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Tribuna:

Después del liberalismo

Se habló de los Treinta Gloriosos para denominar el periodo de desarrollo mixto de capitalismo, pero con una fuerte intervención de los Estados nacionales (1945-1975). Fue también durante este periodo cuando se inventó en Alemania la expresión "economía social de mercado" y cuando vimos desarrollarse lo que los ingleses, a partir del plan Beveridge de 1943, llamaron Estado del bienestar. Ahora acabamos de vivir otro periodo de 30 años (1975-2005) que se ha bautizado como el del neoliberalismo y la globalización. También puede estar simbolizado por el texto que más influyó en la política del FMI: el Consenso de Washington. Del mismo modo que después de 1975 el cambio de sistema se produjo rápidamente en todo el mundo o, al menos, en los países que se desarrollaban, ¿no podemos suponer que estemos cambiando de periodo, aunque no seamos plenamente conscientes de ello? Por lo tanto, lo más urgente actualmente sería identificar este nuevo periodo y sus aspectos más importantes.

Si se ha producido un cambio profundo y duradero, sólo ha podido ser mediante el fin de la separación entre la economía y la sociedad, que ha sido el rasgo central de los 30 últimos años. Se puede añadir de inmediato que esto ha provocado la renovación de las políticas económicas nacionales. Por ejemplo, hemos visto al Gobierno francés oponerse a la compra de Danone por Pepsi-Cola y al gobernador del Banco de Italia, Antonio Fazio, oponerse a la adquisición de bancos italianos por entidades extranjeras. Y la recuperación de Alemania, que parece por fin vislumbrarse, no se realizará con un programa exclusivamente liberal. El rechazo a la Constitución por el electorado francés ha demostrado que éste consideraba que Europa sacrifica los objetivos sociales anteponiendo los objetivos económicos y que es algo que ya no acepta. En numerosos países, y en primer lugar en Holanda, esta defensa de la nación ha reforzado incluso la tendencia nacional-populista que muchos países consideraban un peligro. Esta evolución se ha realizado en España en un contexto muy diferente, pero la vuelta de los socialistas al poder, bajo la dirección de Zapatero, muestra unas inquietudes y reivindicaciones análogas. Sólo Gran Bretaña sigue firme en sus grandes orientaciones, aunque hay que decir que la Tercera Vía, de la que puede criticarse su modestia y su proximidad a la derecha más que a la izquierda, ha estado caracterizada no obstante por una mayor intervención del Estado, en especial en cuestiones como el empleo, la sanidad y la educación, al menos durante los últimos años.

En realidad, el debilitamiento de la idea europea no es más que el debilitamiento del modelo liberal extremo, al que la Unión Europea pretendía incorporar a los países miembros. La reaparición de la idea de centro, sobre todo en Italia, pero también en Francia e incluso en Alemania, indica al menos la conciencia por parte de los gobernantes de que una política posliberal sólo puede desembocar en fracasos electorales. Es cierto que, sobre todo en Francia, la tendencia a la polarización tiende a aumentar. La derecha liberal de Sarkozy corre el riesgo de enfrentarse a una izquierda más a la izquierda que ahora, de tipo mitterrandista. Pero son muchos los que creen que un enfrentamiento entre extremos corre el riesgo de conducir a una grave crisis general. Sin embargo, estos primeros elementos de definición de un cambio de situación, cuya presencia ya puede comprobarse, tienen un fallo importante: no anuncian ninguna construcción nueva del crecimiento y podrían incluso reforzar las dificultades de Europa para ser competitiva y progresar. Esto lleva lógicamente a dar como objetivo principal de la nueva política económica la entrada acelerada en el mundo de las nuevas tecnologías, que debe ser también el de un cambio de los sistemas educativos y, lo que también es importante, la apertura de las sociedades a los recién llegados, volviendo a poner en marcha el "ascensor social".

Se puede dudar que Europa -o Latinoamérica- sea capaz de elegir realmente sus prioridades; pero no se puede negar que si no se otorga un lugar central a este nuevo crecimiento, Europa no entrará en un nuevo periodo y seguirá siendo una zona de bajo crecimiento en un mundo en completa transformación. El futuro de Europa depende en primer lugar del despertar de la UE. Estos objetivos no pueden ser elegidos ni por la derecha ni por la izquierda; deben ser reconocidos como prioridades a nivel regional, nacional e internacional, lo que significa en primer lugar que la UE impedirá el enderezamiento del continente si no se ocupa de las fuerzas más dinámicas y si sólo se encarga de redistribuir las ayudas dentro de un territorio ampliado. ¿Cómo unir estos dos aspectos de la vuelta de lo "social", la modernización técnica y educativa, y la esperanza de integración y de ascenso ofrecida a un gran número? Los movimientos de masas actuarán en un sentido negativo; las luchas políticas, todavía más. Los partidos ya no son impulsores de proyectos. El método más eficaz es también el más difícil de prever y organizar. Es necesario que en toda la sociedad -desde los científicos hasta los inmigrantes clandestinos- se haga oír una voluntad de vivir, de evitar la caída, de garantizar un futuro para nuestros nietos. Este vocabulario es voluntariamente banal. Quiere decir que todo depende de la voluntad de cada uno. A lo mejor quiere decir que debemos volver a ser ciudadanos. O tal vez sea más eficaz utilizar el nuevo vocabulario de Amartya Sen y decir que debemos utilizar mejor nuestras capacidades.

Alain Touraine es sociólogo y director del Instituto de Estudios Superiores de París. Traducción de News Clips.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de septiembre de 2005