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CARTAS AL DIRECTOR

El coste de una minusvalía

Tengo una minusvalía de nacimiento: me falta la mano izquierda.

Ante la necesidad de obtener el permiso de conducir me dirijo a una autoescuela en la que se anuncia un descuento promocional en la tarifa, me dicen que en mi caso no es aplicable el descuento. La necesidad obliga, me inscribo, realizo el examen psicotécnico previo al teórico y en él se me indica que necesito un pomo en el volante.

Una vez aprobado el teórico comienzo las clases prácticas y ¡oh sorpresa!, me dicen que tendré que pagar un recargo de un 33% por cada clase por poner el pomo.

Tras 35 clases la autoescuela me presenta al examen práctico. El examinador me dice que necesito un coche con cambio automático. Le indico que nadie me ha informado de esto antes, que el certificado psicotécnico me obliga a la instalación del pomo en el volante, no dice que el coche deba ser automático y que he aprendido en un coche normal y me creo capacitado para conducirlo. Contesta que si insisto en que me examine, me suspenderá. Yo le digo que sin examinarme no puede saber si soy apto. Accede a hacerme una prueba pero sin carácter de examen en la que me somete a maniobras más difíciles que las habituales. No cometo ni un fallo. Como respuesta insiste en la necesidad del coche automático y me perdona la vida diciendo que la prueba no me la considera como examen y que no me enfade porque lo hace por mi bien y la seguridad de los demás.

Expongo lo sucedido en la DGT y me proponen un nuevo examen médico (que he de pagar) y una prueba en pista (que también he de pagar) para determinar si necesito coche automático o no. Se determina de nuevo que no necesito coche automático y una cazoleta homologada incorporada al volante donde pueda introducir el muñón para facilitar las maniobras. Me cuesta 140 euros, la autoescuela me permite ponerla en su coche y me dan dos clases de adaptación (con recargo del 33%, aunque la cazoleta era mía).

Me presento al examen pagando otra vez los derechos y cruzando los dedos de la única mano que tengo. Veo que es otro examinador. Me invade el optimismo. Termino el examen y me dice: aprobado. Respiro profundamente y me digo: ya sólo me queda pagar la homologación de la instalación (apretar dos tornillos) de la cazoleta homologada en mi modesto coche de segunda mano.

Corolario: me han mareado y no llega a los 1.000 euros lo que he tenido que pagar de más por mi minusvalía. Estoy contento.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 25 de septiembre de 2005