Reportaje:TENIS | Final del Masters Series de Madrid

Magistral

Nadal demuestra su fortaleza mental ante el cañonero croata Ljubicic y logra su undécimo título del año

Todo parecía perdido. Rafael Nadal iba dos sets abajo y no encontraba la forma de superar a Ivan Ljubicic, sólido como una roca, inmenso e incontestable. Fuerte. Sonreía su entrenador en la grada. Y el público se desesperaba. Nadal, no. Tampoco, Toni, su tío y entrenador, que reía, complacido, en un palco mientras jugaba con una de sus sobrinas. Todo iba según lo previsto. "Prefiero perder en cinco que en tres sets. ¡Ojalá vayamos empatados a dos y haya que jugar el quinto!", había dicho, con las gotas de sudor resbalándole sobre la frente, nada más terminar el entrenamiento previo al partido; "Rafa va a aguantar el dolor de la rodilla y Ljubicic, que saca muy fuerte, se va a ir desgastando. Rafa es más fuerte fisicamente. Si llega al quinto set, nos habremos acostumbrado a su saque". El plan funcionó: tras casi cuatro horas de agotador y extenuante juego, Nadal ganó su undécimo título del año, el primero en pista cubierta, su cuarto masters series: 3-6, 2-6, 6-3, 6-4 y 7-6 (7-3).

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Todo había empezado con un espejismo. Con facilidad, sin despeinarse, el tenista mallorquín había roto el servicio de Ljubicic, un reputado sacador, capaz de martillear a sus rivales una y otra vez con tiros por encima de los 225 kilómetros por hora. El croata ni se inmutó. Empezó a acumular aces, uno tras otro, hasta 32, gracias a su elegante mecánica de saque, ligera y natural, la bola impulsada hacia el cielo por un brazo largísimo, la punta de los pies todavía tocando el suelo cuando la raqueta impactaba en la pelota. Pero ése no era el problema de Nadal.

Lo que de verdad incomodaba a Nadal, lo que le estaba haciendo la vida imposible, era que delante tenía un muro insuperable, un jugador que llegaba a todas las bolas, que respondía a sus tiros con un revés endiablado y unos paralelos teledirigidos, envenenados. Un tenista que hacía realidad sus peores pesadillas. "No nos da miedo su servicio. A eso ya estamos acostumbrados y sabemos que lo importante es que restemos bien. Lo que verdaderamente nos preocupa es su juego desde el fondo de la pista. Ha mejorado mucho peloteando. Ahora es mucho más consistente y es muy difícil hacerle un break", avisaba Toni.

Mientras aplicaba su plan, mientras convertía la teoría en práctica, nunca tuvo que preocuparse el balear de romper el servicio a Ljubicic. Tenía otros asuntos que resolver. No encontraba su ritmo. No conseguía adormecer a Ljubicic con largos peloteos. Jugaba según el libro del croata y, cuando imponía el suyo, también perdía, superado por las magníficas dejadas de su rival. A Nadal no le salía nada. Y su servicio, su arma más debil, palidecía frente al de Ljubicic incapaz de superar los 170 kilómetros por hora. "Desde el Abierto de Estados Unidos tenemos problemas con el saque", confesaba su entrenador; "estos días le ha ido muy mal. Es un tema de cintura".

Nadal tenía problemas con su servicio. Enfrente, Ljucibic tiraba de la palanca de su largo brazo para sumar punto tras punto con su saque entre las airadas protestas del público, entre el que se encontraba la infanta Elena, siempre protestando las decisiones de los jueces de línea. Había que hacer algo. Y Nadal puso en marcha la segunda fase de su plan. Visto que todo estaba perdido, que el segundo set era imposible, Nadal se dedicó a desgastar a Ljubicic. A hacerle correr. A aprovechar que él no había perdido ni un set en todo el torneo y que su rival había jugado tres más. A cansarle. Y, de repente, a mitad de la tercera manga? Ljubicic se hundió.

Fue visto y no visto. Aquellos servicios centellantes e imparables, aquellas balas que doblaban la muñeca de Nadal y hacían imposible el resto, empezaron a llegar como simples pelotas de tenis, muy rápidas, pero pelotas al fin y al cabo. Sus servicios ya no superaban los 190 kilómetros por hora. Ljubicic ya no corría. Sus saques se podían restar. Llegaron el cuarto y el quinto set. Y cambió el partido. Llegó el momento de Nadal, de sus passings y sus gritos incontenibles. Llegó el momento de la grada, volcada, inmensa, convertida en un coro de gargantas atronador que tiraba una y otra vez del tenista español, que le pedía que aguantara un poco más, que sufriera, que se diera cuenta de que ya jugaba otro encuentro... Que se olvidara de que le dolía la rodilla. Y Nadal, sudando, peleando cada golpe, apretando los dientes y luchando contra un Ljubicic que no estaba dispuesto a entregar el partido, acabó ganando en el último escalón, el de la muerte súbita. Normal: él tenía un plan.

Rafael Nadal arma sus brazos para devolver la pelota.
Rafael Nadal arma sus brazos para devolver la pelota.BERNARDO PÉREZ

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 23 de octubre de 2005.

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