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Crítica:DANZA

Triste imperio

La relación entre cine y ballet de gran formato no es una balsa de aceite. La inclusión de filmes en los ballets empezó en los años veinte, y luego vinieron los ballets que se inspiraban en las películas: pocos triunfos, mucho dinero. Y El último emperador, creado por Eagling, es un fracaso por eso: ni con calzador cabe en un ballet a la inglesa la historia de Pu-Yi, último emperador de China, llevada al cine por Bertolucci. Eagling no es un coreógrafo con criterios, unidad o estilo.

Lo mejor es la escena de la Revolución Cultural y el Libro Rojo de Mao, porque el coreógrafo recrea el ambiente y las formas de los potentes ballets chinos realistas (la acción pone los pelos de punta, recuerda tanta reciente oscuridad); también tiene empaque el cuadro donde la emperatriz se entrega a los efluvios fantásticos del opio. La escenografía es funcional y los trajes, primorosamente realizados, recrean con acierto el desmedido lujo de la corte en la Ciudad Prohibida; en esa misma línea de calidad está la música del oscarizado Su Cong, una hábil mezcla de armonías tradicionales con orquestación occidental.

Ballet de Hong Kong

El último emperador (1997). Coreografía: Wayne Eagling (con Jeffrey Graham Hughes). Música: Su Cong y David Byrne. Escenografía: Liu Yuan-Sheng. Vestuario: Wang Lin-Yu. Luces: Tommy Wong. Teatro Albéniz, Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de septiembre de 2005