código Penal permite sólo a los jueces ordenar estas pruebas sin consentimiento si es "para probar un delito", detalla Özdemir. "En ningún caso deberían hacerse sin permiso de la mujer", replica Gülbahar Lo mismo opina el Parlamento Europeo en su informe del pasado mayo.

Los cambios -"el mayor proceso de reforma legislativa desde la década de 1920" según el director general- también alcanzan al Código Civil, reformado antes de que AKP ganara las elecciones a finales de 2002. La edad para el matrimonio se ha elevado a 18 años (para evitar las bodas de niñas), los cónyuges tienen los mismos derechos y se establece el régimen de gananciales, pero sólo para los matrimonios contraídos desde que entró en vigor el nuevo código, en enero de 2002. "Quedan desprotegidas 17 millones de mujeres que, si se divorcian, no tienen derecho a nada", critica Sema Kendirci, presidenta de la Asociación de Mujeres Turcas.

"Tenemos buenas leyes, pero eso no supone que tengamos derechos de verdad. El problema está en hacerlos efectivos, en aplicar las normas", reflexiona la abogada Huriye Karabacak. El responsable de Legislación cree que no se justifican las quejas y defiende que los tribunales aplican la normativa de igualdad. Por su lado, el Parlamento Europeo pide a Turquía "la protección efectiva de los derechos de las mujeres".

"Las leyes han cambiado, pero las prácticas, no", concluye la investigadora social Canan Güllü. "Por ejemplo, se mantiene la poligamia en el campo", dice. Una Turquía rural y otra urbana, un abismo también entre los suburbios rebosantes de campesinos emigrados y el centro elegante de las grandes ciudades. Riqueza -en muy pocas manos- y pobreza -muy extendida-. Modernidad y fuerte peso de la tradición.

"Este país fue un imperio. Tenemos gente muy distinta y nuestro pegamento es la religión", plantea la popular escritora y periodista Nevval Sevindi. "La situación de las mujeres no se debe al islam, sino al machismo. He leído el Corán, donde se dice que los hombres y las mujeres fueron creados con la misma materia. Eso quiere decir que somos iguales", prosigue. "Los hombres utilizan la religión para dominar a las mujeres". Desde la asociación Mujeres por los Derechos Humanos de las Mujeres, la psicóloga Pinar Ilkkaracan asiente: "El problema es el patriarcado, no la religión". Y se siente ya en la cuna.

"Las mujeres sufren la desigualdad desde pequeñas. A las niñas se les roba la infancia, se las considera mujeres pequeñas. En Anatolia, muchas no van a la escuela", afirma la escritora. "La educación es el principal problema. El 19% de las turcas son analfabetas", asegura la subdirectora general sobre la Situación de las Mujeres, Leyla Coskum. "En el este, rondan el 40%", añade Yildiz Tolman, colaboradora de Naciones Unidas. Unicef calcula que un millón de niñas en edad de primaria no acuden a la escuela (la pública es mixta), pese a ser obligatoria.

Aun con voces discordantes, la mayoría ve mayores problemas en "el este", sobre todo en el atrasado Kurdistán turco, en guerra civil entre 1984 y 1999. Unos 15 millones de personas forman la comunidad kurda en Turquía. "Las mujeres sufrimos violencia de género en todo el país, pero las kurdas tenemos problemas añadidos. Padecemos una pobreza y una sumisión mayores y un problema de identidad, porque se nos impide expresarnos en nuestra lengua. También soportamos una tradición más fuerte sobre el honor y la poligamia, pero luchamos para superar esas dificultades", afirma Fatma Nevin, del Movimiento de Mujeres Kurdas.

"Las leyes han cambiado. Es el momento de cambiar las mentalidades", reflexiona la subdirectora Coskum. Las mujeres dan la receta para eso y para que la igualdad legal dé paso a la real. Además de mejorar el nivel educativo, proponen el ingrediente de la "imprescindible" autonomía económica femenina, vinculada al mayor desarrollo general. La proporción de turcas que trabaja fuera de casa ha ido a la baja: ahora es del 27% (la mitad, campesinas sin sueldo). "Además, las mujeres tienen difícil lograr un crédito, porque carecen de bienes a su nombre", afirma la empresaria Gülseren Onanç.

"Es preciso aumentar la participación política", añade Selma Acuner, de KADER, asociación que apoya la presencia pública femenina. Aunque las turcas alcanzaron el derecho de voto en los años treinta del siglo XX, la proporción de parlamentarias ahora (4,3%) es inferior a la de entonces. Las alcaldesas son menos del 1%. El principal partido de oposición, el socialdemócrata CHP, pide "una cuota femenina del 30%", explica la diputada Güldal Okuducu, encargada del área de Mujer. El AKP lo rechaza. "Con cuotas, las mujeres no se esforzarían y los hombres se enfadarían porque les quitarían el sitio", justifica la responsable de su rama femenina, Selma Kavaf. Las dos políticas coinciden en algo: "Los hombres no quieren compartir el poder". "Esperamos que la UE sea una locomotora para mejorar la situación de las mujeres en Turquía. Solas no podemos hacerlo", plantea Kavaf, convencida de que hombres y mujeres "deben tener los mismos derechos".

Son los ingredientes para cumplir el sueño de Sezgi: "Que la libertad de las mujeres no dependa de los hombres. Como en Europa".

Entre el pañuelo y el feminismo

El peso de la política cae sobre la cabeza de las mujeres turcas. El pañuelo islámico (turban, de ahí viene turbante) es, desde hace años, objeto de un pulso entre laicos (su principal garante es el Ejército) y religiosos (el partido del Gobierno es musulmán moderado). En la calle, escaparates de Zara y, también, de moda islámica.

En este país, con una población joven (tres de cada 10 turcos tienen menos de 15 años) y musulmana en un 99% (la mayoría son de la rama suní, más conservadora, pero existe una fuerte presencia de los más abiertos alevíes), las mujeres tienen prohibido cubrirse con el turban en la universidad (desde finales de 1987) y las oficinas públicas. La lucha de las más religiosas por permanecer cubiertas en todos los ámbitos se ha saldado con el fracaso, pero les ha descubierto que también pueden plantear otras exigencias. "Las mujeres como nosotras cuestionamos muchas cosas y estamos cambiándolas. Nuestro lugar ya no es la casa", asegura Sema Özdemir, licenciada en Relaciones Internacionales y miembro de la Plataforma Baskent de Ankara. Como ella, también se cubre la profesora Safiye Özdemir. Relata que la expulsaron de su trabajo por llevar turban. "Las mujeres cubiertas sufrimos una doble discriminación, por mujeres y por religiosas", afirma. "Los hombres religiosos están en buenos puestos públicos y nosotras no podemos acceder a ellos porque cumplimos nuestra obligación de ir cubiertas, como manda el islam".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de noviembre de 2005

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