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Crítica:

Mujeres sin frustración

Los personajes femeninos vuelven a dominar la escena en los seis relatos de Tennessee Williams reunidos en Ocho mortales poseídas. Madres castradoras, obsesiones sexuales o atisbos de locura flotan en el aire de estas historias en las que el genial dramaturgo toma una distancia redentora y añade humor sureño, cierta alegría, sutileza y sarcasmo.

Más que ocho mortales poseídas habría que hablar de ocho mujeres desubicadas. Son los ocho personajes femeninos de seis relatos que componen este libro del famoso dramaturgo norteamericano Tennessee Williams (Misisipi, 1911-Nueva York, 1983) a quien el lector -y el cinéfilo, pues la mayor parte de sus mejores dramas han pasado con éxito al cine- recordará como autor de Un tranvía llamado Deseo (Premio Pulitzer, en 1948), La rosa tatuada, Verano y humo, Dulce pájaro de juventud, La gata sobre el tejado de zinc caliente (con el que ganó su segundo Pulitzer, en 1955), El zoo de cristal, La noche de la Iguana, Vieux Carré (que transcurre en Nueva Orleans) y De repente el último verano, entre otras obras.

OCHO MORTALES POSEÍDAS

Tennessee Williams

Traducción de

Pilar Giralt Gorina

Alba. Barcelona, 2005

140 páginas. 15,50 euros

Williams era un hombre atormentado y conflictivo, con un terrible drama familiar (abuelo clérigo, madre posesiva, padre ausente, hermana esquizofrénica cuya lobotomización le afectó de por vida) y todo ello se refleja en sus dramas; la madre, en la Amanda de El zoo de cristal, lo mismo que la hermana; la lobotomía en De repente el último verano... Williams es un autor compulsivamente autobiográfico que se desdobla en escenas y personajes suyos ("Blanche du Bois, c'est moi"), un hombre adicto a pastillas y alcohol, homosexual confeso y promiscuo, un escritor compulsivo y genial y un hombre del Sur, de ese Sur que ha aportado tantas obras maestras a la literatura norteamericana.

Las ocho mujeres desubica-

das de este volumen son todas ellas típicas de Williams: entre ellas reparte las características habituales de sus personajes: la locura, las mujeres maduras o ya ajadas, la obsesión por el sexo, la sensualidad reprimida, la madre castradora o dominada, el padre dominante... pero hay una diferencia con respecto a la mayoría de sus protagonistas femeninas: la visión que de las ocho mujeres tiene Williams, es divertida, humorística, de una distancia redentora; también sarcástica y dura, pero con una extraña alegría en el relato de sus momentos de vida que, cosa rara en él, las entroniza y redime a todas.

Es un humor malicioso, casi morboso, con un punto exhibicionista que lo acerca a ese peculiar tratamiento de lo grotesco que se da tan a menudo en los escritores sureños y que aquí está excelentemente representado en Completada, la historia de Rosemary McCool, una muchacha que al cumplir los veinte años aún no ha tenido su primera menstruación. Y hay otro tratamiento de lo grotesco en la historia de la disparatada principesa Lisabetta, ambientada, como su novela La primavera romana de la señora Stone, en Italia.

El relato titulado La señorita Coynte de Greene es un texto casi jubiloso en el que se diría que Williams ha decidido conceder la felicidad a uno de sus personajes característicos, "una soltera erótica, no frígida, de casi treinta años..." que, en su primer acto de insumisión, acaba entrando en posesión de un dinero que le permitirá cumplir sus deseos. La apertura del volumen, a cargo de dos solteronas igualmente características que se aman y detestan con un equilibrio admirable, es un prodigio de humor y sutileza, de estilo noble y vulgar cotidianeidad perfectamente ensamblados. En cuanto al relato de la poeta que desea conocer antes de morir los artículos necrológicos que se le dedicarán, es otra versión de la imagen permanente de la mujer madura y castigada por sus propios excesos, empezando por el exceso de ego, que bien podría remitirnos al personaje femenino de la actriz decadente de Verano y humo. Sólo que en este relato prima la ironía y, como los demás, se incorpora a esa visión de un Tennessee Williams liberando a sus personajes-fetiche femeninos de la pesada carga de la frustración.

El último de los relatos de es-

te libro Orifllama, es en cambio una ensoñación de la muerte, pero de la muerte que actúa como un catalizador de liberación y que hace pasar los deseos al plano de la satisfacción. "Todo era lo mismo: enfermedad, fatiga y todos los males del cuerpo y del espíritu procedían de la natural anarquía de un corazón obligado a llevar uniforme"; abre el armario de sus viejos vestidos, abre la puerta de la casa, abre la vida, compra un vestido de seda de noche para caminar por la calle; y se siente, caminando, ella misma por fin: "¡caminaba, caminaba, envuelta en un glorioso estandarte, la parte roja de una bandera!". Una ensoñación de felicidad pegada a sus deseos, a sus frustraciones, a la necesidad de mirar el mundo de dentro a fuera de sí misma.

En su última obra de teatro, The two charaters' play, dos hermanos, hombre y mujer, ya maduros, cansados, con la vida a cuestas, hablan. Un final soñado y deseado, sin duda. ¿Tennessee y su hermana Rose, a la que adoraba, quizá? Williams fue un personaje dolorido, atormentado, excesivo, autodestructivo... en pos de la vida y del arte. Estos relatos me parecen su cara alegre, un rincón para recordarlo tiernamente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 8 de octubre de 2005

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