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Crónica:TOUR 2005 | Undécima etapa

El orgullo de los vencidos

Vinokúrov se impone a Botero después de una fuga común por los gigantes de los Alpes

En el hotel del Golf de Courchevel 1.650 hacen noche el martes el Discovery Channel y el Illes Balears-Caisse d'Épargne. Es el hotel de los ganadores del día. Desde lejos se oye el chin chin de las flautas desbordantes de champagne. Risas. Alborozo. Terminada su cena, Lance Armstrong, su Sheryl Crow sonriente al costado, pasa junto a José Miguel Echávarri, director del Illes Balears. Le señala con el dedo. "Mancebo, Mancebo", le dice. "Es increíble, con esos dientes, con esa postura, agarrado así al manillar, qué fuerte. Es muy fuerte", le dice en inglés. "Pero sé que él es fuerte porque lo lleva uno como tú, un tipo muy inteligente". Echávarri, feliz de nuevo en el Gotha del ciclismo -habían pasado 15 años de la última victoria de un corredor suyo en una etapa de montaña del Tour: fue un tal Miguel Indurain-, sonríe mientras le traducen el elogio. Es su noche. Compadrea con Johan Bruyneel, el director de Armstrong. "Muchos decían que estábamos fundidos", le dice el belga. "Teníamos que dar un buen golpe para que vieran cómo estábamos de verdad". Es la noche de los ganadores, la del regocijo en el recuerdo.

Unzue: "Armstrong no estaba bien, jamás hubiera dejado ganar a Vinokúrov una etapa así"

"Paco, Paquito, teníamos que haber atacado en el Galibier", le dijo Valverde a Mancebo

En los hoteles de los vencidos, en casi todos los demás hoteles del Tour, en el hotel del Liberty, del Phonak, del T-Mobile, en el hotel del Gerolsteiner, del CSC y en el del Euskaltel, la noche de la derrota es la de la anticipación del día siguiente. Es la noche del orgullo herido. La noche en la que los ciclistas se duermen repasando una y cien veces el recorrido de la etapa, los puertos del día siguiente, anticipando el momento de un ataque fulminante y grande, de un ataque soberbio. Es el corazón de los grandes. El corazón de los hombres Tour. Es la víspera de los gigantes de los Alpes, de la Madeleine, del Télégraphe, del Galibier; del día en que hay que honrar la memoria de los pioneros del Tour; del día en el que la inspiración sustituye a las fuerzas.

La etapa se quedó en eso, en dos tremendos corredores, fuerza bruta, fuerza de la naturaleza desatada, en Santiago Botero y en Alexander Vinokúrov, colaborando en la busca del honor perdido. Y detrás, la maquinaria del Discovery Channel rodeando a su hombre de amarillo, más que desbastando el terreno que pisaban, más que arrasando los puertos a su paso, marcando el terreno con una cuerda tres minutos de larga. Y a su rueda, los 20 mejores corredores del Tour. A rueda. La culpa fue de la rodilla de Valverde.

En la salida, a la sombra de los trampolines olímpicos de Courchevel, a Paco Mancebo se le acercó Ivan Basso, que la víspera había perdido un minuto. "Paco, Paquito", le dijo el italiano, corredor amigo, colega de la misma generación, del mismo proceso de asimilación del Tour, del mismo ascenso peldaño a peldaño. "Paco, Paquito, ¿por qué no nos vamos en el Galibier, por qué no atacamos los dos juntos, porqué no le demostramos a Armstrong lo que valemos de verdad?" "Vale, vale, ya veremos", respondió Mancebo, halagado, fuerte, optimista.

Cinco horas más tarde, encerrado en su coche, sobre el que tamborilean gotas gordas y frías, lluvia de tormenta feroz, fugaz, que descarga una vez la etapa acabada, Eusebio Unzue da un golpe al volante y exclama. "Estoy seguro de que Armstrong hoy no estaba bien; estoy seguro de que jamás en su vida habría dejado ganar a Vinokúrov una etapa, como ha hecho, si no fuera porque no estaba súper", dice el director del Illes Balears. "La lástima ha sido que no hemos podido atacar, la lástima ha sido la rodilla de Valverde. No podía arriesgarme a que se quedara".

Mancebo, impaciente, con la impaciencia que muestran los que se sienten imbatibles, poderosos, había decidido tan pronto como en las primeras rampas de la Madeleine, en el primer e interminable puerto del día, infiltrarse en la escapada de los derrotados de la víspera. ¿Pero qué haces aquí?, le decían con la mirada Botero y Vinokúrov, Heras y Pereiro? ¿No ves que hoy es nuestro día? Reclamamos nuestro derecho a que nos dejes tranquilo. Pero Mancebo, fuerte, seguía con ellos. Detrás, los del Discovery se habían puesto serios. Pencaban y pencaban los de la fuga con todas sus fuerzas y su ventaja no superaba los 30 segundos. Y Mancebo pensó que si seguía ahí, con aquella gente, reventarían todos antes de abrir camino, como le recordó de palabra Vinokúrov. "Por favor, Paco, Paquito, déjanos tranquilo, ésta no es tu fuga". "Y entonces levanté el pie", dice Mancebo. Levantó el pie Mancebo. De los que empezaron la fuga sólo resistieron Botero, el kazajo y Pereiro. En el Galibier, tras una vertiginosa caída en el descenso de la Madeleine, les abandonó Pereiro, y en Briançon, con un ataque a 300 metros de la línea, ganó Vinokúrov.

Y Valverde, que había bajado a ver al médico porque le dolía la rodilla subiendo la Madeleine, se acercó a Mancebo en el autobús del equipo y le dijo: "Paco, Paquito, teníamos que haber atacado en el Galibier". Basso no le dijo nada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 14 de julio de 2005