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Reportaje:ESCAPADAS

Giotto y otras pasiones de Padua

La ciudad italiana acelera su ritmo con el principio del curso universitario

En la basílica de San Antonio, los fieles veneran la lengua embalsamada del santo, y en la capilla de los Scrovegni, los amantes del arte se deleitan con los mágicos frescos de Giotto.

Septiembre se consume y un fresco precoz va colocando cazadoras a la gente. Son las seis de la tarde y la Piazza dell Erbe empieza a llenarse de jóvenes y de bicicletas. Son estudiantes universitarios. Unos acaban de regresar de vacaciones, otros no quieren saber todavía la nota de las recuperaciones de septiembre, y otros son erasmus recién llegados que aún no se enteran de qué va la cosa. Pero, eso sí, todos beben. La inmensa mayoría sujeta un vaso de plástico cuyo interior está lleno de un cóctel llamado Spritz. La pócima mágica del Venetto que encuentra en Padua su club de fans más emblemático. Hay dos tipos de Spritz, al Aperol, más dulce, y el otro con Campari, el más amargo, ese que gustaba a Aschenbach, personaje de Thomas Mann, en La muerte en Venecia.

1 Piazza dell Erbe, contrastes imprevistos

Situada debajo del Palazzo della Ragione (antiguo tribunal de justicia), la Piazza dell Erbe es el centro neurálgico de Padua, con 140.000 habitantes, de los que más de la mitad son estudiantes. Todo gira a su alrededor, tanto el trasiego como la tregua. Y tiene en las seis su hora más cómplice. A las seis de la mañana, este espacio desierto empieza a ataviarse: abundantes puestos de fruta van armándose poco a poco. A las ocho deben estar todas las frutas y todas las verduras resplandecientes y bien colocadas, pues en breve la plaza se llenará de bicis con cesta y padovanos madrugadores en busca de ellas. La disposición de las tiendas en la plaza no es casual: las más cercanas al mercado (planta baja del palacio) son las más caras (un kilo de manzanas, seis euros, por ejemplo), y sus dependientas, claro, las más simpáticas; y los puestos más alejados, los más baratos (un kilo de manzanas de calidad dudosa, medio euro). Hay que decidirse.

Por la tarde, la ubicación es similar: los estudiantes que se concentran más cerca del mercado o bajo sus porches, en cuyo interior están los bares que expenden el Spritz, son los mejor vestidos, los que menos rato duran; por el contrario, los que se sientan por el suelo, colindantes con los adoquines de la calle, pasan de vasos, suelen beber de botellas de litro, lucen rastas, tienen las manos muy ocupadas y se ríen sin vergüenza de cosas que son, pero que no están.

Así se levantan y se acuestan los días en Padua a partir del 15 de septiembre, con la palpitación de un aleteo perseverante, y a golpes de pedal sosegados. Piazza dell Erbe significa plaza de la Hierba, y está bajo las dependencias del palacio de la Razón. Hay nombres que no son fruto del azar.

2 Camino de San Antonio

A la izquierda de la plaza, detrás del palacio, está la Piazza dell Urologio, cuya torre tiene como rosetón un reloj maravilloso. En esa plaza, los puestos que se montan son de ropa, de flores o de enseres de cocina. En los cafés que la acordonan, los capuchinos traen la espuma de la mañana impoluta. La impetuosidad urbana está servida, y cada jornada se renueva.

Dejando atrás el Erbe (como se le suele llamar), tomando la Via de San Francesco y girando a la derecha por la Riviera de Tito Livio, todo recto y cuesta abajo, se llega al estatuario más colosal de Padua: el Pratto della Valle. Allí aguarda una plaza ovalada rodeada de estatuas, con fuente en el medio y rodeada por unos edificios porticados de fachadas cuidadísimas. Es un espacio sin medida, ideal para que se propague el reposo y que, con el buen tiempo, se convierte en el aula magna de muchos, que ponen la mesa sobre el césped, o sea, parten una pizza de prosciutto e panna, y luego se levantan a por el postre en la heladería ambulante de la esquina antes de que se acabe el helado de stracciatella. A escasos metros de ahí se encuentra la Via Donatello, en la que un exceso de tiendas de souvenirs (velas, estampas...) nos anuncian la cercanía de la basílica de San Antonio, un santo más famoso que el Spritz, pero con similar número de devotos.

San Antonio es imponente, monumental. Lo que se observa es una iglesia franciscana fruto de tres reconstrucciones llevadas a cabo entre 1238 y 1310. En su interior, rondando por las naves, se aprecian frescos y monumentos fúnebres, y el acceso a unos claustros -hay cuatro para escoger- menos bulliciosos. Pero, sin duda, lo que más sorprende es el fervor religioso que despierta la lengua disecada (sí, la lengua) de san Antonio. Protegido por cristales, este músculo embalsamado hace las delicias de los fieles, que se amontonan con las cámaras y las lupas. ¿Devoción gore? A la salida, los mismos que fotografiaban la lengua escriben mensajes al santo y los dejan en un buzón...

A la izquierda de la puerta principal de la basílica, escoltándola, armado con una lanza y montado sobre un caballo que trota lánguido, se halla, fundida en bronce y esculpida por el genial Donatello, la figura de Gattamelata, cabecilla italiano, cuyo nombre real era Erasmo de Narni (Narni, 1370-Padua, 1443), guía de ejércitos mercenarios, que salió airoso de mil batallas y que representa una de las primeras esculturas ecuestres de la historia no dedicadas a un rey.

3 El arte y la vida

Pero si por algo es conocida Padua, además de por su Palazzo del Bo (sede central de su prestigiosa universidad) y su teatro anatómico, en el que enseñó Galileo Galilei, y por su impronta religiosa, es por el arte. Allí se encuentra, en la coqueta plaza Eremitani, una de las capillas más famosas del mundo: la de la familia Scrovegni, que empezó a construirse en 1303. En aquel tiempo, Enrico degli Scrovegni tuvo a su cargo al maestro Giotto di Bondone (norte de Florencia, hacia 1267-Florencia, 1337), renovador del lenguaje pictórico, figura fundamental en el desarrollo del arte en Occidente. Giotto rompió con el preponderante estilo bizantino. Incluyó perfiles, profundidad, espacios tridimensionales, gestos expresivos, figuras inquietas... y así pintó (¡en sólo dos años!) toda una capilla -incluido un cielo azul, constelado y refulgente- en la que se muestran escenas del episodio de la Salvación y cuya visión resulta fascinante. Las visitas a la capilla no son fáciles. Tienen un tiempo asignado (10 minutos), son en grupos reducidos y bajo estrictas medidas de seguridad.

La Via Eremitani, poniendo rumbo al centro, es atravesada por la Via Anghinoni, que conduce hasta las inmediaciones del majestuoso café Pedrocchi, en la peatonal Cavour, otra de las reliquias de Padua. Es el café más antiguo de la ciudad, lugar de peregrinaje para todo tipo de gente desde 1831. Como todos los cafés con solera, el Pedrocchi también tiene su leyenda. Se dice que en épocas de apogeo no cerraba nunca, a ninguna hora. Allí, el Spritz se sirve en vaso de cristal, aceituna atravesada por palillo de diseño, con fruta en almíbar flotando y acompañado por un aperitivo. Hay varios salones, una carta bonita (para imaginar), un sinfín de columnas y conciertos de piano.

No obstante, no muy lejos de él, por la Via Manin, al lado del Duomo (catedral de Padua), una variedad de vinotecas espera con vinos locales como el bardolino o el prosecco. A eso de las ocho se hace difícil pedir uno, pero la espera tiene su recompensa. Los que quedan después del Spritz en Piazza dell Erbe van llegando en actitud radiante. Muchos de ellos prolongarán la noche: en el Mirko, los erasmus calimocheros; en el Athanor, los más indies; en Banale, los pijos; los empollones se irán a casa; los devotos de San Antonio, a su novena, y los viajeros de paso, a donde se tercie. Pero todos después de haberse zambullido en el Spritz, porque el Spritz es un souvenir que conviene llevárselo puesto.

Eusebio Lahoz (Barcelona, 1976) es autor de Leer del revés (Ediciones El Cobre, 2005)

GUÍA PRÁCTICA

Información- Padua está situada a 40 kilómetros de Venecia y a 80 kilómetros de Verona, las dos ciudades más cercanas que cuentan con aeropuerto.

- Oficina de turismo de Padua (00 39 049 876 79 11; www.turismopadova.it).- Capilla de los Scrovegni (www.cappelladegliscrovegni.it; 00 39 049 20 100 20). Precio y horario: de 9.00 a 19.00, 12 euros (incluyendo entrada a dos museos), y de 19.00 a 22.00 (sólo capilla), 8 euros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de septiembre de 2005

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