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COLUMNA

Lake Charles

El fin de semana pasado, mientras el telediario de la 1 estaba dando la información sobre los efectos devastadores del huracán Rita, apareció en la pantalla la vista aérea de lo que había sido una ciudad. A pesar de que el nivel de las aguas cubría prácticamente todo el perímetro urbano, había en aquella perspectiva anegada algo que me resultó familiar. No sabría decir exactamente si fueron las torres del estadio de béisbol o los semáforos colgantes de la avenida de McNesse que durante un curso escolar tuve que recorrer a diario de camino hacia el college donde impartía clases de español. Cuando oí el nombre de Lake Charles, ya me había levantado del sofá movida por ese resorte de anticipación que funciona siempre con las malas noticias.

La primera vez que llegué a esa ciudad me pareció el paisaje vivo de la desposesión, un territorio arrancado de un nudo de autopistas y gobernado en las tinieblas por una llamita parpadeante. La refinería de petróleo era un gigantesco castillo negro que se iluminaba por la noche con la belleza apocalíptica y perturbadora de una metrópoli futurista. A veces los lugares inhóspitos son los más hermosos: una de las puestas de sol más sensacionales que he visto en mi vida tenía como encuadre este complejo petroquímico situado a orillas de un lago que cada tarde a última hora era sobrevolado por grandes bandadas de pelícanos rosas.

Hay una película de Julia Roberts y Denzel Washington, titulada precisamente El informe pelícano, que transcurre allí, entre robles centenarios, callejones sin salida y mafias petrolíferas. De noche Lake Charles pertenecía al reino de Ray Bradbury, pero de día la ciudad ofrecía un aspecto más apacible: la gasolinera, algunas urbanizaciones de clase media, el correspondiente centro comercial de la cadena Wallmart, un McDonalds, dos o tres cines y una tabernita llamada Yesterday con buena música donde solíamos quedar al salir del trabajo. Había dos chavales de cuarto curso que nos adelantaban siempre en el cruce de la avenida de McNesse con sus monopatines, acalorados, a toda velocidad, con los jerséis atados a la cintura. Pasaban a nuestro lado haciendo el típico sonido del Correcaminos de los dibujos animados. Eran Frank Allison y Christian Tulliano. Fueron los dos primeros nombres que me vinieron a la mente cuando contemplaba las imágenes del telediario. Uno nunca sabe por qué recuerda a unos y no a otros, pero así funciona la memoria. Sólo dos nombres, entre los más de 2.000 niños que todavía siguen desaparecidos en Louisiana desde el primer huracán debido al caos con el que se realizó la evacuación. La CNN muestra sus rostros cada día. Sólo quienes conozcan la angustia de perder a un crío durante apenas unos minutos en unos grandes almacenes, pueden hacerse una idea aproximada del infierno que deben de estar pasando las familias de muchos de estos niños que todavía se hallan en paradero desconocido. Mientras tanto y, aunque todos los científicos coinciden en relacionar la virulencia de los huracanes con el calentamiento global, nadie ha hablado en EE UU de reducir las emisiones de CO2. Lo decía muy claro la escritora americana Barbara Probst Solomon: "Al fin hemos encontrado al enemigo y somos nosotros".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de octubre de 2005