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Cuestión de cálculo | CULTURA Y ESPECTÁCULOS

Paredes llenas de recuerdos

Ayer, en un vergonzoso ataque de trascendencia, me dio por repasar mi vida. Recordé un montón de cosas, pero todas estaban amontonadas y me costaba muchísimo clasificarlas por fechas. Pensé entonces que sería buena idea poder disponer de todas ellas, accediendo a cualquier recuerdo pulsando una tecla play. Miré mi estantería llena de películas en DVD y supe que aquello era la solución perfecta para mis problemas de amnesia. Sería estupendo tener grabada toda mi vida en preciosos discos metalizados, desde mi nacimiento hasta hoy. De esta manera, solamente tendría que buscar el momento preciso en la videoteca de mi existencia; por ejemplo, el 23 de marzo de 1973, a las once y media de la mañana, y allí estaría yo, con cinco años y cara de japonés, levantando la falda a las amigas de mi hermana. Deseé al instante tener esa gigantesca colección de recuerdos grabados y empecé inmediatamente a calcular su tamaño.

La cantidad de DVD que prestaríamos alegremente ¿sería superior o inferior a la de los que querríamos ocultar a toda costa?

Un DVD puede almacenar, con calidad aceptable, unas tres horas de imagen y sonido. A mis 36 años debería haber utilizado unos cien mil. Para guardarlos todos en estanterías necesitaríamos tener 92 metros de pared. Mi casa tiene un tamaño bastante normal, pero si sumo la longitud de todas sus paredes descubro, llorando de alegría, que dispongo de 98 maravillosos metros para colocar estanterías. Les juro que esta bonita casualidad me llena de emoción. Todos los momentos de mi vida cabrían en las paredes de mi casa.

Es interesante especular sobre lo que haríamos si realmente dispusiéramos de ese registro objetivo de recuerdos colgando de nuestras paredes. Cuando hiciéramos una nueva amistad, por ejemplo, podríamos facilitarle las cosas prestándole un DVD, evitando así aburridas y exageradas descripciones acerca de nuestro glorioso pasado. Intercambiar recuerdos nos ayudaría a conocer un poco a los demás, pero inmediatamente surgen incómodos interrogantes. Por ejemplo, la cantidad de DVD que prestaríamos alegremente ¿sería superior o inferior a la de los que querríamos ocultar a toda costa? ¿Qué porcentaje de nuestra vidateca censuraríamos a nuestros amigos, o incluso a nosotros mismos? ¿En cuántas ocasiones nos decepcionaría el comportamiento de los demás al ver en nuestras pantallas vergonzosas escenas de sus vidas? ¿Y cuántos celosos desearían morirse al observar el pasado amoroso de sus parejas?

Es evidente que también podría ocurrirnos lo contrario; muchísimas personas que nos resultan antipáticas se convertirían, de repente, en seres angelicales tras visionar algunas de sus entrañables grabaciones. Pero, pensándolo bien, tal vez todo esto no sea tan buena idea. En realidad, nadie podrá conocernos jamás espiando nuestros actos. Lo que realmente ofrece información acerca de cómo somos es lo orgullosos o arrepentidos que estamos de las cosas que hemos hecho.

Por tanto, creo que es muchísimo mejor que las paredes de mi casa se queden como están, con libros en las estanterías y un absurdo pero bonito póster de Albert Einstein tocando el violín en los inmensos jardines de la Universidad de Princeton.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 26 de agosto de 2005